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Por qué Irene Montero no lleva un Louis Vuitton (y debería)
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Ángeles Caballero

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Por qué Irene Montero no lleva un Louis Vuitton (y debería)

Se ha hablado y escrito mucho sobre moda e ideología. Se ha hablado menos, creo, de la demagogia que proyecta quien se pone a la defensiva

Foto: La ministra de Igualdad, Irene Montero, comparece ante la Comisión de Igualdad. (EFE)
La ministra de Igualdad, Irene Montero, comparece ante la Comisión de Igualdad. (EFE)

Un bolso es una cosa muy seria. Más aún en España, el único país del planeta que fue gobernado por uno durante una sobremesa de junio de 2018 que se fue de madre. El bolso aquel, propiedad de Soraya Sáenz de Santamaría, era enorme, de esos en los que una mete la vida entera antes de salir de casa por si el día, como fue ese, se alarga. Ya de antes me fijaba en los bolsos ajenos no como un síntoma de buen o mal gusto, sino como una declaración de intenciones.

Cuando murió mi abuela Julia, hace 10 años, mi madre me dio como herencia un sobre con 800 euros y la alianza que estrenó el día que se casó con mi abuelo Gregorio. Con ese dinero me compré un bolso que aún conservo. Es suave, envejece mejor que Brad Pitt y cuando tengo algún problema con la bandolera, acudo a la tienda, me tratan como a alguien importante, lo mandan a Italia y me lo devuelven como nuevo sin pasar por caja. El hedonismo, nos guste o no, es un refugio acogedor, calentito, alejado de la desgracia.

Un bolso de Louis Vuitton es incompatible con una mujer de Unidas Podemos, que nunca osaría gastarse un dineral en un objeto así

Esta semana, compareció Irene Montero en la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados. A su derecha posaba dichoso un bolso de Louis Vuitton. El modelo Monogram, para ser más exactos. Un bolso bueno, no barato, de los más imitados, de los de dejarse dos ceros como poco. Otra declaración de intenciones.

Repleto de logos, incapaz de pasar desapercibido. Incompatible con una mujer de Unidas Podemos, que nunca osaría gastarse un dineral en un objeto así, de una marca de lujo, perteneciente a un conglomerado francés, puro oligopolio con olor a poder. Irene Montero no. No porque no pueda, sino porque no quiere.

El asunto generó cierta polémica. En redes sociales, aclaro, tampoco nos pasemos. Los fabricantes de bulos pusieron en marcha el ventilador porque sin minuto de gloria no saben vivir. Sus seguidores, davidianos sin contención y reposo alguno, acudieron a su llamada. Luego se supo que el bolso era de Carmen Calvo. Pero ya era tarde, como casi siempre.

En España, la industria de la piel tiene tres epicentros. La Rioja para la pequeña marroquinería, Elda para el calzado, Ubrique para bolsos y otro tipo de complementos. De la sierra de Grazalema salen los bolsos de Louis Vuitton, Chanel, Dior y Nina Ricci. También de Commes de Garçons, entre otras marcas. Objetos de deseo incompatibles con esos mismos a los que les preocupa la justicia social, la precariedad, las desigualdades, la pobreza infantil, el acceso a la vivienda.

Francia, Italia y Japón son los principales destinos de nuestras exportaciones, según los datos de la Asociación Española de Fabricantes de Marroquinería, un sector que genera más de 16.000 empleos directos y más de 8.500 indirectos. Solo los bolsos, un objeto cuya fabricación requiere la toma de 90 decisiones, generaron en España un negocio de casi 1.900 millones de euros. Ya hemos dicho que un bolso es una cosa muy seria.

Se ha hablado y escrito mucho sobre moda e ideología. Se ha hablado menos, creo, de la demagogia que proyecta quien se pone a la defensiva. Porque lo estúpido y cansino no es que se critique a una mujer de izquierdas por llevar un bolso de lujo, porque es todo eso y más.

Lo que me pasma es que la respuesta del equipo que acompaña a la ministra es posar ante una cámara, altaneras, con los bolsos que llevan

Lo sorprendente, lo que me pasma, es que la respuesta del equipo que acompaña a la ministra en la cartera de Igualdad es posar ante una cámara, altaneras, preciosas y orgullosas como La Bikina, con los bolsos que llevan. Una especie de “somos diferentes, no como las demás”, un ejercicio de incoherencia pasmosa.

Porque la verdadera izquierda que dice abanderar Unidas Podemos defiende las condiciones laborales dignas y la trazabilidad de un producto que jamás tendrá un bolso de apenas un puñado de euros, fabricado en condiciones poco sostenibles desde cualquier punto de vista.

La verdadera izquierda defiende las condiciones laborales dignas y la trazabilidad de un producto que jamás tendrá un bolso de unos euros

¿Es esta una defensa a ultranza y sin matices de la industria del lujo? No, porque basta con leer ‘Deluxe, cuando el lujo perdió su esplendor’, el libro de la periodista americana Dana Thomas en el que desgrana las sombras de una industria millonaria y muchas veces tramposa. Pero es aún más interesante leer otro libro más reciente de la misma autora, ‘Fashionopolis’, para comprobar que el actual modelo de consumo, voraz, barato, sin medida, nos aboca a la pobreza y a la precariedad.

Por eso creo que el asunto, más allá del gag y el tuit, merece una reflexión algo más pausada y que nos hagamos algunas preguntas. Por ejemplo, ¿es de izquierdas comprarse un bolso de 20 euros o un 'pack' de calcetines por cinco?

Un bolso es una cosa muy seria. Más aún en España, el único país del planeta que fue gobernado por uno durante una sobremesa de junio de 2018 que se fue de madre. El bolso aquel, propiedad de Soraya Sáenz de Santamaría, era enorme, de esos en los que una mete la vida entera antes de salir de casa por si el día, como fue ese, se alarga. Ya de antes me fijaba en los bolsos ajenos no como un síntoma de buen o mal gusto, sino como una declaración de intenciones.

Irene Montero
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