Soltarse y aflojar

Fue un funeral para recordar que sigue habiendo un bicho que hace de las suyas. Que poco antes de la primavera nos encerramos en casa y tuvimos que contener las emociones que brotan ahora

Foto: Felipe VI (2i), la princesa de Asturias (2d), la jefa del servicio de Urgencias del Hospital Vall d'Hebron, Aroa López (i), y Hernando Calleja (d), hermano del periodista José María Calleja, en la ofrenda floral. (EFE)
Felipe VI (2i), la princesa de Asturias (2d), la jefa del servicio de Urgencias del Hospital Vall d'Hebron, Aroa López (i), y Hernando Calleja (d), hermano del periodista José María Calleja, en la ofrenda floral. (EFE)

Aroa López posó una rosa blanca junto al pebetero. Minutos antes, había hecho un discurso como portavoz de los sanitarios españoles al frente de la pandemia. Al verla, me fijé en el tirante de su sujetador, que asomaba desobediente por su brazo derecho. Ella sintió su tacto y lo colocó inmediatamente en su sitio, oculto tras su vestido. No recuerdo qué pasó después. Solo pensé que a veces está bien ser tirante de sujetador. Soltarte y aflojar. Dejar de jugar a que todo está bajo control, porque a la mínima brota. Y el miedo y el dolor aparecen, como el maldito tirante.

Esta mañana, mientras los periodistas esperábamos la llegada de las autoridades al funeral de Estado por las víctimas del covid-19, los perros paseaban por el césped recién regado de la plaza de Oriente y la policía controlaba que todo estuviera en su sitio. Me dio por pensar en el maravilloso amanecer que tienen los vecinos del Palacio Real, en lo difícil que es acertar con el estilismo en actos como este, en ese viento traicionero para cabelleras y vestidos vaporosos con el que este jueves despertó Madrid.

También en lo fácil que es contaminarlo todo y acudir, como fueron algunos, con pancartas y banderas de apoyo al Rey, con alguna cacerola para llamar "asesino" a Pablo Iglesias, con pancartas para reivindicar la independencia de Nissan. Qué innecesario. Qué irrespetuoso.

De repente, se me olvidó todo. Guardé el cuaderno y saqué el pañuelo. Y pensé en ella. En mi madre y en todos aquellos que estaban, esta mañana, llorando frente al televisor. Escuchando a Aroa López, escuchando la maravillosa música de Brahms, contemplando con orgullo a mi compañero Hernando Calleja como portavoz de los familiares de las víctimas. En los puntos que ganaría con mis padres si dijera que compartí redacción con él. Y luego, la voz de José Sacristán.

La llama encendida del pebetero del Palacio Real, en homenaje a las víctimas del coronavirus. (EFE)
La llama encendida del pebetero del Palacio Real, en homenaje a las víctimas del coronavirus. (EFE)

Fue un acto solemne. Fue un acto breve y maravilloso. Fue un funeral para recordar que sigue habiendo un bicho que hace de las suyas, que un poco antes del inicio oficial de la primavera nos encerramos en casa y tuvimos que contener las emociones. Esas que brotan ahora y que hacen que, por ejemplo, las consultas de los dermatólogos estén llenas de gente a la que se le cae el pelo a mechones.

Guardé el cuaderno y saqué el pañuelo. Y pensé en ella. En mi madre y en todos aquellos que estaban, esta mañana, llorando frente al televisor

Salieron los invitados, volvieron los aplausos, los vivas al Rey, algún que otro insulto al Gobierno. Los jefes de prensa anunciaron canutazos de los representantes políticos. Crucé la plaza de Oriente por donde había venido. Ya picaba el sol a eso de las 10 de la mañana. Las palomas hacían de las suyas en la estatua de Ramiro I de Asturias. Un señor vestido de deporte descansaba a la sombra y llamaba "guapa" a una urraca.

A veces está bien soltarse y que el luto asome. Mañana volverá a amanecer en Madrid un poco antes de las siete de la mañana.

Ideas ligeras
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