Quedarse en casa cuando tienes casa

Una ciudadana resumía en redes su diagnóstico de lo que pasará por culpa de la crisis. “A los ricos les afectará, pero poco. Los pobres son pobres. Lo pagaremos los de siempre, la clase media”

Foto: Dos colchones en la entrada del Centro Dotacional de Arganzuela. (Á. Caballero)
Dos colchones en la entrada del Centro Dotacional de Arganzuela. (Á. Caballero)

A las ocho de la mañana, José ya lleva dos horas plantado en la esquina del paseo de las Delicias con Palos de la Frontera. Sin importar la estación del año, y porque a las seis siempre es de noche, planta en el suelo el par de mochilas con las que vive a cuestas y se pone a saludar a los que van o vienen del trabajo. Así hasta las 10, más o menos, una vez pasada la hora punta.

José siempre sonríe y da los buenos días a gritos, aunque algunos, por despiste, por sueño o por antipatía, no le contesten. A veces pienso que sus decibelios son producto de la cafeína, de su aparente y exultante carácter. Pero también puede ser que lo haga para hacerse visible y de paso recordarnos la cantidad de meses —quizás años— que lleva ahí saludándonos mientras deja en una esquina, sin que se note, un sitio para las monedas con las que luego irá al súper a comprar algo de comida.

Cenicero casero en el que aún quedan unos céntimos. (Á. Caballero)
Cenicero casero en el que aún quedan unos céntimos. (Á. Caballero)

Ni la pandemia ni el estado de alarma han hecho cambiar su rutina. Su nueva normalidad se parece demasiado a la vieja, salvo por la mascarilla. Este jueves, al menos, y aunque lo dicte el BOE, no la lleva puesta. Está deseando ir a la Casa de Baños (dependiente del Ayuntamiento de Madrid) de la glorieta de Embajadores para asearse. “En cuanto acabe aquí, voy a ducharme. No puedo estar así, con estas barbas”, explica riéndose.

Ni la pandemia ni el estado de alarma han hecho cambiar su rutina. Su nueva normalidad se parece demasiado a la vieja, salvo por la mascarilla

Le acompaña Miguel, que lleva un año en la calle. Ninguno quiere entrar en detalles sobre lo que les llevó ahí, aunque los desencadenantes los resumió impecablemente el catedrático de Psicología Clínica Manuel Muñoz en un informe sobre personas sin hogar: “Una sinergia de sucesos estresantes”.

No se han dado muchos casos de contagios en personas sin hogar, explica Javier Sánchez, responsable del Centro Nuestra Señora de Valvanera, de Cáritas Madrid. “Están tan solos que apenas contactan con gente, nadie les toca, nadie se les acerca”, cuenta.

Sánchez detalla una imagen esclarecedora de los primeros días tras la declaración del estado de alarma. “En el metro, íbamos los cuatro gatos que teníamos que trabajar, pero la mayoría de los que ocupaban los vagones eran personas en exclusión social, porque esos días llovió mucho”, afirma.

Recuerda que la línea 6 siempre ha sido un buen recurso asistencial para los que no tienen hogar: “Como es circular, no tiene fin. Es buen sitio para resguardarse”. Una línea de metro convertida en albergue. Madrid, siglo XXI.

José está deseando que abran los parques de la ciudad, donde le gusta ir a pasear hasta que llega la noche. Pasa las noches en un callejón cercano a la estación de Atocha. “Ahora ya no hace tanto frío, pero a estas horas aún hay que llevar algo encima”, dice. No quiere ir a albergues porque le agobia la idea de pasar 24 horas encerrado en un sitio. Su compañero Miguel, que permanece sentado en el suelo, dice que él no va porque le da miedo el contagio.

Restos de comida guardada en una bandeja de plástico y una flauta. (Á. Caballero)
Restos de comida guardada en una bandeja de plástico y una flauta. (Á. Caballero)

Resguardados, amanecen dos colchones en la entrada del Centro Dotacional de Arganzuela, cerrado también por pandemia. Aún no son las nueve de la mañana y sus ocupantes han abandonado la zona. Quizá pertenezcan al grupo de cinco hombres que charlan amigablemente en los bancos del vecino Jardín de Palestina. Quedan restos aún de la noche. Algo de comida guardada en una bandeja de plástico, un par de calcetines del revés, unas botas Doctor Martens color burdeos y una flauta dulce. También han dejado una especie de cenicero casero en el que aún quedan unos céntimos.

Unas manzanas más arriba, en el callejón donde duerme a diario, José amanece un señor, que bosteza y se estira con unos cartones colocados a modo de biombo. En la esquina del chino de la calle Murcia, está también otro señor de siempre, con una lata de cerveza en la mano. De este no sabemos el nombre, aunque le llamamos ‘el barbas’. Lleva años vagando por el barrio, solo o en compañía de otros. El día que se afeitó, me costó reconocerle.

Estos días, una empática ciudadana resumía en redes sociales su diagnóstico de lo que pasará por culpa de esta crisis. “A los ricos les afectará, pero poco. Los pobres son pobres. Lo pagaremos los de siempre, la clase media”.

Los pobres son pobres”. Como si lo hubieran escogido en el menú. Como si lo merecieran. Como si la pobreza fuera una condena eterna de la que nunca se sale. Como si diera igual que se queden, con la maldita nueva normalidad, los últimos de los últimos. Como si no estuvieran antes de la pandemia, antes de que se desbordaran las peticiones de comida, de ayuda, de plazas en los albergues.

“No estamos preparados para atender a unidades familiares, que son las que ya están cayendo”

Javier Sánchez advierte de que la red asistencial a personas sin hogar se basaba en el retrato robot, por así decirlo, del que vive en la calle. Normalmente hombre, normalmente solo. “No estamos preparados para atender a unidades familiares, que son las que van a caer, las que ya están cayendo”, afirma.

Los pobres son pobres. Y lo seguirán siendo. Solos o en familia.

Ideas ligeras
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