El luto y los números

Mientras veo el telediario, bebo un café con leche y compruebo que, en el fondo, la nueva normalidad me importa un bledo porque no podré reencontrarme contigo

Foto: Operarios proceden al entierro de un fallecido en el cementerio de la Almudena, en Madrid. (EFE)
Operarios proceden al entierro de un fallecido en el cementerio de la Almudena, en Madrid. (EFE)

Segundo día de luto oficial y sigo sin llamar al marmolista. La lápida que te protege de las inclemencias del tiempo sigue teniendo una pegatina, imagino ya cochambrosa, con el número 83. El día del entierro, el tío Antonio hizo una foto con el móvil para que no se nos olvide dónde estás. No tienes nombre, eres aún un número.

Porque al final somos eso, mamá. Números. Tú tienes uno según esa lápida, como engrosas la cifra de fallecidos por covid-19, de caídos en residencias de la Comunidad de Madrid. Como has sido un número para la Seguridad Social, y para el Sistema Nacional de Pensiones, y para el Documento Nacional de Identidad. Ayer solo murieron no sé cuantos, escucho. Solo. Como si no importara.

Han pasado ya dos meses de aquel día primaveral en el cementerio de Getafe. La lluvia mojó mi pelo mientras el operario sellaba con silicona tu nicho. A los cinco minutos salió el sol. Luego volví a casa vestida de negro, como mandan los cánones de un luto que para ti siempre fue importante. No recuerdo qué hice de comer. Sí que brindé por ti. Lo del valle de lágrimas, ya sabes, he procurado siempre que durara lo menos posible.

Los reyes y las infantas han guardado un minuto de silencio en el Palacio de Zarzuela y ha salido en todos los medios, destacando la sobriedad de esos 60 segundos, que Letizia iba sin tacones y lo altas que están las niñas. Justo lo que habríamos comentado en caso de verlo juntas, sin ser nosotras editorialistas en nada.

También han destacado la corbata negra de Pedro Sánchez y las peleas en el Congreso de los Diputados. Mientras veo el telediario bebo un café con leche y compruebo que, en el fondo, la nueva normalidad me importa un bledo porque no podré reencontrarme contigo. Me fijo en los cuellos algo redondeados de la camisa blanca del presidente. No sé si llego a decirlo en voz alta. Qué raro es el duelo anestesiado, puesto en paréntesis, en barbecho.

Porque al final somos eso, mamá. Números. Tú tienes uno según esa lápida, como engrosas la cifra de fallecidos por covid-19, de caídos en residencias

Antes cada mañana, y ahora cada tarde, seguimos pendientes de los números. Los contagiados, los fallecidos, las altas. Tu yerno, tan amante de las estadísticas, mira a cada rato el móvil. Ha encontrado una página en internet con comparativas entre países. Juntos hacemos politología barata. Ojo con las elecciones en Estados Unidos, qué locura Brasil, y de Suecia, tan nórdicos y avanzados ellos, qué me dices. Luego, siempre, acabamos pronosticando el fin de la democracia tal y como la conocemos. El advenimiento de cualquier mesías barato que prometerá protegernos de las inclemencias del tiempo. Como tu lápida.

El martes vi un documental que no era sobre Michael Jordan sino sobre 'Operación Triunfo'. El de verdad. El de 2001. Con esa generación de advenedizos a los que el éxito les pilló con los dientes sin blanquear, las pieles por hidratar, las carnes sin pulir, pero con ingenuidad y buena voz. Perfecto caldo de cultivo para ser eso, números. Una generación de desgraciados que declaraban, entre concierto y concierto, entre llenazo y llenazo, que eran mucho más felices antes. Cuando nadie les conocía, cuando nadie les abordaba para pedirles un autógrafo, cuando no tenían prohibido salir a la calle, cuando era posible mantener una conversación sin que el otro supiera todo de ti. Dieciséis muchachos con nostalgia de lo que eran y con miedo a dónde aquel bombazo televisivo les estaba llevando.

Sentí que el éxito, de golpe, puede ser una trituradora implacable. Tu nieta y yo alucinamos con una escena en el autobús de la gira

Sentí que el éxito, de golpe, puede ser una trituradora implacable. Tu nieta y yo alucinamos con una escena en el autobús de la gira. David Bustamante habla por teléfono con voz temblorosa y la cabeza apoyada en el cristal. Le dice a su madre que les echa mucho de menos. Pregunta si están bien sus hermanos. Le pide, por favor, que le recargue el móvil si va a un cajero automático, porque se está quedando sin saldo. Dos horas después, miles de personas chillan cuando sale al escenario a cantar 'Corazón espinado', de Santana.

Acabada esa hora y media, me brotó el duelo de golpe. Salió el luto por cada uno de mis poros, tras varios días adormecido pero latente. No necesité banderas a media asta ni declaraciones oficiales.

Salió el luto por cada uno de mis poros, tras varios días adormecido pero latente. No necesité banderas a media asta ni declaraciones oficiales

Porque viajé a aquel 2001 en el que, encerrada en la cocina, comentaba por SMS con el mismo que me soporta hoy cada gala de OT mientras tú y papá veíais cualquier otra cosa en la tele. Porque aquellos días nos comíamos el mundo. Chenoa y yo. Vosotros y yo. Mi novio y yo. Y no he podido despedirme de ti. Y no he podido cumplir la promesa que me hice a mí misma, que estaría contigo hasta que dejaras de respirar.

Hay que quitar ese 83 cuanto antes. Voy a llamar al marmolista.

Ideas ligeras
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