Llegó Greta, llegó el 'ligre'

La niña llegó, con cara de pánico y trenzas camufladas con la capucha de la sudadera. Ha sido un capítulo de Black Mirror. Han dado vergüenza las escenas. Hemos dado vergüenza los periodistas

Foto: Greta Thunberg, a su llegada a Madrid. (EFE)
Greta Thunberg, a su llegada a Madrid. (EFE)

En el circo, durante muchos años, uno de los reclamos más habituales era la posibilidad de ver al 'ligre'. Mitad león, mitad tigre. Una nueva especie, algo exótico, casi divino, solo al alcance del que se comprara una entrada.

Esta mañana no hemos comprado una entrada, pero la llegada de Greta Thunberg a la estación de Chamartín se antojaba mitad mesiánica, mitad 'ligre'. La niña llegó, con cara de pánico, trenzas camufladas con la capucha de la sudadera. Ha sido un capítulo de Black Mirror. Han dado vergüenza las escenas. Hemos dado vergüenza los periodistas.

Pasadas las ocho de la mañana los trenes solo estaban ocupados por pasajeros a punto de empezar las vacaciones. Mitad sueño, mitad felicidad. Nosotros, mientras esperábamos, hablábamos de ella. De uno de los fenómenos mediáticos más interesantes de los últimos tiempos. De la que se habla en los institutos, a favor y en contra, junto con JBalvin, Rosalía y el Bershka.

“Vamos a tener que vivir como lo hacía mi abuelo”, decía una colega. “¿Y por dónde saldrá? Escaleras mecánicas mal, ascensor peor… irá andando, ¿no”, decía otra. “Que les diga a los niños que sacan coltán de las minas para hacer el teléfono móvil que tiene que le han robado la infancia”, afirmaba otra.

Al menos una decena de policías nacionales aguardaba su llegada. También las cuatro torres, imponentes mientras Madrid amanecía. Los fotógrafos más espabilados sacaron la escalerilla para verlo mejor. El vagón por el que asomó tenía una pintada desgastada: “Gran clase”.

Tras el clásico forcejeo verbal entre los encargados del asunto y el gremio, salió. Menuda, asustada. Hubo los primeros gritos. Solo se escuchó una vez: “Welcome to Madrid, Greta”. Sus escasos 140 centímetros se diluyeron entre un puñado de espaldas adultas que intentaba protegerla y otro que intentaba fotografiarla.

Pasadas las 9 de la mañana el vestíbulo principal de Chamartín ya estaba lleno. Decenas de jubilados bajitos protestaban. “Es solo una niña, dejadla en paz, pobrecita”, dijo una señora. “Buitres, qué sacáis de esto”, gritaba otro.

Greta se fue en un coche rojo. Hubiera pagado por saber qué le pasaba por la cabeza. Hubiera pagado también por saber qué opinaban los policías de nuestro oficio.

Y cuando me invadía la melancolía, vino un príncipe al rescate. “Lo que tiene que hacer la activista es hacerse un dedo. A ver si así se da una alegría, le cambia la cara y deja de decir tonterías”. Porque siempre hay un bocachancla buscando público. Un viajero le recriminó sus palabras. Y el bocachancla, claro, contestó: “Anda, tendría que venir Franco y cortarte la lengua”.

Siempre hay un señor franquista para amenizar los saraos y quitarle tristeza a esta crónica. Que la estancia te sea leve, Greta Thunberg.

Ideas ligeras
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