'Black lives matter' en Mineápolis, pero también en Lavapiés

Vista la fauna y flora del encuentro, se detecta que hay al menos dos generaciones de españoles a los que no les asusta otro color de piel

Foto: Concentración por la muerte de George Floyd. (EFE)
Concentración por la muerte de George Floyd. (EFE)

Tres aplausos en seco. Luego, muchos aplausos seguidos. Gritos de ‘No justice, no peace’. Otros tres aplausos. Y acto seguido, silencio y rodilla en tierra. Puños arriba. Manos arriba. Algunas con guantes. Todos con mascarillas. Gente joven. También bastantes canas. Pocos niños. Bastantes estadounidenses. Algunos perros. Pelo afro, pelo de colores, pelo color castaño como cualquier español medio.

Y policía. Mucha policía en la puerta de la embajada estadounidense de Madrid, con al menos una docena de furgonetas rodeando el edificio. El ‘Black lives matter’ ha llegado esta mañana a Madrid.

El cruce entre las calles de Diego de León y Serrano está lleno de lugares que no son precisamente antifascistas ni anticapitalistas. Dos de las consignas que también se gritaron en el encuentro que protestaba por la muerte de George Floyd y por la violencia policial. La misma que también, denunciaban algunas pancartas, se ejerció en Lavapiés con Mame Mbaye y en el polígono ceutí de El Tarajal.

Pero hablábamos de lugares. A un lado y a otro de la embajada, dos bancos, BNP Paribas y la división de banca privada del Sabadell. Enfrente, la iglesia en la que se ofició el funeral de Carmen Franco, hija del dictador, que vivió en la vecina calle de Hermanos Bécquer. También cerca, el edificio que albergó la sede de la patronal Farmaindustria. Un poco más allá, los restaurantes Hevia y José Luis. Más Madrid de cacerolas que de antifa. Por eso los vecinos asomaban curiosos a los balcones de crespón y bandera rojigualda y fotografiaban el asunto.

Cualquier protesta siempre es buena oportunidad para los espontáneos. Porque, seamos sinceros, Minneápolis nos pilla un poco lejos

Vista la fauna y flora del encuentro, se detecta que hay al menos dos generaciones de españoles a los que no les asusta otro color de piel. No porque la dictadura progre les haya adoctrinado precisamente. Más bien lo normalizan porque lo ven en clase, también en el barrio.

Por eso abundaban los adolescentes, pre y post, unidos por el luto, chocando codos y mostrando tatuajes, encantados de tener una excusa por la que reencontrarse. Una de las manifestantes, de nombre Grecia, reconocía a sus amigos que no había hecho pancarta porque pensaba que iba a llover. Pensó mal, porque hizo una mañana casi veraniega, de esas en las que el sol pica de más para los nacidos con escasez de melanina.

Cualquier protesta siempre es buena oportunidad para los espontáneos. Porque, seamos sinceros, Mineápolis nos pilla un poco lejos. Así que algunos aprovecharon para reivindicar lo suyo. Un amable ciudadano vendía mascarillas quirúrgicas, otra lucía una bandera republicana, otro una con la hoz y el martillo y hasta alguno lucía muñequera de la CCCP. No, no era Alberto Garzón.

Se gritó por la lucha obrera, se protestó por los CIES y por el racismo institucional. Lemas que se agotaban enseguida. Porque acababan venciendo los aplausos y el silencio. A veces los pitidos. La policía observaba, aunque las mascarillas y las gafas de sol impendían averiguar qué se les estaba pasando por la cabeza.

Una pareja de estadounidenses de unos 40 años, con un español muy rudimentario, leía en voz alta las pancartas e intentaba traducirlas. Alguna familia sorteaba como podía a los manifestantes, una vez truncado su paseo matinal.

Un poco antes de las doce se escuchó el ruido de una cacerola. Las cabezas giraron al unísono. Las miradas revelaban sorpresa ante un sonido que identifican con otro asunto bien diferente. Apareció por la acera de los pares un chaval, con cazo de tamaño pequeño, de los de hervir un huevo, y su cuchara de palo. Las cabezas volvieron a girar y respiraron. Era su manera de exigir justicia por Floyd.

A las doce, otra vez silencio, y rodilla en tierra. Y poco tiempo después, cada uno a su casa. Era curioso ver una marea negra de jóvenes bajar por Serrano. Más curioso aún el efecto a su paso por Colón. Un lugar también con connotaciones. Como Mineápolis.

Ideas ligeras
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