Cuando el machismo empieza con la sábana bajera
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Ángeles Caballero

Ideas ligeras

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Cuando el machismo empieza con la sábana bajera

El machismo sigue tan palpable como lo son las camas por hacer, los dientes por lavar, la comida por descongelar, los hijos por (bien)educar

Foto: Unas personas sostienen una pancarta durante una protesta para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en Madrid. (Reuters/Juan Medina)
Unas personas sostienen una pancarta durante una protesta para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en Madrid. (Reuters/Juan Medina)

Viernes 26 de noviembre. Amanece, huele a café y a cerrado. Ella abre la ventana para que se oreen el cuarto y las sábanas. Al salir, advierte al hijo: “No hagas la cama, no recojas, ya lo hará la hermana”. Él acatará órdenes por interés. Su igual verá que no es tal y aunque refunfuñe, se entregará a la noble tarea de quitar las arrugas a la sábana bajera de la cama de su hermano. Así un día, y otro. Bienvenidos al matriarcado machista de muchas casas de España.

¿O acaso pensaban que eso tocaba solo este jueves por ser 25-N? Porque hoy el machismo sigue tan palpable como lo son las camas por hacer, los dientes por lavar, la comida por descongelar, los hijos por (bien)educar.

Ana Saavedra estuvo a punto de morir a manos de su marido y el padre de su hija hace 20 años. Como superviviente, sigue poniéndose de mal humor cada vez que escucha una frase que parece inamovible: “Algo haría”. Se retuerce mientras lo cuenta y pone el foco en algunas mujeres que parecen olvidadas. Las mujeres rurales, Esas que viven en el 84,1% del territorio español en el que solo vive el 16% de la población española.

Son las que más callan, las que aguantan, las que crecieron en familias patriarcales, conocieron a señores de otras familias patriarcales y educan como lo que han vivido. No hagas la cama, dicen. Y así pasan los días sin decir una palabra. Porque la violencia machista se oculta mejor en la aldea.

Supervivientes de la violencia de género

Seis de cada 10 mujeres que viven en el medio rural conocen a alguna que sufre o ha sufrido violencia de género, según un informe de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género en colaboración con la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), realizado en municipios de menos de 20.000 habitantes de las siete comunidades con mayor porcentaje de población rural.

Una de cada tres tiene una percepción desajustada de lo que es este tipo de violencia, bien porque no considera que este fenómeno está relacionado con el hecho de ser mujer, o bien porque piensa que es un problema de pareja perteneciente al ámbito de lo privado. Los trapos sucios, ya saben, se lavan mejor en casa. El 8,1% dice que no dispone de ningún medio de transporte a su alcance que las acerque al centro de salud o al hospital de referencia.

70.000 mujeres que sufren malos tratos tienen algún tipo de protección policial

El campo es el refugio ideal para el maltrato. Plagado de municipios pequeños. Cuanto más pequeños, más envejecidos. Cuanto más pequeños, más masculinizados. Ocho años y ocho meses es la media que tarda una mujer en denunciar maltrato en España. La mujer rural, dicen los estudios, lleva una media de 20 años conviviendo con su verdugo. Ese del que depende económicamente y de muchas otras maneras.

“Ellas no conducen y son ellos los que las llevan al médico, los que entran en la consulta. No hay líneas de autobuses suficientes y les siguen diciendo eso de 'si te casaste, aguanta”, explica Saavedra, que lleva 12 años al frente de la Asociación Mirabal y atiende a vecinas como ella, de Betanzos, para que no estén solas.

Miles de personas se concentran en Madrid contra la violencia de género

Las acompaña donde sea, a poner un parte de lesiones, a la consulta. Y siempre es lo mismo. “Me dicen que los golpes se pasan, pero lo que temen es qué será de ellas si pierden su casa, o si les quitan a los niños, por eso no denuncian”, dice.

"Me dicen que los golpes se pasan, pero lo que temen es qué será de ellas si pierden su casa, o si les quitan a los niños, por eso no denuncian"

Por eso advierte de que la mejor manera de llegar a ellas es a través de los hijos. Saavedra se pasa la vida de colegio en colegio, de instituto en instituto. “En muchas ocasiones, ellas tienen mermada la capacidad de discernir. Les dijeron muchas veces que están locas, y si fueron a los servicios sociales o al ayuntamiento a contar su caso, es probable que quien les atienda sea pariente de su maltratador. Por eso hay que ir a las aulas y decirles a los niños cómo pueden ayudar a sus madres, animarlas a que hablen, a que paren con ese dolor”, explica.

Foto: Sánchez e Irene Montero a las puertas del Ministerio de Igualdad. (EFE/Emilio Naranjo)

Saavedra, al igual que otros estudios, manifiesta cierta desazón ante la actitud de las nuevas generaciones. Somos padres analógicos de hijos digitales, dice. “Si una niña manda una foto subida de tono a un chico y este hace un mal uso de esa imagen, amenaza con compartirla, a ella le dará pudor denunciarlo porque eso implicará contárselo a sus padres”, explica. Es entonces cuando aparecen la bulimia, el bajo rendimiento académico. “Hay más niñas en tratamiento psicológico y psiquiátrico que poniendo una denuncia”, afirma.

Tanto es así, que ha decidido cambiar el verbo 'denunciar' por 'manifestar'. “Hablar de denuncia las bloquea, lo temen, así que les digo: venga, vamos a manifestar lo que te ha pasado. Parece que es solo una palabra más, pero no. Lo que decimos importa”, dice.

Este sábado habrá que volver a orear los cuartos y a hacer las camas. Y pocas cosas más fáciles que colocar una sábana bajera.

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