Ni Casado ni Rivera: el líder de la oposición se llama Pablo Iglesias

El líder de Unidas Podemos​ fue el verdadero líder de la oposición en una tarde de lunes en la que volvió con ese tono de cura obrero que no regaña pero saca los colores

Foto: El líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias parece que no se aguantan. Pero han sido Casado y Rivera los que despertaron al presidente en funciones de la siesta. Le cabrearon y es de agradecer, porque el Pedro villano es mil veces mejor que el que este lunes por la mañana pedía respeto por la biosfera. Eso sí, solo alguien pagado de sí mismo y devorado por su soberbia es capaz de llevarnos de nuevo a elecciones. Y visto lo de este lunes, no parece improbable.

El líder de Unidas Podemos fue el verdadero líder de la oposición en una tarde de lunes en la que volvió con ese tono de cura obrero que no regaña pero saca los colores. Le recordó a Sánchez que ellos no han venido a decorar la política, que ninguna de las opciones propuestas le gustó al líder socialista, que basta ya de tanta tontería. “Nos dijo ni hablar”, repitió en al menos cinco ocasiones, en una intervención rotunda en la que desde luego no mostró intención alguna de cortarse la coleta.

Ni Casado ni Rivera: el líder de la oposición se llama Pablo Iglesias

Le afeó su afán de reformar el artículo 99 de la Constitución, le pidió respeto y reciprocidad, le rogó que disimulara con la insistencia de pedir la abstención a PP y Ciudadanos. Inició muchos de sus dardos con un: “Me llama la atención”. Exquisito sarcasmo. “Si no fuera por sus errores, nosotros no estaríamos aquí (…) No malogre su patrimonio político”. Estocada hasta la bola.

Antes, a las cuatro de la tarde, le tocó hablar a Pablo Casado, cuyos votos le convierten, mal que les pese a algunos, en el líder de la oposición por obra y gracias de las urnas. Es un buen orador. Se crece en el hemiciclo y no necesita papeles. Le dijo a Sánchez que no es de fiar (y de paso provocó las risas de Pablo Iglesias). Y recurrió a conceptos algo antiguos, como “trampantojo electoralista” y “macedonia de generalidades”, que es como definió el plomo con el que nos deleitó Sánchez por la mañana. Le faltó decir que pedirles la abstención es el melocotón en almíbar de las propuestas. Perdonen, sigan leyendo, no volverá a ocurrir.

Al líder del PP no le gusta la pelea, prefiere la palabra al puño. Porque un guantazo es una técnica más propia del chico de barrio que no es. Por eso hizo juegos de palabras notables. “Esto es una tribuna, no un pedestal”. “Esto es una sesión de investidura, no de impostura”. “Tiene demasiados acreedores en su puerta”. Pablo es demasiado majo para el papel que le ha tocado en estos tiempos. Le queda mejor presidir que liderar la oposición.

Rivera, en cambio, necesita unos cuantos gags de argumentario y se alimenta de ellos. Y tras el sanchismo y el cuponazo… tocaron dos matracas: “la banda” y “la habitación del pánico”. La primera son Sánchez y sus supuestos socios, capaces de tocar el repertorio más siniestro. Lo segundo es ese lugar en el que pactan cosas terribles. Ruego al señor Rivera que me diga dónde está para no acudir.

Qué de cafeína tomó el líder de Ciudadanos en la comida. Si no, es incomprensible. Y encima sin un 'gadget'. Con el cariño que le habíamos cogido a la reprografía que protagonizó sus intervenciones en los debates.

Y qué macarra. Cuando dijo que para ir al 8-M hay que mandarle un SMS a la vicepresidenta del gobierno con el mensaje de “Carmen Calvo, bonita, quiero ir al 8-M”. También hay que pedirle permiso a Grande Marlaska para ir al desfile del Orgullo. Cuánto histrionismo, madre-del-amor-hermoso.

Claro que luego llegó Santiago Abascal y empezó con que si la agenda totalitaria, que si las voceras de género del feminismo supremacista, que los comunistas, que los etarras…

A esa hora, Sánchez ya estaba agotado y sin fuelle tras su pelea con el escollo morado. Le sobró violencia verbal, le faltó contención. Si nos emplaza para noviembre, quizá ni Tezanos pueda salvarle.

Ideas ligeras
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