Vuelve el Rastro: más policía, menos aforo, ni rastro del alcalde

Han pasado más de ocho meses desde la última vez que abrió. Mientras, la ciudad se ha llenado de meninas y terrazas con estufas mientras uno de sus símbolos permanecía cerrado

Foto: Vista de la vía principal en el Rastro. (Reuters)
Vista de la vía principal en el Rastro. (Reuters)

“Mira, en la esquina de ahí mi madre se cayó embarazada de mí y tengo ya 49 años”. El de las casi cinco décadas se llama Jesús, va vestido de negro y luce una mascarilla de tela con logos de Louis Vuitton. Es uno de esos gitanos con clase que llenan el Rastro madrileño cada domingo y que despacha con toda la gracia del mundo con los transeúntes.

¿Este cómo se llama? ¿No es Robert de Niro?”, le dice a José, otro gaditano con pellizco y vecino del barrio. Lo que le enseña es una placa metálica con fotos de la película ‘Scarface’. “No, quillo, este se llama Al Pacino”. “Pero Al Pacino es en la película, ¿en realidad, cómo es?”, le dice. “Si le ves por aquí tú llámale Al y ya verás cómo te hace caso”, le dice José.

Es hoy uno de esos domingos madrileños con el cielo claro y con el sol contenido. Un clima idóneo para la vuelta de uno de los emblemas de la capital. A primera hora había más policías y periodistas que clientes. Unos controlando el aforo, otros en busca de la foto del día.

Ha llovido demasiado desde que dejaron que colocar los puestos allá por principios de marzo. Ha habido 28 manifestaciones de comerciantes cuyo modo de vida dependía en exclusividad, o casi, de lo que facturaran cada domingo con su puesto. “¿Qué cómo lo hemos vivido? Pues llorando”, explica Jesús, cuyos abuelos y madres vendían antigüedades, queso y miel. “Hasta carne y pescado he visto yo por aquí. No veas qué merluzas”, explica desde su puesto de la calle de Mira el Río Baja, donde además de Scarface vende marcos para cuadros doradísimos y repujados. También enormes vasijas de cristal para guardar vino que “ahora quieren como floreros”.

El Rastro madrileño es uno de esos sitios donde uno puede encontrar cualquier cosa, pero nunca se vuelve a casa sin autoestima. “Guapa, acércate, que es la única forma de verlo”. “Cariño, hemos vuelto con rebajas, una manta fular por tres euros”. “Guapas, pasen y vean. Todo algodón. Todo calidad”. Hay lo de siempre y también otras cosas. Hay mascarillas y hay Baby Yodas por todas partes y en todos los formatos. Hay camisetas de Hazard, hay barquillos de chocolate, abrigos de piel y sardinas asadas.

Los de siempre siguen al frente de las antigüedades. José Tomás Orgaz luce sus mejores galas a la entrada de la tienda de Miguel Arcas. Hay muebles majestuosos, lámparas gigantescas, y aforo de clientes. Lamenta lo que ha sucedido con los puestos todos estos meses porque ellos han permanecido abiertos. “Imagínate, ahora abriendo un domingo sí y otro no. Al que le toque a primeros de mes fenomenal, pero a finales, con la gente sin dinero, no sé yo”, explica.
Señala la tienda de al lado, que aún no ha abierto. Es la de un tal Valentín, especialista en camas. En la planta de arriba está el negocio de Tomás Pérez. “Esos son muy mayores, compraron hace mucho un cuadro que acabaron vendiendo a la National Gallery, y con lo que ganaron lo invirtieron en bingos. Lástima que a estas horas esté cerrado”, cuenta.

En los puestos hay prudencia y carteles que recuerdan que están en un lugar seguro. Ninguno está en el espacio de siempre, pero es cuestión de acostumbrarse, dicen. Han sido muchos meses tirando de ahorros y pidiendo dinero a familiares.

A media mañana, la cosa se tensa un poco. La policía impide el acceso del público a un tramo de la Ribera de Curtidores. Algunos protestan. Otros se lo toman a guasa y piden la vez como en el mercado. “¡Si está la calle vacía! ¡Esto es una vergüenza!”, lamenta un señor, que se da la media vuelta y abandona la zona haciendo aspavientos.

En la plaza de Cascorro, junto a la estatua de Eloy Gonzalo, Mayka Torralbo empuña el micrófono. Es portavoz de una de las asociaciones que ha peleado todos estos meses por una reapertura segura del Rastro. La rodean otros comerciantes con pancartas contra el Ayuntamiento de Madrid y que reivindican los derechos de los comerciantes. Entre el público, dos caras conocidas. Marta Higueras, de Mas Madrid, y Juan Carlos Monedero, de Juan Carlos Monedero, que aplaude con dificultad porque lleva dos libros en la mano. Torralbo agradece a la oposición en apoyo recibido todo este tiempo y acusa al gobierno municipal de improvisación con las medidas de seguridad establecidas para la vuelta.

Cerca, un barquillero vestido con el uniforme de castizo ofrece la mercancía y se lava las manos con gel hidroalcohólico. A unos metros, en un puesto se venden sábanas del Pirineo por 12 euros y un anciano ofrece navajas y relojes antiguos. Permite el pago con tarjeta de crédito y con Bizum.

En la calle de Carnero está el puesto de Antonio Muñoz. Está apostado en la puerta y viste abrigo de tweed y chistera. Lleva cuatro años con su tienda ‘Carnero Street’, de antigüedades y decoración. Es sevillano y ha trabajado como funcionario. “Esto no me da dinero, pero tampoco lo pierdo”, explica. Su tienda es puro barroco, y cuenta que casi siempre huele a incienso. “Lo traigo de Sevilla, de los Tres Reyes”, dice orgulloso, posando junto a una lámpara marroquí y un bolso de Loewe que cuesta 350 euros. Suena de fondo Rod Stewart.

Han pasado más de ocho meses desde la última vez que abrió el Rastro. Mientras, la ciudad se ha llenado de meninas y terrazas con estufas mientras uno de sus símbolos permanecía cerrado. Hoy, el alcalde y la vicelcaldesa estaban en la manifestación contra la ley Celáa. Hace años, Esperanza Aguirre y Ana Botella acudieron a inaugurar el Mercadona del centro comercial ABC Serrano. Qué cosas.

Ideas ligeras
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