'Zalacaíners'

Con esa escalera rodeada de plantas que no sabías si te conducía a un restaurante o a una vivienda de la zona, estaba herido de muerte desde hace tiempo

Foto: Vista de la entrada del restaurante Zalacaín. (EFE)
Vista de la entrada del restaurante Zalacaín. (EFE)

Zalacaín pillaba algo a desmano, sumergido en una de esas calles residenciales de Madrid, entre escuelas de negocios, embajadas, puticlubs de lujo y viviendas de gente con muchos posibles. Nunca quiso estar de moda porque no lo necesitaba. Le bastaba con ser uno de esos sitios carísimos e ideales para pasar desapercibido o tramar algo clandestino. Un amorío, un espionaje industrial, un fichaje por la competencia. Una deslealtad, que dirían en 'Sálvame'.

Con esa escalera rodeada de plantas que no sabías si te conducía a un restaurante o a una vivienda de la zona, estaba herido de muerte desde hace tiempo. Con una reforma que no funcionó y que la pandemia se encargó de rematar.

Yo fui una sola vez en mi vida, con mis padres y mi abuela, que ya por entonces me parecía mayorcísima. Tenía unos 10 años, esa edad en la que ya sabes comportarte en un sitio de alfombra gorda, que era el medidor del lujo para mi madre, y aún no tienes la cara de decepción y hartazgo de vivir que se te pone en la adolescencia. Cuando el sumiller apareció para hacer la cata, yo pensé que nos iba a hipnotizar con el botafumeiro aquel que le colgaba del cuello.

Empezó esa edad en la que todos los sitios les parecían caros y hasta las raciones de esos sitios les parecían grandes. Cerró Jockey y nadie lloró ni se encadenó en sus puertas, como hizo Tita Thyssen con la tala de los árboles frente a su museo. Cerró Embassy y tampoco nadie lloró, porque una vez nos regalaron un roscón y madre sentenció: “Esto está seco como la mojama”.

Nunca quiso estar de moda porque no lo necesitaba. Le bastaba con ser uno de esos sitios carísimos e ideales para pasar desapercibido

Recuerdo entonces una recogida de firmas para preservar la supervivencia del local que, cuentan algunos, servía los mejores sándwiches de pepino del planeta. A mí me hizo gracia ese activismo, la verdad. Como también sonrío ante esa reivindicación de locales como Richelieu y un tipo de ocio tan de padres de la Transición en personas que apenas pasan de los 40. Como si se resistieran a admitir una verdad inevitable, esa de que vivimos peor que nuestros progenitores.

Leo y escucho con atención a los que lamentan los cierres. Unos porque desaparecen, para ellos y para todos, sitios emblemáticos de la ciudad. Otros, por los puestos de trabajo que se pierden en las mismas fechas en que Cáritas advierte de que una de cada tres personas que piden ayudas es la primera vez que lo hace.

'Zalacaíners'

Leo y escucho con menos atención a los que celebran el cierre, como si fueran este y otros locales iconos del capitalismo que tanto detestan. Una pataleta pueril, un “que se jodan los ricos”. Como si a los ricos les quitara el sueño. Como si no hubieran cambiado hace tiempo Zalacaín por Numa Pompilio o incluso Amazónico, ese sitio que sí pisó Cristiano Ronaldo durante su estancia en Madrid e inició la tendencia en hostelería tan contraria a sitios como Zalacaín. Ir a sitios para ser visto y compartirlo luego en redes sociales. Unos para molar, otros para ver si cenan gratis.

Leo y bostezo a la vez con el sentimentalismo impostado, la dictadura de las emociones. Plañideras hipócritas frente al cierre de una discoteca, Joy Eslava, que probablemente no pisaron nunca. “Joy Eslava, al igual que el antiguo Pachá, lleva intentando colocarlo Pedro Trapote desde hace años. No daba dinero”, me cuenta Abraham Rivera, el mejor periodista de bar que conozco, al que intuyo que estos aspavientos le espantan casi tanto como a mí.

En el fondo, todo esto lo resumía muy bien Julio Iglesias en 1969: “Unos que nacen, otros morirán; unos que ríen, otros llorarán”. La canción se llamaba 'La vida sigue igual'.

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