Serio, solemne, sin alma

Una supone que cualquier otro político en su misma situación estaría tan calcinado y errático como el inquilino de La Moncloa

Foto: Foto: Juanjo Martín /EFE.
Foto: Juanjo Martín /EFE.

No será hasta el 11 de abril. Serán 15 días más en casa. Y luego ya veremos. Será la desescalada, será la vuelta gradual. Una segunda transición. La segunda transición. Ya le pondremos un nombre a lo que pase luego. La “nueva normalidad social”. Y hasta el 26 de abril, más paciencia, más aguante, más moral que el alcoyano.

Pedro Sánchez tiene mejor cara y la misma jeta. Ésa que le ha impedido reconocer que la gestión de su gobierno ha sido y es manifiestamente mejorable. No ha sido por falta de tiempo, ya que ha tenido más de una hora de comparecencia para contarnos cómo va la crisis sanitaria más importante que se recuerda en décadas. Sólo pronunció una vez la palabra coronavirus. Se le gastó el concepto, como a todos, de tanto usarlo. Sólo dijo una vez que asume responsabilidades. Se le pasó entrar en detalles.

Sánchez tuvo un ratito para jugar a ser Kennedy. Fue, en definitiva, una chapa considerable, una colonización del telediario

El presidente habló de sacrificio, de resistencia y de moral de victoria. Movió mucho las manos, casi siempre con ellas empuñadas. Lució ojeras desiguales y unas leves manchas rosadas bajo las comisuras de los labios. Serán los disgustos, serán las marcas de la mascarilla que estrenó ayer en su visita a una empresa que produce respiradores en Móstoles. El cutis terso, como recién hidratado, y un constante sube y baja de cejas.

Pidió paciencia e imploró algo más de tiempo para doblegar la curva, para domar al virus. Ése al que vamos conociendo, pero no del todo. Son, dijo, “los días más difíciles de nuestra vida”. Por culpa de un bicho que sigue matando a los nuestros pero que desde mucho antes mató los afectos.

Fue una comparecencia a la que le sobró al menos un tercio, pero que dejó mensajes claros

Sánchez tuvo un ratito para jugar a ser Kennedy. En las redes sociales se mofaban de él los que hace un cuarto de hora veneraban al abogado que presidió Ciudadanos con un cartel de JFK colgado en cada esquina de la sede. También tuvo el presidente su momento cursilón, al citar al poeta persa Sa’di, el mismo que citó Barack Obama en un discurso pronunciado en 2009. Una supone que cualquier otro político en su misma situación estaría tan calcinado y errático como el inquilino de La Moncloa. El verso escogido, por cierto, gustó bastante en casa.

Fue, en definitiva, una chapa considerable, una colonización del telediario. Fue una comparecencia a la que le sobró al menos un tercio pero que dejó mensajes claros. Porque el impacto económico y social será “bestial” pero “nadie quedará atrás; podéis estar seguros”. Es muy difícil creer las dos partes de esta frase, presidente. Y lo sabe.

Apeló a unos nuevos Pactos de la Moncloa, a otro Plan Marshall, a la tarea titánica que tiene la Unión Europea, que se juega su papel en los libros de Historia y hasta su esencia misma en esta crisis sanitaria.

“Es un honor ser el presidente de este gran país. Debemos resistir más y solo hay un camino, el del sacrificio para resistir, resistencia para vencer, y moral de victoria para vivir”. Fue serio, fue solemne. También fue sin alma. Es un honor, Pedro. Y ahora es un marrón.

Ideas ligeras
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