El 8-M y el temor a un Black Friday de la sororidad

Dos veces me han preguntado si pensaba tener hijos para optar a un contrato. Me quedé sin firmarlos, pero lo malo es que contesté que no, en vez de decir: “Como tu madre”

Foto: Manifestación en Madrid del pasado 8 de marzo. (EFE)
Manifestación en Madrid del pasado 8 de marzo. (EFE)

Sucedió hace unos años. Me tocó abrir el paquete que había dejado en el salón mi amigo invisible. El amigo resultó amiga y era mi madre. Consideró que una vaporetta era el mejor regalo que podía hacerme.

La cara que se me quedó fue un poema. De la cara pasé a la protesta. No nos lo hemos perdonado. Ella a mí el disgusto que le di. Yo a ella que pensara que la limpieza del hogar fuera mi máxima preocupación. Y mi tarea.

Mucho antes, yo ya era partidaria del capitalismo y de los regalos destinados al disfrute. La enésima barra de labios, el enésimo libro, las entradas a un concierto, un vale por una cena para dos, un cluedo o un viaje a Barbate. Pero reniego de las flores en San Valentín, de la plancha y la lavadora por el Día de la Madre.

Por eso, me preocupa que el 8-M vaya camino de convertirse en el Black Friday de la sororidad. Porque en la televisión hacen especiales de mujeres, las editoriales nos recomiendan libros escritos por mujeres (¡sorpresa!). Galp hace descuentos en la gasolina a sus clientas (qué ilusión), Mediamarkt Italia te hace una rebajilla si optas por una depiladora, en el gimnasio de al lado de casa nos invitan a endurecer el culo todas juntas este viernes. Claro que sí. Siempre pensando en lo importante.

¡Quién se puede permitir perderse este ofertón!
¡Quién se puede permitir perderse este ofertón!

El 8-M es una cosa muy seria, no una fecha en el calendario. Es la excusa perfecta para poner sobre la mesa determinados mensajes, percepciones y estereotipos asociados a nosotras. Es la excusa perfecta para que los hombres feministas (que significa nada más y nada mejor que partidarios de la igualdad) se paren un poco a pensar en lo que ocurre cuando paramos. Cuando dejamos de cuidar, de trabajar, de cocinar.

Dos veces me han preguntado si pensaba tener hijos para optar a un contrato. Me quedé sin firmarlos, pero lo malo es que contesté que no, en vez de decir: “Como tu madre”, a los que me lo preguntaron.

Hace unos meses, cuando se trataba de acudir a una reunión de trabajo por la tarde, escuché esta frase de la voz de otra mujer: “No hombre, que ella es una mujer de su casa”. Hace unos días me plantearon la posibilidad de hacer un viaje de trabajo y antes de que contestara me dijeron: “Porque como tienes hijos lo tienes más complicado”. Como si los hijos no tuvieran un padre. Un padre, por cierto, al que nunca le han planteado estas dudas.

Reniego de las flores en San Valentín, de la plancha y la lavadora por el Día de la Madre

Hace no mucho, era impensable que el feminismo entrara en las conversaciones de una cena familiar. Ahora es habitual. No todo va a ser Vox y lo de Franco.

También en el trabajo se habla, ocupa y preocupa el tema. Hace más de una década planteé con un compañero a nuestra jefa de entonces que queríamos salir antes para poder conciliar. Ella se negó y nos llamó “sindicalistas”. El martes acudí a la sede de una empresa, de esas que tienen ascensores galácticos, despachos enormes y moquetas con un grosor infinito. Reunían por segundo año consecutivo a una serie de mujeres para hablar de feminismo. También había hombres. Se habló de avances, claro, de las pieles finas de aquellos que llevan siglos mandando y del temor —también de ellas—, de lo contraproducente del “feminismo radical”. Cualquiera sabe lo que es eso.

Si hay unas cuantas tontainas y tontainos que aprovechan para hacernos descuentos o declarar que ser hombre te convierte en violador y maltratador en potencia, qué más da. Si hay gente que aprovecha la manifestación para sacar otras banderas, la de Palestina y la del Che Guevara, la de la tortilla con cebolla, la de las monjas de clausura, la de yo siempre he valorado vuestra sensibilidad y lo que os gusta trabajar en equipo. Qué más da. Hay muchos feminismos en uno. El del lenguaje inclusivo, el liberal y el del voy a quedar bien durante 24 horas.

Por cierto, esto no caduca a los cinco minutos de empezar el 9 de marzo. No me sean cretinos. Ni cretinas.

Ideas ligeras
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