Marta Flich y la luz en el rostro

De la presentadora sabemos, sin conocerla, que dice lo que piensa y que tiene descaro y naturalidad. También que está viviendo un momento dulce, y eso es imperdonable

Foto: Marta Flich, en un momento del programa que presenta en Cuatro.
Marta Flich, en un momento del programa que presenta en Cuatro.

Hubo un tiempo en el que creí lo que decían las revistas y me hice unas mechas rubias. Para una cara tan pálida como la mía y un pelo color castaño ratón bastante insulso, eran la solución definitiva. Aquellas mechas darían luz a mi rostro, decían. Oscurecerlo, aseguraban, endurecería mis facciones.

Pero aquellas promesas nunca se cumplieron. Más que luz se me puso cara de enferma, y jamás conseguí mi objetivo, que no era otro que camuflarme entre las mocitas adineradas madrileñas que las lucían como recién salidas de unas vacaciones en California.

Hubo un tiempo en el que Marta Flich pensó que un hombre apellidado Martínez- Bordiú y de nombre Jaime era el mejor de los hombres para pasar el rato. También pensó que le daría luz al rostro, como pensamos todos cuando encontramos pareja o nos hacemos mechas. Creyó que uno de los nietos de Franco era, de entre todos los hombres con los que tenía opciones, el mejor para colgarse del brazo y salir a cenar, a bailar o donde se tercie.

Hasta que dejó de serlo, Flich debió vivir escenas memorables, con esa familia tan singular que sigue viviendo en parte de las rentas y a la que aún se le siguen dando privilegios pasadas más de cuatro décadas de la muerte del dictador. Que yo sepa, nunca se ha lucrado contándolas.

Sabía de Marta Flich que es economista, humorista, columnista, presentadora y en definitiva artista. No frecuento sus trabajos, no sé si es simpática y curranta o en cambio es altiva, seca y despiadada, que es de ese tipo de cosas que una espera cuando conoce a alguien, mujer u hombre, de gran belleza. Para consolarse.

La escuché, algún que otro sábado, en las mañanas de Onda Cero con Jaime Cantizano, donde tenía una sección denominada 'Café con Flich'. Dejé de hacerlo. Su ritmo atropelladísimo e hipertenso chocaba con el mío, que a esas horas consistía, fundamentalmente, en que la sábana bajera quedara sin arrugas mientras hacía la cama.

Flich sabe que, cuando deje de hacer gracia, le quedará un título universitario al que abrazarse y que está en un momento dulce, algo imperdonable

Se sabe, sin conocerla, que dice lo que piensa y que tiene el descaro y la naturalidad de la que sabe que, cuando deje de hacer gracia, le quedará un título universitario al que abrazarse. Se sabe que es de izquierdas y que está en un momento dulce profesional. Y eso, amigas, es imperdonable.

De Eduardo Inda sabemos que también dice lo que piensa, que vive un momento profesional espléndido y que no es de izquierdas. Su estilo, como el de Flich, tampoco es el mío. Me incomodan ese tipo de perfiles en el oficio, tan televisivos o virales, que basan buena parte de su éxito en polemizar. Sé que estoy en minoría.

De lo que no sabemos, en cambio, es de su vida personal. Y sinceramente, prefiero no saberla. Tampoco sé si se ha hecho retoques estéticos o alguna de sus exparejas le regaló un peluco de varios ceros, o un viaje a las Maldivas o un pisito en Chamberí. Y sabemos que cuando nos dan luz en el rostro tendemos al dispendio, entre otros vicios.

Rescatar un pasado, como si todos tuviéramos los armarios llenos de ropa colocada por colores y ningún cadáver, es absurdo. Servirse de ese pasado para afirmar, con más o menos tino, que ser pareja de alguien con recursos te convierte de inmediato en una interesada, cuando no buscona, es de un machismo repugnante.

Ideas ligeras
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