Papá Juan Carlos: de superhéroe a carga

Qué duro debe ser para el marido de Letizia Ortiz Rocasolano pensar en su padre, superhéroe como lo son todos para sus hijos, convertido no solo en una carga sino en una decepción

Foto: Felipe VI y el rey Juan Carlos presiden la reunión de la Fundación Cotec. (EFE)
Felipe VI y el rey Juan Carlos presiden la reunión de la Fundación Cotec. (EFE)

Naces, creces y a veces te haces preguntas. No fue esa mi infancia, con más silencios que respuestas, aunque imagino que también pesó mi predisposición al conformismo, a aceptar las cosas como vienen, a no querer menear ningún árbol. Esa actitud, y prestar atención un rato, bastan para enterarte de cómo funciona el asunto.

Y la cosa va así. Hay un señor que manda mucho que es el presidente del Gobierno y al que se vota cada cierto tiempo. Luego vienen los alcaldes, los presidentes de la comunidad, que van aparte. Y luego está el Rey, un señor muy simpático al que hay que dar las gracias porque nos libró de Tejero.

No le vota nadie, supe después, pero tiene unos hijos muy rubios y muy guapos. Aunque no tanto como el torero José Miguel Arroyo ‘Joselito’ o el periodista Roberto Arce, que eran los dos candidatos favoritos de mi abuela para casarse con la menor de sus nietas.

Mi padre nunca mostró una querencia especial por la monarquía. Tampoco lo contrario. Lo recuerdo a diario con el 'ABC' en la mano, y esa virtud que agradezco de no darnos la chapa en demasía, salvo para contar chistes malos y anécdotas de bar. Mi padre pensaba que Juan Carlos I de Borbón tenía pinta de ser “un cachondo” en las distancias cortas y solo por eso ya le tenía simpatía. Luego, tras el 23-F, cuando lo veía en la tele, decía cosas poco sesudas pero bastante claras tipo: “Este tío vale, ¿eh? Estuvo fino ahí”.

En casa hablábamos muy poco de monarquía o república. Mi madre, de vez en cuando, volvía a recordarnos lo bien peinada que iba siempre la reina Sofía, mientras que a ella el cardado le duraba apenas un día. Entonces se prometía a sí misma que le diría a la peluquera que le ahuecara más el pelo el viernes siguiente, a ver si había más suerte.

Los bolos extramaritales de Juan Carlos I nos generaban pocos comentarios. Como si, en el fondo, mis padres y yo pensáramos que era algo inherente por ser rey, igual que lo era el que viviría siempre mucho mejor que nosotros. Y lo de Bárbara Rey era perfectamente comprensible. Pocas cosas peores que la vida itinerante y polvorienta de un circo.

Lástima que no los tenga ahora conmigo para comentar alguno de los últimos asuntos reales. Imagino a mi padre subiéndose por las paredes no tanto por las supuestas comisiones, chanchullos y rubias amantísimas, sino por lo de no declarar a Hacienda. Imagino a mi madre, con esa conclusión tan suya y de otras mujeres de su generación, lamentándose del eterno trato de favor a las que ella denominaba “querindongas”. Como si Sofía encajara en el papel de la esposa abnegada que siempre le lavó los calzoncillos al Borbón y no dejó de hacer las camas ni en agosto.

Hay un lamento común en todos los ancianos del mundo cuando empiezan los achaques. Es el temor a suponer una carga. A restar cuando hasta hace nada sumaban. Porque ser un problema para los tuyos (hijos, familiares, amigos) es un miedo mucho mayor que el propio envejecimiento.

Qué duro debe ser para el marido de Letizia Ortiz Rocasolano pensar en su padre, superhéroe como lo son todos los padres del mundo para sus hijos, convertido no solo en una carga sino en una decepción. Decía este jueves un artículo de este periódico que el exilio se valora como solución honrosa para el emérito. En la tertulia del bar, en cambio, apuestan por la asertividad: “El mejor favor que puede hacerle al hijo es morirse”.

El superhéroe se convirtió en una carga. Estuvo poco fino ahí, papá.

Ideas ligeras
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