En Cercanías a El Pilar: no es élite clasista todo lo que reluce

Así, la hija de un hombre y una mujer sin estudios, criada en el barrio más humilde de Getafe, acabó pasando de ir andando al colegio a cogerse un Cercanías para ir a un colegio en el Retiro

Foto: Patio del colegio El Pilar. (Foto: Web del colegio)
Patio del colegio El Pilar. (Foto: Web del colegio)

“Al instituto no vas, que te vas a echar a perder”.

“Pues a los Escolapios menos, que me ha dicho Mamen que con las chicas los curas son muy machistas”.

Pues vas a El Pilar. Como fue tu hermana, habrá menos problemas para entrar”.

Y yo, amante de evitar el conflicto, asentí. Ahí terminó la charla con mi padre. Al menos evité irme a un colegio que por entonces solo nos admitía a las mujeres en COU y del que mi prima, tres años mayor que yo, no me había dado las mejores referencias.

Así, la hija de un hombre y una mujer sin estudios primarios, criada en el barrio más humilde de Getafe, pero de clase media aspiracional, acabó pasando de ir andando al colegio a cogerse un Cercanías y un autobús para ir a un colegio de la madrileña calle de Reyes Magos. De vecino, el Retiro.

No me consta que en los estatutos del centro hubiera una cláusula que admitiera a gente como yo, sin pedigrí, por caridad cristiana. Como en la película 'Plácido', siente un pobre en su mesa. En su aula.

Ni mi padre ni mi madre me hablaron de la gente que había ido a ese centro. Tampoco estuvieron haciendo guardia en ningún sitio para que sus hijas tocaran el cielo de los privilegios y el rentismo. Fue, de hecho, una cosa natural sin cónclaves ni pronósticos vitales previos. Pero hubo otros mensajes. Ponte las pilas, ahí no se andan con tonterías, exigen mucho. Eso sí, llegarás bien preparada a la selectividad. Y así de paso coges soltura en Madrid, que falta te hace.

No me consta que en los estatutos del centro hubiera una cláusula que admitiera a gente como yo, sin pedigrí, por caridad cristiana

Me planté el primer día de clase disfrazada de vecina del barrio. Craso error. Estaba tan nerviosa que llegué con mucho tiempo de adelanto y esperé en la puerta. Miré al suelo y encontré un billete de 1.000 pesetas. Me puse tan contenta, intuí tanta señal de buena suerte, que me fui a una cabina cercana y llamé a casa para contarlo. Porque había pesetas y había cabinas.

Entré en una clase en la que solo éramos nuevas dos alumnas. Pero la otra novata vivía en el barrio, tenía una belleza apabullante y apellidos compuestos. Recurrí al superpoder que tanto me ha ayudado. “Se trata de ser maja”, pensé. Y funcionó.

Fue un año maravilloso y divertidísimo en el que estudié como nunca. Cumplí, aprobé con nota, conocí a gente maravillosa, ligué en el viaje de fin de curso. Nos besamos en Florencia y me dejó al llegar a Venecia. “No somos iguales”, me dijo. O algo así. Me rompió el corazón. No tenía apellidos kilométricos ni anillo con blasón. El problema, claro, lo tenía yo.

Hice amigos estupendos. Eduardo, Bubu (encantador a pesar del mote equivocado), Alfonso, Mónica. Y sobre todo Cristina, los ojos azules más alucinantes que he visto en mi vida. Nos seguimos llamando por nuestro cumpleaños. Su padre trabajaba en un banco. Aclaro: no era el dueño.

Hace un año, me metieron en un grupo de WhatsApp por el 25 aniversario de nuestra promoción. No tenía casi ningún teléfono memorizado. No pude ir a la cena ni a la misa que se celebró por los compañeros fallecidos en estos 25 años. Me encantó ver fotos del antes y el después. Hace una semana, me salí del grupo cuando uno de los integrantes dijo “Arriba España”. Que estoy a favor de la libertad de expresión y de la democracia en su conjunto, pero esto me superó.

Tenía que haberle sacado más partido a esa telaraña, red clientelar y demás zarandajas que se supone que otorga pasar por ese colegio

El artículo publicado en 'El País' habla de las colas kilométricas para entrar en el centro privado de educación infantil Santa Bernardita. Ese que garantiza el acceso a El Pilar, pero el de verdad, el de la calle Castelló. Y por tanto, el pasaporte al éxito y a la dominación de la galaxia gracias a una agenda de contactos. Algunas de las críticas destacan la barbaridad que hay que pagar por llevar a niños tan pequeños a echar parte de la mañana: 450 euros. Pero si algunos hemos pagado 500 euros por llevar a los nuestros a una guardería de la puñetera calle de Embajadores.

Tenía que haberle sacado más partido a esa telaraña, red clientelar y demás zarandajas que se supone que otorga pasar por ese colegio. O hacer una buena boda, con la de muchachada que había por elegir. Maldita sea, que soy autónoma y en dos semanas me caen los 44. Qué he hecho con mi vida y por qué me habéis dejado.

Ideas ligeras
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