Como si no pasara nada

Mis hijos se aburren y pienso que, en estos días de ciclotimia y taninos, esa sensación es un triunfo absoluto

Foto: Dieciocho días sin colegio en Madrid. (EFE)
Dieciocho días sin colegio en Madrid. (EFE)

Dieciocho días sin colegio en Madrid y dos semanas confinados (o enjaulados, depende de los metros cuadrados) dan para mucho. O no.

Los hijos que habitan en casa siguen intensos de más, desordenados de más. Pero a ratos quisiera inventarme la vida que no llevamos, decir que hemos leído poesía y les ha dado por hacer sonetos. O bien les ha surgido un fervor inusitado por encadenar alejandrinos.

Quisiera haberles grabado haciendo algo original, ingenioso, tan viral y chispeante que me llenara de orgullo, satisfacción y visibilidad. Quisiera haber inventado con ellos recetas imposibles y creativas, pero hoy el cuerpo solo me pedía rebozar tacos de merluza.

Sueño con que el Covid-19 les despierte una vocación de servicio público, de ayuda al prójimo. Sueño con haber parido los nuevos Gandhi, Frida Kahlo, Margarita Salas, Chiquito de la Calzada. O la mezcla de todo eso pero sin una pizca de tormento. Quisiera tener artistas o potenciales internistas en casa, pero solo tengo hijos que se aburren.

Se aburren y pienso que, en estos días de ciclotimia y taninos, esa sensación es un triunfo absoluto. "¿Hijos míos, qué tal os sentís?", les he preguntado. Los dos han resoplado. El pequeño, que alterna los trabajos de clase en PowerPoint (odio eterno al que inventó el programa) con panzadas de consola, me ha dicho: "Muy aburrido". Y sin fútbol, añado. La mayor, a la que imagino un futuro con el poder y el mando de Angela Merkel y Lara Croft juntas, ha mirado de reojo mis incipientes y agrupadas canas y ha espetado: "Pues como en las vacaciones de verano, solo que sin salir de casa". Lo cual no nos deja en muy buen nivel a los padres en cuanto a planificación de festejos.

Los adultos cruzamos la mirada por el pasillo mientras ellos hablan, ríen y gritan a una pantalla. El único camino a la diversión en este estado de alarma, que a veces se hace carne en forma de 'youtuber'. Otras veces es un vídeo con las mejores paradas de Jan Oblak o una cuenta de Instagram que te ayuda a hacer mil peinados imposibles.

Confieso que a veces siento celos, cuando veo que las carcajadas de los que no son adultos solo asoman cuando, tras el aplauso de las ocho, llega la hora de la videollamada grupal. Y la niña que se aburre se pone a hablar de series, romances juveniles y chistes malos con otros niños igual de aburridos y acomodados que ella. Y el niño que resopla implora mi silencio: "Perdona, mamá, pero es que estoy en una reunión". Y veo que en la pantalla del ordenador asoman cinco cabezas despeinadas como la suya, partidos de la risa por un diálogo imposible y surrealista solo interrumpido con confesiones como: "Ahora vuelvo, que tengo que hacer caca". Siento celos, sí, pero también me parto de risa.

Mientras yo juego a la ruleta rusa con mi tensión arterial (a ratos bailo reguetón, a ratos soy la zarzamora que llora y que llora), mis hijos observan el miedo, la muerte, la enfermedad y el futuro como si en realidad no pasara nada. Se sienten ajenos al virus, el mismo que les ha arrebatado a una abuela. Se sienten ajenos al contagio, del virus y de la recesión económica que vendrá. Piensan que cuando nos dejen salir a la calle y llenarlo todo, volverán los abrazos con los amigos, el sagradísimo aperitivo con su madre tras la visita al mercado, los partidos del Estudiantes.

Y volverán, claro. Porque para ellos, esto es solo un sueño. Ni siquiera un mal sueño. Un paréntesis aburrido en sus vidas. Como algunas vacaciones de verano.

Ideas ligeras
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