Nos divertiremos con este Gobierno, pero no con Pedro Sánchez

Sánchez ha sido tremendamente aburrido. Tenía la oportunidad de hacer uno de esos discursos que estudiarán nuestros hijos o nietos y nos ha acabado anestesiando a todos

Foto: El candidato socialista a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, al inicio de su intervención en la primera jornada del debate de investidura. (EFE)
El candidato socialista a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, al inicio de su intervención en la primera jornada del debate de investidura. (EFE)

No fue un discurso, sino una larguísima nota de prensa. Encima repleta de cosas que ya sabíamos. Como que hay que luchar para mitigar el cambio climático, para erradicar la violencia machista. Que es intolerable la precariedad laboral, la pobreza infantil (¿de verdad hay un 26,8%?). Que tenemos que estar preparados para lo que viene: la revolución digital. Pero dónde has vivido los últimos años, Pedro Sánchez.

Si hasta habló de la importancia de Asia, de la poderosa China, de África como continente con potencial. Vamos, como las revistas femeninas desde hace unos cuantos números. Y no se olviden del internet de las cosas y de la igualdad. “Hombres y mujeres, libres e iguales, en armonía con la naturaleza”, dijo haciendo un guiño a Pacma y a San Francisco de Asís. Qué dos horas más largas, amigos. Qué bello es Sánchez, sí. Y qué vacío.

Con semejante taco de folios, el candidato socialista no ha querido ligarse a Pablo Iglesias, sino a la opinión pública. E Iglesias se ha pasado las dos horas acariciándose la barba (le faltó revisarse las cutículas) y mirando el móvil. Ojalá alguien en la puerta del hemiciclo requisando los teléfonos como en una boda con exclusiva. De Cataluña, por cierto, ni una mísera mención. Con la cantidad de margaritas amarillas que llevaron los diputados de ERC para sobrevivir al lunes.

En la tribuna de prensa hoy había tronío y años. Miguel Ángel Aguilar, Pablo Sebastián y Pepe Oneto observaban y tomaban nota. También de vez en cuando cuchicheaban y se echaban unas risas. Victoria Prego, con zapatillas de deporte, hacía bromas a la entrada por si no le dejaban pasar. También estaban Pilar Cernuda y Fernando Jáuregui, con más mili que Ortega Smith, el único al que aplaudieron al entrar.

La líder de los socialistas andaluces, Susana Díaz. (EFE)
La líder de los socialistas andaluces, Susana Díaz. (EFE)

Cayetana Álvarez de Toledo apareció con un bolso de la marca Goyard. Y Susana Díaz lucía en la tribuna de invitados un vestido homenaje a los clásicos pañuelos de Hermès, pero con acabado más propio de Mulaya que de una 'maison' de París. Minutos antes de que empezara hablar el presidente en funciones, Míriam Nogueras se escabullía de la prensa hablando por el móvil, como cualquiera de nosotros cuando queremos zafarnos de los captadores de las ONG.

Sánchez, que lucía la corbata rojo frambuesa de las grandes ocasiones y el Grecian 2000 recién pulverizado, ha sido tremendamente aburrido. Con la misma pasión que la mesa sobre la que escribo esta crónica. Que también es gris. Tenía la oportunidad de hacer uno de esos discursos que estudiarán nuestros hijos o nietos y nos ha acabado anestesiando a todos. Y eso que la llegada, con esos andares de torero que se gasta, nos prometía párrafos mejores.

Begoña Gómez, su esposa, le ha mirado con arrobo durante los 120 minutos de intervención, asintiendo a cada rato. Como si de ese tema en concreto hubieran hablado durante la cena familiar del fin de semana. Muy cerca estaba Rocío Monasterio, que pasados unos minutos y previendo la tremenda chapa que nos esperaba, encendió el ordenador. Quién sabe si estaba respondiendo correos profesionales o comprando en Amazon.

Adriana Lastra, entusiasta como pocas, hizo doblete. Como diputada y como regidora. Como si tuviera minutado en qué momento del discurso había que aplaudir. Rafa Mayoral, con camisa de manga corta y zapatillas negras de deporte, no paró de mascar chicle sin cerrar la boca. Otro protocolo es posible.

A las 13:52, Patricia Reyes, diputada de Ciudadanos, esbozaba una sonrisa. La misma que la mía, que era la de no dar crédito a lo que estaba pasando desde que se había sentado en su asiento a las 12 de la mañana. A las 13:56 Sánchez mencionó a Unidas Podemos. Pero poco. A las 14:02 Pablo Iglesias le estaba diciendo a un periodista en los pasillos: “Anda que nos ha soltado un…”. No llegué a escuchar el final.

Sánchez soltó lastre. Aplaudió Lastra.

Ideas ligeras
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