El PP se sube al Delorean

La bancada anclada en los ochenta ha decidido permanecer en el Delorean e interpreta las palabras del tribunal como la prueba irrefutable de que la moción de censura de 2018 carece de validez

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso. (EFE)
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En 1985, una generación de españoles hicimos la comunión y posamos para las fotos con cara de no haber roto un plato, mientras esperábamos que nos cayera un reloj como regalo para colgar nuestra colección de 'chinitos de la suerte'.

Eran años en los que se llevaban las cazadoras vaqueras con borrego, la música se vendía en cintas de casete y Felipe González se llevaba los votos de calle. Un año después, Herri Batasuna se registraba como partido político. Y es en esa época donde parece habérsele parado el reloj al Partido Popular.

No es el tono —apocalíptico, gritón, exagerado— lo que más destaca cuando se escuchan las intervenciones. Es la sensación de que a Pablo Casado y a sus compañeros de viaje les basta con mirar por el espejo retrovisor. Es lo decepcionante que resulta atender a un discurso que tenía validez hace dos o tres décadas, repleto de palabras a las que se les pasó la fecha de caducidad. Y pareciera que eso les basta. E incluso que se felicitan al acabar con otro clásico, el “presidente, has 'estao' cumbre” que se le atribuye al eternamente bronceado Javier Arenas.

Es decepcionante atender a un discurso que tenía validez hace dos o tres décadas, repleto de palabras a las que se les pasó la fecha de caducidad

Una espera más del principal partido de la oposición. También muchos ciudadanos, deseosos de conocer las propuestas para, en caso de volver a la Moncloa, resolver una crisis económica y social de la que costará demasiado salir. Pero pensar el futuro es mucho más complicado que remover el pasado.

La fórmula, piensan, es en el fondo sencilla. Se trata de volver a la batasunización como medida de todas las cosas. Regresar a la entrada de Barrionuevo y Vera en la cárcel de la mano de Felipe como reproche en la sesión de control al Gobierno. Una foto de 1995 rescatada por Teodoro García Egea. Es convertir la referencia a los ERE de Andalucía en un prodigio de contemporaneidad. Es simplemente agotador, de un conformismo atroz en la búsqueda de argumentario.

Decía Casado esta semana en el Congreso: "A mí no me va a presionar nadie". Y sonaba a reivindicación de un liderazgo que a muchos, a un lado y a otro del espectro ideológico, les resulta endeble. Y que se verá en el sentido del voto de la moción de censura de la semana que viene propuesta por Vox.

La frase la pronunciaba el mismo día que una sentencia del Tribunal Supremo confirmaba que su partido creó una “estructura de colaboración estable” con gente de poco fiar. El mismo día que este periódico publicaba que “los magistrados consideran probado que se creó en paralelo un auténtico y eficaz sistema de corrupción, a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública, autonómica y local”. Auténtico y eficaz sistema.

Pero no. La bancada anclada en los ochenta ha decidido permanecer en el Delorean e interpreta las palabras del tribunal como la prueba irrefutable de que la moción de censura de 2018 carece de validez. Que lo que hemos vivido estos dos años ha sido un espejismo. Como si no supiéramos, llegados a este tramo final de 2020, que a Pedro Sánchez le bastó con ver la oportunidad para lanzarse de cabeza. A eso le llamo yo tener la suerte de cara. A eso se llama en democracia tener los apoyos suficientes. A eso mi psicóloga diría: “Esa herida aún sigue abierta”.

Y encima vuelve Mariano Rajoy con un comunicado. Menos mal que íbamos a renovar el partido. Cumbre, presidente.

Ideas ligeras
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