Comerse el marrón

El consejero madrileño piensa en sus colegas de otras comunidades y sabe que la papeleta es muy parecida, por más que el impacto del virus haya sido salvaje en su comunidad

Foto: El ministro de Sanidad, Salvador Illa (d), y la ministra de Educación, Isabel Celaá (d), en el Congreso. (EFE)
El ministro de Sanidad, Salvador Illa (d), y la ministra de Educación, Isabel Celaá (d), en el Congreso. (EFE)
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Cada mañana, al despertar, Isabel Celaá y Salvador Illa se miran en el espejo y se preguntan en qué momento dijeron sí. Por qué nadie que les tenga o tuviera algo de afecto les aconsejó que mejor dejarlo. Que la cartera la cogiera otro. Que el marrón se lo comiera otro. Maldita sea, si eran dos ministerios vacíos de contenido. Cada mañana, al despertar, Pablo Iglesias Turrión da las gracias por no haberse quedado en el reparto con ninguno de los dos.

Cada mañana, Enrique Osorio también se formula varias preguntas delante de su primer café. Qué hizo mal en esta y otras vidas para que un bicho infame haya puesto sus competencias, la educación en la Comunidad de Madrid, patas arriba. Si la cosa estaba clara. Si se trataba de que la izquierda, desde su superioridad moral, no metiera las zarpas en la educación de nuestros hijos. Si ya lo dijo la presidenta Ayuso en su discurso de investidura y desde entonces cada cinco minutos: LI-BER-TAD. Y ese es el dios verdadero. Uno y trino.

Comerse el marrón

Con lo bien que se estaba, pensará Osorio, apagando fueguecitos como los del veto parental, o denunciando que el Gobierno de la nación estaba empeñado en una ley plagada de barbaridades. Qué lejos, pensará, queda el pasado 4 de marzo, cuando escribió un artículo en el diario 'ABC' advirtiendo de que con la ley Celaá la libertad de las familias para decidir la educación que quieren para sus hijos está en peligro. Así culminaba el texto: “Esta nueva reforma educativa solo se puede justificar por motivos ideológicos sectarios y eso tendrá la debida respuesta. La libertad no se toca”.

Cada mañana, el consejero madrileño piensa en sus colegas de otras comunidades y sabe que la papeleta es muy parecida, por más que el impacto del virus haya sido salvaje en su comunidad. Y aunque a veces lo parezca, quizá no sea buen momento para enarbolar algo parecido a un nacionalismo madrileño. Victimismo vale, pero aquí estamos por la unidad de España y por la monarquía. Y por la libertad, claro.

La ministra Celaá tuvo que suavizar este jueves el texto que presentó el miércoles a las comunidades autónomas. Un documento formado por 14 puntos con conceptos bien intencionados y generales. Un poco como la carrera de Periodismo, en la que se toca de todo pero se profundiza en nada.

Insistió en aquello que toca ahora, la gobernanza de los líderes regionales. Como Estado autonómico que somos, y con las competencias intactas antes y durante el confinamiento, es hora de asumir la responsabilidad. Es tarea suya el reparto de los recursos que dará el Estado (2.000 millones de euros) y a qué los dedican. Le faltó rematar con un “que Dios reparta suerte, que yo ya he hecho lo mío”.

Cuando se promete un cargo, este lleva implícito comerse numerosos marrones. Por eso la pandemia obliga a los consejeros, de cualquier comunidad e ideología, a diseñar cómo será el curso que viene para los alumnos españoles, en centros educativos a los que ahora se añade el riesgo de un posible contagio. Son ellos, competencias mediante, quienes tienen el deber de tranquilizar a las familias y de haber empezado, si no a tomar medidas, al menos a pensarlas.

Han tenido tiempo desde mediados de marzo, con las casas convertidas en aulas a prueba de paciencia. Tienen tiempo hasta septiembre para hacer algo. Pero si el hospital de Ifema se hizo en 48 horas, qué no podrá hacerse en los dos meses y medio que quedan. En ese tiempo, dice el consejero madrileño, no se pueden “modificar los espacios en los centros educativos, y el gasto en el profesorado sería enorme”.

Una opinión que ahora debería importar poco, porque en el cargo va lo de garantizar la educación, esa que, según Fernando Savater, sirve para que los niños conozcan las alternativas a los prejuicios de sus padres.

A esa libertad sí que me apunto.

Ideas ligeras
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