El barrio, para quien lo sufre

El epicentro de los rebrotes, repleto de pisos pequeños llenos de gente, de parques con menos árboles que asfalto, esos sitios donde los estetas no encuentran refugio, está muy sobrevalorado

Foto: Un hombre pide limosna en la salida del metro de Puente de Vallecas, en Madrid. (EFE)
Un hombre pide limosna en la salida del metro de Puente de Vallecas, en Madrid. (EFE)
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Viernes, 14 de agosto de 2020. Tres chicas adolescentes esperan en la cola del Aldi próximo a la estación de tren de Santa Eugenia, en el barrio madrileño de Vallecas. Ombligo al aire, cierta desgana al andar y en el habla, algún que otro agujero de más en las orejas, altísimas coletas, ningún maquillaje salvo la raya del ojo. Llevan el móvil en una mano. En la otra, un paquete de donuts de oferta y una litrona. De leche con cacao. No quieren bolsa, pagan con las monedas que llevan en los bolsillos, se lavan las manos con gel, se van.

Cuando una sabe que una tarde de viernes de agosto no hay fiestas en el pueblo, no hay apartamento en la playa de San Juan, no hay casa en la sierra y en eso consisten las vacaciones. Cuando a una no le queda otra que llenar el estómago de chocolate y charlar con las amigas en el parque cercano a casa, mientras medio Instagram lo pasa de miedo en Ibiza. Entonces, reniegas del barrio.

Desprecias el feísmo, lamentas lo precario, maldices el código postal en el que pasas tus días y te prometes que, con un poco de suerte, intentarás dejarlo atrás en cuanto puedas.

Ese 14 de agosto, yo era la mujer que empujaba el carro de detrás, cargado hasta las topes, para llenar la nevera tras 13 días en la Provenza, aburguesada perdida, creyéndome Carolina de Mónaco. Haciendo la compra en un súper de Vallecas, pero con la mente aún instalada en el mercadillo de Saint-Remy-de-Provence, jugando a lo que no soy pero a lo que aspiro.

Desprecias el feísmo, lamentas lo precario, maldices el código postal en el que pasas tus días y te prometes que intentarás dejarlo atrás

Rescataba el otro día Jordi Évole el titular de una entrevista al grupo de música Parquesvr (homenaje a Parquesur, el centro comercial más conocido de Leganés y alrededores): “Solo idealiza el barrio a quien le va de puta madre y no sabe lo que es levantarse a las cinco de la mañana”.

La que escribe, que vivió días felices comiendo perdices en Getafe, culpa al conviviente de haberla arrastrado a las fauces de la capital una vez casados. Y no, fui yo. Harta de salir hora y media antes de casa, harta del paisaje de ida y vuelta de los dos Villaverdes, harta de ‘la fuente del coño’, en el centro de la plaza del ayuntamiento. Tan fea que fue así bautizada porque nadie sabía qué coño era eso cuando la inauguraron.

Y vivo ahora, con la herida de la orfandad aún por cerrar, buscando casa en mejor código postal. Buscando aceras más limpias, más metros cuadrados. Soñando con ser vecina de Iker Casillas y Sara Carbonero y compartir con ellos, que también son de barrio, el paseo del Pintor Rosales. Pero los parques de la infancia, Móstoles, Getafe u Orcasitas, mejor solo para un ratito.

El epicentro de los rebrotes del virus, repleto de pisos pequeños llenos de gente, de parques con menos árboles que asfalto, esos sitios donde los estetas no encuentran refugio, está muy sobrevalorado. Lo sabe bien quien ha pasado las tardes de agosto merendando bollería industrial. No lo sabía, por ejemplo, la diseñadora Ágatha Ruiz de la Prada, cuando dijo aquello de que echaba de menos Parla. Era la época en la que frecuentaba al dueño de Desguaces La Torre. Qué frenesí. Añorar Parla pero dormir en el dúplex de la Castellana.

Ideas ligeras
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