Gente corriente, libros que 'curan'

El club de Pepa huele a barrio, a gente con vidas como la suya y la mía, incapaces de tener la extravagancia o el drama de los culebrones, ni siquiera de un telefilme de fin semana

Foto: 'Locura de libros', el club de lectura de Pepa. (Foto: Pepa Muñoz)
'Locura de libros', el club de lectura de Pepa. (Foto: Pepa Muñoz)

Son las cuatro de la tarde de un caluroso día laborable de junio. Pepa abre la puerta de la librería Cervantes. Por un par de horas es la ‘dueña’ del sitio. Es cariñosa, extrovertidísima, se ríe a carcajadas y va siempre con un libro en la mano. Me conduce hasta un sótano que está lleno de sillas y algo de bebida. Pepa se apellida Muñoz y lidera un club de lectura. Hoy deja a El Confidencial ser testigo de una de sus reuniones.

El club de Pepa se llama Locura de Libros. Diez mujeres y tres hombres que se reúnen una vez a la semana. Trece personas abrazadas a un libro y dispuestas a ‘someter’ a un tercer grado al autor. Hoy toca ‘La fragilidad del crisantemo’, de José Vicente Alfaro.

El club de Pepa huele a barrio, a gente con vidas como la suya y la mía, incapaces de tener la extravagancia o el drama de los culebrones, ni siquiera de un telefilme de fin semana, de los de la hora de la siesta. Pepa trabajaba en otra librería que cerró, hacía promoción en redes de varios autores (actividad en la que sigue) y se dio cuenta de que coincidía con los mismos en las presentaciones. Eso fue hace cinco años. El Café de Oriente fue el primer sitio escogido para sus reuniones. Cada viernes. “He hecho de mi pasión mi profesión”, dice mientras se atusa su larguísima melena.

José Vicente Alfaro, durante la firma de libros. (Foto: Pepa Muñoz)
José Vicente Alfaro, durante la firma de libros. (Foto: Pepa Muñoz)

Ascensión Navarrete se define como “autónoma y ama de casa”. Vive en Navalcarnero. Confiesa que ese rato entre libros le produce un placer absolutamente confesable. Placer que comparte con el resto del club. Un club, por cierto, que no hace ascos a ningún género. Novela negra, histórica, romántica, también poesía.

Recuerdan con cariño el encuentro que tuvieron con Juan Ramón Lucas. “Al final se fue a las 10 de la noche, pero porque tenía que sacar al perro”, dice Pepa muerta de risa. En ese tercer grado, matiza, no hay hueco para las preguntas sobre la vida privada. Por eso, dicen, los autores son muy agradecidos. “Bueno, y porque no es como en una presentación o una rueda de prensa. Aquí todos nos hemos leído el libro”, bromean. El resto de forofos de la lectura va llegando a cuentagotas al sótano en el que se han citado.

“Hola, soy Magda Kingsley”. La dueña de ese nombre artístico tiene algo de porte aristocrático y unos enormes ojos claros. Después de estudiar Derecho y Administración de Empresas, estuvo trabajando en un banco. Lo dejó todo por la literatura. Ha escrito un libro, ‘El enigma de la bruja’, que mezcla mitología y fantasía. “Estas reuniones nos sirven de terapia, yo estoy encantada”, dice. Amparo Pallardó asiente con la cabeza mientras Magda describe el efecto ‘curativo’ de esas reuniones. Es enfermera y llega directa desde su trabajo, en el madrileño barrio de Chamberí. Conoció el club a través de Instagram. Óscar López es periodista y dice de sí mismo que es “bloguero antibloguero”. Lector desde que tiene uso de razón, aclara que no hace reseñas negativas. “Para qué…”, afirma. Diego Gutiérrez tiene un blog de novela negra pero el club le ha llevado a explorar otros géneros, como la poesía. “Estuve 10 años sin leer, pero volví”, cuenta.

Comienza el asalto, en una dura competición por ver quién sabe más del libro, quién le ha sacado el mejor partido. Destacan el toque de novela negra

Sara Fraile es abogada y trabaja en una empresa de logística y embalaje industrial. Tiene una voz radiofónica y un dominio del vocabulario que le hace pronunciar palabras extraordinarias. “Paso más tiempo con ellos que con mi marido”, dice. Estefanía es administrativa y está en paro. Recuerda que de pequeña leía todo, “hasta los botes de champú”. Le encanta la novela negra. Carmen Cano estudió Historia del Arte y ahora oposita. Natalia es secretaria de Dirección en el Hospital Niño Jesús, Pedro Santos es “farmacéutico, parado y abuelo”.

Llega José Vicente Alfaro con su editora. Mira con una mezcla de timidez y respeto al respetable grupo que le espera con su libro en la mano. Están todos, autor y lectores, deseosos de conversar. Explica que abandonar la banca (otro que deserta) por la literatura es la mejor decisión que ha tomado en la vida. Habla de la disciplina que requiere escribir. De cuál es su proceso: “Elijo una cultura antigua, me documento e intento mezclar géneros”.

Los asistentes al club de lectura. (Foto: Pepa Muñoz)
Los asistentes al club de lectura. (Foto: Pepa Muñoz)

Comienza el asalto, en una dura competición por ver quién sabe más del libro, quién le ha sacado el mejor partido. Destacan que tiene un toque de novela negra que no tienen sus obras anteriores, que detectan referencias a ‘El perfume’, que te remueve a buscar más cosas sobre la cultura japonesa, protagonista de la obra. Los miembros del club toman notas, sus ejemplares están llenos de marcas, hablan de lo sensorial. “Las capas de seda parece que las oyes crujir”, dice Sara. Dibujan los personajes, a los que aman o detestan, le ‘reprochan’ a Alfaro los “juegos de manos” que hace con ellos. Le preguntan para cuándo el próximo libro, le intentan sonsacar a qué cultura les hará viajar. Le sugieren continentes. El autor, por una sola vez, se niega a responder.

Tranquiliza saber que la literatura no es solo Javier Marías desde una atalaya ni suplementos culturales de autores y referencias que no conocemos

Tranquiliza saber que la literatura no es solo Javier Marías hablando desde una atalaya ni suplementos culturales de autores y referencias que muchos no conocemos. También hay gente con vidas anónimas que no necesita levantar la ceja ni pontificar sobre Dostoievsky. Son, nada más y nada menos, amantes de la lectura de un club en el que no está reservado el derecho de admisión.

Pepa levanta la sesión y le da las gracias. “Habrá que hacerse algunas fotos, ¿no?”, señala. El protocolo se rompe tras una hora de interrogatorio y conversación. Los móviles pasan de mano en mano para inmortalizar el momento. Posan y bromean como en una excursión escolar de fin de curso. Se despiden en la puerta de la librería y se abrazan como si no fueran a verse más. En unos días, repetirán terapia.

Ideas ligeras
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