Residencias: el infierno que fue, invisible nueve meses después
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Ángeles Caballero

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Residencias: el infierno que fue, invisible nueve meses después

En estos meses de pandemia, a los profesionales que trabajan en residencias se les ha escuchado poco y se les ha demonizado mucho

Foto: Una trabajadora sanitaria, con el equipo de protección personal, en el interior de la residencia de mayores Nosa Señora dos Milagres, de Barbadás. (EFE)
Una trabajadora sanitaria, con el equipo de protección personal, en el interior de la residencia de mayores Nosa Señora dos Milagres, de Barbadás. (EFE)

Los mayores seguiremos estando después del covid. Pero parece que ahora se nos han olvidado”. A Pilar se le quiebra la voz mientras pronuncia estas palabras delante de la prensa. Se le mezcla la emoción con cierta rabia. Esa que también desprende porque cree que en estos meses de pandemia a los profesionales que trabajan en residencias se les ha escuchado poco y se les ha demonizado mucho. “Nosotros también hemos salvado vidas, y en la mayoría de los casos nos hemos sentido cuestionados y rechazados”, explica.

Mientras habla y los periodistas tomamos notas, me acuerdo de los balcones, las ventanas y los aplausos a las ocho. También de que el mundo está lleno de hijos de puta.

“Nosotros también hemos salvado vidas, y en la mayoría de los casos nos hemos sentido cuestionados y rechazados”, explica Pilar Ramos

Entre ellos, algunos profesionales sanitarios, de hospitales y residencias, a los que dirigimos esos aplausos esa maldita primavera. Y estuvo bien que así fuera. Les estaban salvando la vida, nos estaban salvando la vida, mientras muchos de nosotros luchábamos por un wifi más rápido y una tarde sin que los niños dieran la lata. Mientras deseábamos tener cualquier salvoconducto para pisar la calle, olvidar el miedo y mantener lo más lejos posible el infierno.

A la que escribe se lo fueron retransmitiendo por teléfono. Primero fue un “tiene síntomas”. Luego fue un “está bastante dormidita”. Luego fueron los 40 de fiebre, la pérdida de consciencia. Luego fue un “tranquila, que no la vamos a dejar sola”. Luego fue un “ha fallecido esta noche, entre las tres y las cuatro”. Una miniserie que duró cuatro capítulos.

Pilar Ramos es presidenta de Amade, la Asociación Madrileña de Atención a la Dependencia. No oculta, aunque no pronuncie la palabra, que el olvido de los mayores, “esos que solo tienen años”, se llama edadismo. Que los que han llegado, llegan y llegarán a las residencias lo hacen cuando no queda más remedio, y casi siempre con niveles de vulnerabilidad y dependencia muy altos.

Necesitábamos que se nos escuchara”, insiste. Y da paso a un vídeo. Un vídeo que apenas dura cinco minutos en el que han participado 30 profesionales de cinco centros. Poco más de 300 segundos en que hablan ellos, los habitantes del infierno. Residentes, trabajadores y familiares.

Hay palabras que se repiten y que remiten a esos dos meses de marzo y abril. “Desbordamiento”, “impotencia”, el dolor sentido al ver a los ancianos “todo el día metidos en su habitación”, lo traumático que resultó tener que clasificarlos por nivel de deterioro cognitivo. “Tuvimos que ejercer de familia”. “La funeraria no daba abasto”. “Hemos llorado mucho”. “Ellos han sido mis besos, los abrazos, los ojos y las manos”, dice un huérfano de madre delante de un deslumbrante árbol de Navidad.

Termina la rueda de prensa, se guardan los pañuelos y asoma otra verdad. La del material inédito, ese que no sale en el vídeo. Y que ojalá salga. Ese que revela la ira más profunda del infierno que se vivió dentro, las secuelas, los traumas que siguen. Las taras del cuerpo y del alma. “Se han hecho llamadas a familiares para que vayan a las residencias y se han negado”, cuenta una de las responsables del vídeo.

Estimado lector, entendería su hartazgo por volver a recordarle y removerle las semanas con casi 1.000 muertos al día, los muchos que sigue habiendo ahora. Pero puede que usted y yo, tan enfadados porque estas navidades no podemos ir de excursión a tomar cochinillo, acabemos en una residencia. Esos lugares invisibles, todavía, nueve meses después.

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