Un verano sin pena ni gloria

Puede que se esté perdiendo el mejor verano de su vida por comportarse como una adulta responsable. O quizás este sería un verano más, que pasaría sin pena ni gloria por su vida

Foto: Foto: Reuters.
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Hace años, cuando la portada de 'ABC' daba por iniciado el periodo estival, aquel ‘España en vacaciones’, la meseta echaba el cerrojo y huía a la costa en busca de brisa y humedad. Era entonces cuando muchachas como yo, con aspiraciones pero sin pueblo, vagábamos por el asfalto tosco y ardiente de la periferia madrileña, buscando un sitio climatizado y abierto en el que echar la tarde con otros perdedores.

Eran años y veranos sin playa y sin pretensiones, larguísimos y aburridos. Y así, tarde tras tarde entre billares y cerveza fría, esperábamos que llegara pronto septiembre, para volver a ver al muchacho que nos ignoraba seguir en las mismas.

Las vacaciones de Carmen se parecen un poco a las mías de entonces, solo que ella tiene Instagram y no arrastra los pies como hacía yo a su edad. Tiene 16 años, es alta y coqueta. Su cara proyecta baile, abrazo y jolgorio y le brillan mucho los ojos.

Su madre es igual, solo que con más años, los ojos azules y unos pocos centímetros menos. Mientras mezclo mi café con leche con los hielos del vaso, ella bebe Coca-Cola y mira con desgana el aperitivo que le han puesto. La misma desgana con la que desgrana su verano.

Un verano pandémico en el que pisará las mismas calles que pisé yo y en el que tendrá que zafarse como pueda de las tentaciones. Desechando las terrazas en las que todos están pegados, bailando o sin bailar, quitándose la mascarilla solo cuando sorbe Coca-Cola o lo que sea que beba cuando sus adultos no la ven. Descartando planes como ese viaje a Benidorm con una amiga del que cree que solo podría salir contagiada. “Madre mía, veo fotos y vídeos y… yo no sé cómo la gente sube esas cosas a las redes. Hay discotecas en las que dan al entrar una pegatina para que tapes la cámara del móvil”, explica.

Yo pongo cara de que no me sorprende, disimulando con ello los años que nos separan, pero me lo hace saber. “Hay una cosa que se lleva en los de mi edad, lo de las cachimbas”, dice. Eso, explica, le da muchísimo asco y reparo, compartir boquilla, por mucho que quiera y mate por sus colegas.

No tengo aún la confianza ganada como para decirle que, probablemente, para muchos de sus amigos será una rara. O eso que tanto acompaña a las mujeres, lo de la histeria. Que puede que se esté perdiendo el mejor verano de su vida por comportarse como una adulta responsable. O que quizás este sería un verano más, que pasaría sin pena ni gloria tanto por su vida como por la mía.

Puede que le influya haber pasado el confinamiento con una invitada en casa, su abuela de 80 años. Esa señora a la que ha intentado hacer reír cuando el ánimo se nublaba, a la que ha intentado corregir la postura para que se mantenga tan rubia como erguida, con la que ha jugado a la consola turnándose con su hermano Alberto, pocos años mayor que ella.

Un verano sin pena ni gloria

No quiero decirle que le quedan más veranos, distintos o iguales, y que no pasa nada. No quiero decirle que hace bien. Porque qué sabré yo, mujer caucásica, heterosexual, clase media y europea, si estoy cargada de privilegios. Quién soy yo para decirles a todas las Cármenes del mundo que el asfalto, con Instagram y sin calimocho, es menos drama. Quién soy yo para pedir que cierren las discotecas, para pedir a la generación de Carmen que deje de jugar a la ruleta del contagio.

No tanto por vuestros abuelos o vuestros padres, si yo a vuestra edad también los consideraba una losa para mis pasiones y mi libertad. Mejor sería que pensarais en el panorama que os espera, maltrecho en lo laboral y a saber en el resto. Mejor que actuéis como corresponde a vuestra edad, pensando en vosotros mismos. En el medio plazo, que está ahí, a la vuelta de la esquina. Tosco y ardiente como el asfalto de periferia en verano.

Ideas ligeras