En la burbuja o en el autobús

Me pregunto si en el fondo el problema es que cada cual, a su manera, ha diseñado una burbuja para evitar el contagio y de paso no escuchar lo que le importa, lo que le afecta y lo que leen los demás

Foto: Foto: Reuters.
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Paqui está esperando a que le laven el pelo. Mi cuello está a tres lavabos de distancia del suyo. Mientras se decide por un color de tinte para la próxima visita, la escucho hablar de la pandemia. Concretamente, del caos en los mensajes que transmiten a mujeres como ella y como yo, vulgares ciudadanas a la caza y captura del tinte en cuanto asoman las canas. No habla de política, no menciona el Congreso de los Diputados, da a entender que se informa a base de las alertas de YouTube que le saltan en el móvil.

A pesar de que nunca se acuesta sin echar un vistazo a las noticias, MariCarmen ha vivido en fase 1 desde que acabó el confinamiento. A veces me llama para confirmar si es cierto algo que ha leído por ahí, o un wasap que le ha llegado a su hija. A veces intuyo que confunde estado de alarma con confinamiento total. El otro día les hicieron a ella y a su marido una PCR en el polideportivo del pueblo. Salió negativa y se fueron a celebrarlo. Se comieron una perdiz escabechada en un restaurante cercano a los Montes de Toledo.

En la burbuja o en el autobús

El trayecto entre Madrid y San Sebastián de los Reyes da para novela. El taxista de esta semana repite la historia de otros, lamentando la falta de ingresos. Porque la noche está muerta, pero también el día. Habla de “la fiesta de los leones”. Nos piden responsabilidad, protesta, pero parece que a ellos esa palabra no les roza. Dice que como no le dejen irse al chalé, la lía. Mientras charlamos, Sanidad informa de los datos diarios. Otra vez demasiados. Contagios y muertes.

Me escribe María. Está en la cama por culpa de las migrañas ocasionadas por el bicho. Le dieron el alta la semana pasada pero tiene pruebas pendientes con el neurólogo y unos análisis por culpa de unos hormigueos. Sus hijos, también contagiados, han tenido síntomas leves. Aun así, no quiere quejarse porque hay casos mucho peores que el suyo. Me habla de otro conocido, ingresado en el hospital desde hace días, por culpa del virus, con un pronóstico preocupante.

Terminada la conversación, voy a una comida. Mientras intento abordar el primer plato sin mancharme, se me mezclan las frases de los asistentes. Constitución, votos, derecha e izquierda, extrema derecha y extrema izquierda, apellidos y dueños de esos apellidos a los que desconozco. También se habla de “la gente normal”. Rompo el silencio y digo que creo que eso de hablar de la gente normal es quizá pelín osado, porque hay muchos tipos de gentes normales. Luego animo a los asistentes a que cojan cualquier autobús de los que recorren el paseo de la Castellana y pongan la oreja.

Vuelvo a casa y en el camino me pregunto si en el fondo el problema es que cada cual, a su manera, ha diseñado una burbuja para evitar el contagio y de paso no escuchar lo que le importa, lo que le afecta y lo que leen los demás.

Horas después, escucho a Alfonso Fernández Mañueco anunciar el cierre perimetral de Castilla y León y me pregunto cuántos vecinos sabrán lo que significa. Me impacientan los rodeos de Emiliano García Page para decir lo mismo y de paso elogiar las murallas de Ávila.

Asisto, con la escasa capacidad de sorpresa que tengo en la reserva, a las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso. La que nunca pierde la oportunidad de ser nota discordante (como Pablo Echenique en Twitter), diciendo que la suya es una región castigada por el egoísmo —de los otros, claro—, lamentando la madrileñofobia y anunciando que le ha mandado una carta al presidente del Gobierno en la que solicita un cierre perimetral por días.

En la burbuja o en el autobús

A la mañana siguiente, nuestra presidenta decide seguir alimentando el personaje que se ha fabricado y por el que quiere ser recordada. El de la mujer que sola, sin la ayuda de nadie, hizo frente a las adversidades y se enfrentó al genio del mal que vive en el Palacio de la Moncloa, para defender las libertades en peligro de todos los madrileños y salvar nuestra cartera en vez de nuestra salud. Y decide cerrar los puentes y meternos de cabeza en un limbo jurídico.

Imagino el móvil de Paqui, alerta tras alerta. Imagino un autobús de la EMT con los de siempre. Y mientras, la segunda ola. Y mientras, la desesperanza.

Ideas ligeras
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