Es tu hijo, no un Dios

Ahora que lo pienso, cuando yo volví de mi última baja me recibieron incluyéndome en un ere temporal. Ni un cartelito de bienvenida ni unos pasteles. Es la maternidad, amigos. Ni más ni menos

Foto: El líder de Unidos Podemos, Pablo Iglesias, y la portavoz Irene Montero. (EFE)
El líder de Unidos Podemos, Pablo Iglesias, y la portavoz Irene Montero. (EFE)

Dentro de una semana vuelve Pablo Iglesias. Vuelve y nos convocan para que vayamos a recibirle. Pero no regresa de una guerra, de quitarle a Sísifo la piedra de la espalda o de cuadrar el déficit público, sino de un permiso por paternidad. También volvió su pareja, Irene Montero, de su baja de maternidad. Lo hizo en un encuentro con mujeres para hablarnos de la importancia de los cuidados y lo malo del capitalismo salvaje. Esta semana ha anunciado nuevo embarazo.

La diputada de su partido (que por ahora se sigue llamando Unidas Podemos) Gloria Elizo recordaba esta semana, en una entrevista del Canal 24h, la importancia de estos símbolos a pesar de lo desafortunado del cartel que anuncia que ÉL vuelve. De poner la vida en el centro, de que un señor se coja la baja, de la corresponsabilidad, y al mismo tiempo recordaba la cantidad de cosas que han hecho los suyos en esta breve legislatura.

Cartel difundido en las redes y luego borrado.
Cartel difundido en las redes y luego borrado.

No sé, yo creo que la vida personal de Iglesias y Montero y sus peleas con Errejón (televisadas, comunicadas y tuiteadas por ellos) lo han fagocitado casi todo. Pero qué sabré yo. ¿Se acuerdan cuando la vida privada de los políticos solo interesaba a los depravados franceses y británicos? Un saludo, Malú.

En 2017 nacieron en España 393.181 niños, según el INE. Muchos menos que los casi 700.000 que nacieron durante los 60 y parte de los 70. También menos que los 403.859 que nacieron en 2001, cifra que provocó tal alegría en el Instituto Nacional de Estadística que publicó un folleto anunciando la buena nueva: “¡Más niños!”. Lo cual nos lleva a pensar que cuando todo esto no eran 'millennnials', 'influencers' y economía 4.0, también la natalidad andaba regular.

Pero a pesar del drama demográfico, el envejecimiento de la población y de que en Logroño haya más perros que niños pequeños, tener un hijo sigue siendo algo que ocurre cada día en cualquier parte del mundo. Y, sinceramente, tampoco tiene tanto mérito.

Pero andamos inmersos, ay, en la sacralización de la maternidad. Parir un urbanita es hoy un ritual con tal nivel de 'performance' que les convierte a los niños en objetos carísimos de deseo. A los padres, en unos completos idiotas.

Las librerías están llenas de volúmenes que te permiten contarle un cuento al niño sin que se traumatice, que tienen en cuenta la igualdad de género, y la gestión de las emociones. Y no olviden que Pippi Calzaslargas era un símbolo feminista cuando se lo lean a esos bolsos de cocodrilo de Hermès que tienen por hijos.

Los carritos de bebés llevan calefacción incorporada, puedes ponerle música y no sé cuántas zarandajas más. Ya no vale cualquier hidratante, sino la que lleva caléndula, es bio y tiene un ingrediente secreto procedente de los volcanes de Islandia para evitar la dermatitis atópica que no tiene.

Parir un urbanita es hoy un ritual con tal nivel de 'performance' que les convierte a los niños en objetos carísimos de deseo

Los restaurantes tienen un área de juegos que ríete de Neverland, con sus monitoras, no vaya a ser que el niño dios se caiga y se haga daño. Eso sí, en los menús infantiles la cosa sigue siendo la misma: lo menos sano, pero todo blandito y fácil de comer. De padres idiotas, niños estúpidos.

Escoger el colegio exige un estudio previo mayor que el de mi ex cuando se compró un Golf y tuvo que decidir equipamiento. Imprescindible el bilingüismo, si es posible piscina de olas, y las pizarras digitales, ni una mancha en el expediente y en la vida.

Y sobre todo que al niño le guste, que cada mañana al levantarse salga el sol y le apetezca pasarse unas horitas allí. Peleas pocas, deberes pocos, que tiene que descansar en el silloncito (los diminutivos, muerte al que los inventó) para ver la televisión. Y no cualquier cosa, sino algo cultural, educativo a tope, donde haya diversidad, buen rollo y cursilería. Y prohibidas las noticias. Si es que está todo fatal.

No vaya ser que se parezca en algo a como nos educaron a nosotros. Porque como todo el mundo sabe, cualquier tiempo pasado no fue otro distinto, sino peor.

Ahora que lo pienso, cuando yo volví de mi última baja me recibieron incluyéndome en un ere temporal. Ni un cartelito de bienvenida ni unos pasteles. A ver si va a ser por eso que de vez en cuando doy un azote, evito los parques de bolas como a Satanás, no le pregunto a mis hijos qué tiene de imperfecta su vida para arreglársela de inmediato y detesto los diminutivos.

Es la maternidad, amigos. Ni más ni menos.

Ideas ligeras
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