No tienes hijos porque no quieres. Y lo entiendo

Estoy cansada de algunas treintañeras (algunas muy cercanas, otras no tanto) poniéndose excusas, trampeándose a sí mismas, para argumentar las razones por las que no son madres

Foto: Imagen de one_life en Pixabay.
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Terminé de ver 'Vida perfecta', la serie dirigida por Leticia Dolera, con la nariz del tamaño y el color de un pimiento morrón por culpa de la llorera. Recordé cada uno de mis partos. El miedo, la responsabilidad y la fragilidad de unas criaturas por descubrir, a las que era incapaz de detectar los defectos que hoy veo a la primera. Me fui a darles un beso a cada uno, les tapé.

Se me olvidó que horas antes había vuelto a invocar a Herodes, lo caro que me salió el último bono-canguro del trimestre. Se me olvidó que si no tengo un tercero es porque entonces tendría que cambiar de casa, que empezar otra vez con la lactancia es una lata, que aún me puedo permitir comer jamón ibérico y salir a cenar sin ellos, que hay vidas infinitamente peores que la mía, que tengo 43 añazos. Me dormí.

No tienes hijos porque no quieres. Y lo entiendo


No, esta no es la enésima queja de padres y madres del primer mundo. Al menos, no lo pretende. No, esta no es la enésima crítica favorable de la serie de la Dolera. ¿Me gustó? Sí. ¿Conecté? Regular. Demasiada escatología y crisis existenciales en casas mucho más grandes que la mía. ¿Me irrita el peterpanismo a los 40? Sobremanera, casi tanto como las trampas que nos hacemos a nosotros mismos.

El lunes, día festivo, comí con amigos fuera de casa. Previamente, hice un tomate frito y dejé la mesa medio puesta para cuando llegaran mis tres compañeros de piso. Llegué a mi cita, medio comí y medio bebí, me escaqueé de las copas de después.

No estoy a dieta, no soy abstemia, pero quería llegar fresca a la sobremesa, ya que me esperaban en el cine para ver 'Last Christmas', una de las películas ñoñas de estas entrañables fiestas. Mientras, sigo sin ver 'Joker' ni 'Historia de un matrimonio' y aún me queda pasar por el trago de 'Frozen 2'. Mientras devoraba con ansia mi ensaladilla rusa, me lo dijo Juan: “Los que no tenemos hijos tenemos libertad”. Juraría que no había sido demasiado explícita con ese muro de lamentaciones que es a veces la maternidad.

No nacen niños. A veces es porque no se puede, pero hay otros casos en los que no apetece

Pagué y le di las gracias a mi manera. Agaché un poco la cabeza, como si no quisiera que me escucharan el resto de comensales, y le expliqué mis sospechas basadas en hechos reales. Por fin alguien que reconoce que hace lo que le da la gana sin dar explicaciones. Porque estoy cansada de algunas treintañeras (algunas muy cercanas, otras no tanto) poniéndose excusas, trampeándose a sí mismas, para argumentar las razones por las que no son madres. El heteropatriarcado, la precariedad, la derecha, hasta Mariano Rajoy. Ese cóctel mortal tiene la culpa de que aún, con sus treinta y bastantes, no hayan engendrado.

Este planteamiento tiene dos problemas. El primero es que nadie debería tener que justificar sus decisiones, pero todos deberíamos saber que cada opción conlleva renuncias. El segundo es que, a la mínima, los que decidimos, sin cálculos milimetradísimos de por medio y porque nunca es buen momento, tener hijos, nos convertimos en seres privilegiados. Burgueses de pacotilla que no padecemos la vida infernal de todas esas parejas ahogadas única y exclusivamente por ese capitalismo atroz que les impide cumplir con sus sueños y aumentar la tasa de natalidad.

A los padres, y a los que no lo son, el lamento y el victimismo no nos hacen mejores. Solo nos sirven para blanquear el sentimiento de culpa

En el primer semestre de 2019, se registraron poco más de 170.000 nacimientos en España, el dato más bajo de la serie histórica y por debajo del mínimo histórico, vigente desde 1995. ¿Os habéis vuelto unos egoístas incapaces de traer hijos al mundo? Claro que no. Y la inestabilidad laboral, los salarios y el precio de la vivienda no ponen una alfombra roja al asunto. Pero no soplaba el viento de cara cuando nació mi hermana a los nueve meses y un día del matrimonio de mis padres y en la nevera apenas había patatas, cebollas y un huevo. Eran otros tiempos, sí, también mucho peores que estos.

No nacen niños. A veces es porque no se puede, pero hay otros casos en los que no apetece. Porque muchos os habéis dado cuenta de que, a pesar de todo, de vez en cuando os podéis permitir determinadas cosas que a otros se nos hacen un poco más cuesta arriba. A los padres, y a los que no lo son, el lamento y el victimismo no nos hacen mejores. Solo nos sirven para blanquear el sentimiento de culpa. Y a veces, para ocultar el arrepentimiento.

Ideas ligeras
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