Ministras y directivas: diálogo de sordas
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Ángeles Caballero

Ideas ligeras

Ministras y directivas: diálogo de sordas

La idea de juntarlas es buena. Lo malo es acabar con la idea de siempre: que unas y otras se dirigen solo a su parroquia

placeholder Foto: La ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, interviene en la inauguración de una nueva edición de Forbes Power Summit Women 2021. (EP)
La ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, interviene en la inauguración de una nueva edición de Forbes Power Summit Women 2021. (EP)

Desconozco cuántas directivas y empresarias en España escucharán con atención un discurso de la ministra de Igualdad. Si tomarán nota, se sentirán señaladas o atendidas. Y lo mismo aplicado a los señores, a los que estos asuntos atañen tanto como a nosotras.

Desconozco también la escena contraria. Si Irene Montero habrá eliminado prejuicios que traía de casa o habrá consolidado la percepción y las etiquetas con las que llegó al Consejo de Ministros.

Por eso, la idea de juntarlas es buena. Lo malo es acabar con la idea de siempre: que unas y otras se dirigen solo a su parroquia. “Tengo la sensación de que no llegamos a todas las mujeres”, ha dicho este jueves por la mañana Montero. Un político que dice la verdad. Pidan un deseo.

Foto: El teletrabajo, alternativa laboral en tiempos de pandemia. (EFE)

Este jueves, la revista 'Forbes' organizó un encuentro para hablar de mujeres. Señoras con cargos de relevancia en empresas y en instituciones. Que hablaron de las dificultades para dirigir en pandemia, mientras el niño asoma por la pantalla para hacer reír a los presentes en la reunión de Zoom.

Mujeres que utilizan el mismo puñado de las mismas palabras que sus colegas varones con escasas variaciones. Dicen “poner en valor”, “competencias”, “talento”, “intraemprendimiento”, “liderazgo”, “motivación” y “resiliencia”, que es un poco el ‘ajo y agua’ de los que caen en blandito.

Siempre he pensado que son directivos/as que hablan para otros colegas, no para el resto. De los que se creen firmemente los principios y los eslóganes de la multinacional para la que trabajan —la “papilla argumental”, que diría Cayetana Álvarez de Toledo— y celebran jocosos que el compromiso de los empleados, lejos de decaer con el confinamiento, aumentó una barbaridad. Eso dicen, al menos, los que antes eran Recursos Humanos, luego fueron Human Resources y ahora son Talento.

Pertenecen a empresas que son, por tamaño y condición, apenas un puñado. Porque vivimos en un país de microempresas, de bares, peluquerías y gestorías, a los que todo esto les suena a chino y a los que nadie organiza una jornada. Entre otras cosas, porque no son de los que dicen “implantar” en una de cada tres fases y carecen de tiempo para dedicarlo al 'networking'.

Esta mañana pasaron por el mismo atril la ministra de Trabajo y la de Igualdad. Vestida de blanco, con dos trenzas laterales, brazos al aire y una tirita en la muñeca izquierda, Yolanda Díaz cruzó mucho las manos mientras leía el discurso que traía preparado.

Foto: Mujeres trabajando. (EFE)

Fue la suya una intervención que habría firmado en un 85% Fátima Báñez, porque dudo que la exministra hubiera tuteado a los presentes y hubiera citado a la poeta Adrienne Rich como sí hizo la gallega. Díaz habló de las bondades económicas y sociales que conllevan la perspectiva de género y la diversidad en el mercado laboral. De políticas de igualdad, de transparencia retributiva y de transversalidad. De cómo importa el lenguaje, cómo nos nombramos y nos identificamos. “Un lenguaje que es la antítesis del silencio que quiere imponer la sociedad machista”, explicó. Ahí, aclaró, la van a encontrar.

La ministra de Trabajo es de esas personas que pueden estar echándote la bronca de tu vida sin que lo parezca. Calentó el ambiente con los últimos párrafos del último folio. Se dirigió a las empresas y a sus líderes. Les pidió inclusión, empatía y corresponsabilidad y “vencer inercias atávicas”, como que el deseo de poder de una mujer se considere una amenaza. Sonrió, dio las gracias y se puso la mascarilla, a juego con el vestido. Pagaría por saber lo que dice y cómo lo dice cuando negocia con sindicatos y patronal, no por esto.

Irene Montero cerró la jornada con un discurso que sonó a lo de siempre. Citó a Simone de Beauvoir, recordó las enormes barreras a las que nos enfrentamos las mujeres por el mero hecho de serlo, destacó cómo la pandemia ha destapado una crisis estructural de los cuidados en España. Se refirió a esos cuidados no solo como tarea a la que hacer frente desde el sector público y el privado, sino a las posibilidades de negocio que implican.

“No quiero sonar autocomplaciente. Siento que no llegamos a todas las mujeres”, afirmó. Mientras hablaba, las comparecientes anteriores puede que ya estuvieran revisando el correo en sus teléfonos móviles. Y el resto, en el trabajo o empezando a preparar la comida.

Ese es el problema. Que escuchan las de siempre. Las otras, simplemente, ni se enteran.

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