Mañanas franciscanas, tardes revolucionarias

Una mañana en la zona cero de la cacerolada madrileña sirve para comprobar el discreto y silencioso encanto de la burguesía. Nunca una revolución empezó en una calle tan aburrida

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Hay un tipo de madrileño acomodado al que le espanta el ruido. No soporta el estruendo de las voces, porque su vida consiste en no dar la nota.

Viste prendas que se mantienen en perfecto estado desde hace varias décadas. De cuando el 'tweed' era 'tweed', de cuando todo estaba bien cosido. El Loden, los Sebago, la teba, el 'cashmere', la lana sin pelotillas. Prendas con acabados impecables en las que forros son imprescindibles. Un tipo de madrileño, también de capital castellana, que sigue sumergido en la época en que los zapatos solo se fabricaban en piel.

Foto: Carmen Castellón.
Foto: Carmen Castellón.

Esa tribu capitalina alcanza el culmen cuando hablamos de las señoras. Exquisitas, elegantes, eternamente flacas, eternamente austeras, casi franciscanas. No les gusta el ruido, tampoco lo hacen. Han vivido bien así. Para qué cambiarlo.

Estos son los que pasean esta mañana de lunes por la zona de Núñez de Balboa, tras la cacerolada de ayer. Un cuadrante de calles, entre Ayala y Don Ramón de la Cruz, entre Ortega y Gasset, General Pardiñas y Castelló, en las que casi hay más tiendas de decoración que banderas con crespones negros en los balcones.

Los escaparates exhiben muebles maravillosos aptos para cuentas corrientes que no saben lo que es un descubierto y para pisos con tres dígitos de metros cuadrados. Mobiliario que vestirán los pisos de arriba, en edificios que estéticamente dejan mucho que desear. En los que abundan las terrazas cerradas, el tardofranquismo y en los que escasea el palacete, ese aroma que sí se huele y se ve en ciertas partes de Chamberí y de Los Jerónimos.

También están abiertas las clínicas de medicina estética y dentales que abundan en la zona, así como los centros de belleza en los que aguardan, pacientes y enmascaradas, mujeres jóvenes dispuestas a hidratar y reafirmar pieles ajenas.

Foto: Carmen Castellón.
Foto: Carmen Castellón.

A eso de las 11 de la mañana, solo hacen ruido los pájaros y amables porteros, que saludan con el lenguaje del currante a otros de su gremio. Las furgonetas de reparto ocupan buena parte de las aceras y hay poco espacio para pasear por ellas. Otra merma de las libertades.

Apuntan las crónicas que el germen de las caceroladas se gestó a la altura del supermercado Alcampo. Justo enfrente, entre los números 52 y 54, suceden cosas maravillosas en este lunes de mayo. Un cartel arrugado en uno de los parterres pide a los vecinos ayuda urgente para el Banco de Alimentos y Cruz Roja. “Hay que acabar con esta peste social, con tanta desigualdad”, reza. El portero, tras ayudar a una señora mayorcísima del edificio a entrar en el portal, parece haberlo hecho desaparecer tras una segunda batida por ese tramo de calle.

En los bajos, un espacio de 'coworking' con el lema: 'Your success starts here'. Tu éxito empieza aquí. Sujeto a libres interpretaciones. Porque solo el éxito económico te habrá llevado a vivir a esa zona. O quizá la frase es premonitoria de un vuelco electoral a base de cacerolazos. Que no pucherazos, claro.

Reluce brillante la placa en el portal de un notario apellidado Ruiz Gallardón. Y un par de números más, en esta acera de los pares, una tienda llamada Atípica dedicada a organizar bodas y otros asuntos de belleza. O como se dice en la zona: 'Wedding planner & lifestyle', y que, si los 'Telvas' no me fallan, fundó la hija de Mario Conde.

Foto: Carmen Castellón.
Foto: Carmen Castellón.

Una ferretería con pinta de llevar más décadas que el fondo de armario de los vecinos aprovecha el cotarro para vender, entre cerrojos y bombillas, llaveros con la bandera de España. También lo hace una sastrería de General Pardiñas, que sobre varios ejemplares de 'La enciclopedia del buen vestir', muestra unos tirantes con la bandera rojigualda guardados en una caja en la que puede leerse: ‘Handmade in England’. Vaya.

Una señora, acompañada de un cachorro de caniche, saca dinero del cajero de Banco Sabadell. Lleva una bolsa enorme de papel. Es de otra tienda de decoración. El nombre está escrito con letras pequeñas. Las grandes las reservas para otro lema, #cosasbonitas. Es lo que se ve en el barrio este soleado 18 de mayo.

A las ocho, será otro cantar. Porque sin 'afterwork' no hay libertad. Y a falta de gintónic, cacerola. Demasiado ruido para el madrileño burgués y discreto.

Ideas ligeras
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