Puede ser el momento de la Gran Coalición

A principios del pasado mes de mayo, los 19 empresarios más influyentes de España, la flor y nata del IBEX 35, se reunieron con el presidente

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (d), con el líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (d), con el líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. (EFE)

A principios del pasado mes de mayo, los 19 empresarios más influyentes de España, la flor y nata del IBEX 35, se reunieron con el presidente del Gobierno en el Palacio de la Moncloa. Sólo Mariano Rajoy y los allí convocados conocen con certeza sobre qué se habló. Ahora bien, un eco de esta reunión lo podemos encontrar en las declaraciones que efectuó Elena Valenciano semanas más tarde, en plena campaña al Parlamento Europeo. Valenciano aseguró que era “imposible” un Gobierno de coalición entre PP y PSOE por mucho que así lo quisieran las 19 corbatas.

La frase de Elena Valenciano, más que una meditada afirmación, se puede atribuir al fragor electoral. El PSOE, que ya podía intuir los posteriores resultados de las europeas y, por lo tanto, estaba temeroso de perder votos por la izquierda, hizo campaña tratando de galvanizar a estos votantes. Sin embargo, la idea de la Gran Coalición tiene eco, y no sólo en el IBEX 35, sino dentro del mismo PSOE. Recordemos las recientes declaraciones de Felipe González durante una entrevista con la periodista Ana Pastor en laSexta. El expresidente del Gobierno aseguró entonces que “si el país lo necesita”, PSOE  y PP, siguiendo el ejemplo alemán, “deben hacer” un pacto de Gobierno.

¿Por qué deberían hacerlo? Por la situación de la economía. Aunque a escala macro está mejorando de forma sensible, se necesita mantener el rumbo de las reformas –la mayoría de ellas, dictada desde Bruselas– para que esta mejora económica se note a escala micro. Y todas las proyecciones electorales indican que ni PP ni PSOE obtendrían un respaldo mayoritario en las próximas elecciones generales. Si los populares no pueden gobernar solos, necesitarán buscar alianzas, y la vieja bisagra –CIU–, tras su giro hacia el nacionalismo radical, ya no abre la puerta de la mayoría parlamentaria. El PSOE podría plantearse ser el eje central de un nuevo “frente popular”, de una gran coalición de partidos de izquierdas. Pero, tal y como le sucede a los convergentes en Cataluña con ERC, este frente, lejos de aumentar el voto socialista, a la larga acabaría por erosionar aún más su campo.

En Intención de Voto queremos analizar la propuesta de una gran coalición de Gobierno PP/PSOE. El antecedente de un pacto entre las dos grandes fuerzas políticas españolas, si bien de rango menor, lo acabamos de ver durante los trámites de abdicación del anterior Rey o, en 2011, con la reforma exprés de la Constitución. En cuanto a los pactos de mayor alcance, estos son muy poco frecuentes en la tradición política española. Habría que remontarse hasta 1921, durante el periodo final de la Restauración. Entonces, ante las evidentes muestras de agotamiento del régimen, el rey Alfonso XIII apoyó la entrada de Francisco Cambó, de la Lliga Catalana, como ministro de Hacienda en el Gobierno del conservador Antonio Maura.

Sin embargo, esta clase de pactos son frecuentes fuera de nuestras fronteras. En los Estados Unidos, la democracia más sólida y antigua de Occidente, a finales del siglo XVIII tuvieron la visión política de que el Ejecutivo debería de ser independiente del Legislativo a la hora de gobernar, pero, fieles en todo momento a la idea de los checks and balances, el Ejecutivo dependería del Legislativo a la hora de configurar su Gobierno. Así, en los Estados Unidos el Senado debe aprobar por mayoría, y uno a uno, a todos los miembros del gabinete que el presidente de la República Federal quiera nombrar. Pero como la conformación de las Cámaras no sigue los mismos criterios que en España, en América puede ocurrir que la mayoría del Senado sea del partido opuesto al del presidente electo. Con el objetivo de poder nombrar a sus secretarios –el equivalente norteamericano de los ministros-, el presidente, si se encuentra en este brete, primero, nunca propone a candidatos que sabe que van a ser rechazados de plano y, segundo, tantea a cada senador para ver de dónde saca los apoyos necesarios.

Este sistema, sin embargo, no está exento de lagunas: son los famosos shutdowns, es decir, cuando el presidente, ante el bloqueo de la Cámara de Representantes, no puede aprobar el presupuesto de Gobierno para el próximo año. Desde 1980 ha habido doce shutdowns, pero ninguno de más de cinco días hasta que, en 1995, el presidente Clinton tuvo dos: el primero fue de amenaza y el segundo, un mes más tarde, fue de desacuerdo, duró 21 días y ha marcado el record de duración hasta la fecha. En 2013 el presidente Obama se enfrentó a otro de 16 días. En lo que dura este “apagón” presupuestario, el Gobierno de los Estados Unidos sólo presta servicios básicos –para los que siempre tiene fondos–, mientras busca convencer a los congresistas para que el dinero de los ciudadanos, vía impuestos, se destine a los gastos que el Ejecutivo desea.

El caso es que cuando no hay consenso y se produce un shutdown, el cerrojazo pasa factura a todos; en primer lugar, al `presidente, que es la figura más identificable del colapso. Esto le pasó a Clinton, que vio cómo su popularidad se desplomó –algo que no le sucedió ni en pleno revuelo por el caso Lewinsky, impeachment incluido–, debido a su incapacidad para llegar a acuerdos. 

La causa del shutdown de Obama en 2013 fue su plan sanitario, el Obamacare, que ya llevaba arrastrando tres años de dimes y diretes. En aquel momento, también se vio seriamente castigada la popularidad de Obama, aunque hay que señalar que, en realidad, como presidente nunca ha gozado de una popularidad muy alta. En cambio, en las dos ocasiones en las que ha concurrido como candidato, su popularidad sí que ha sido muy alta, lo que trajo de cabeza a los republicanos.  

¿Y cuál es la experiencia de Gobiernos de gran coalición en Europa? Fijémonos en el caso de Alemania, señalado como referente por Felipe González. La CDU de Angela Merkel, en las elecciones generales alemanas de 2005, obtuvo 226 diputados. Fue la primera fuerza política, si bien descendió en número de escaños. El SPD de Gerhard Schröder también bajó en número de escaños, quedando como segunda fuerza política con 222 diputados. Los liberales subieron a 61 diputados, la izquierda radical del PDS subió de 2 a 54 (¡!), mientras que los verdes obtuvieron 51, bajando 4 escaños.

Conservadores y Liberales no sumaban los 308 escaños necesarios para gobernar. En cambio, una alianza de todas las fuerzas alemanas de izquierdas con representación parlamentaria hubiese obtenido 339. Pero desde los años noventa nadie quiere pactar a nivel federal con el PDS, y sin ellos no habría mayoría de izquierda. Por ello, los partidos alemanes con vocación de Gobierno, CDU y el SPD, optaron por una gran coalición. Las reformas que juntos llevaron a cabo a partir de entonces son las que ahora le han permitido a Alemania afrontar de manera óptima la actual crisis económica.

Así pues, aquella coalición funcionó. De hecho, en las pasadas elecciones de 2013 se ha repetido el mismo escenario y el mismo modelo. Como anécdota señalamos que uno de los firmantes de este artículo tuvo la oportunidad de preguntar a Klaus Schüle, estratega político de Merkel, cómo se hace campaña electoral cuando tu rival es quien te ha acompañado en el Gobierno los últimos cuatro años. Su respuesta fue: "Con mucho cuidado, y nunca hablando de decisiones de Gobierno". 

En cualquier caso, el ejemplo más claro, en lo que a grandes pactos de Gobierno se refiere, es la misma Unión Europea. Desde que España forma parte de ella, cuatro han sido los presidentes de la comisión: Delors –progresista–, Santer –conservador–, Prodi –progresista– y Barroso –conservador–. Pues bien, las comisiones de la UE, en lo que a representación política se refiere, son un ejemplo de transversalidad.

En dos de las comisiones que Delors llegó a presidir, la primera y la tercera, los comisarios de signo ideológico distinto al suyo eran más numerosos que los afines. Prodi, en cambio, confió mayor número de carteras a comisarios ideológicamente afines. De hecho, Prodi tenía a dos independientes en su Gobierno. Uno de estos dos comisarios, el tecnócrata Mario Monti, estuvo con Prodi al frente de Competencia, cartera que ahora ostenta Joaquín Almunia. Que Mario Monti estaba con Prodi por su valía, y no por su afinidad ideológica, quedó patente cuando fue la persona designada por la UE para regir los destinos de la intervenida Italia.

Durão Barroso también se ha decantado por comisarios más afines a su ideología, pero, cuando ha tenido que hacer cambios en su gabinete, nunca ha variado el signo ideológico del comisario entrante con respecto del saliente. De este modo, igual que con Delors, independientes han sustituido a independientes o liberales a liberales.

En resumen, Alemania y la Comisión de la Unión Europea vienen a demostrar que las grandes coaliciones de Gobierno son perfectamente viables, posibilidad que –recordemos– Elena Valenciano negó taxativamente para España.

¿Y qué harán los socialistas tras las próximas elecciones generales de 2015? Por el momento hay que esperar a que el PSOE renueve su cúpula directiva. Entonces veremos si su nuevo líder comparte la opinión manifestada por Valenciano o, por el contrario, es favorable a una gran coalición de Gobierno, tal y como plantea Felipe González siguiendo el ejemplo de los socialistas alemanes del SPD. Lo único que hoy por hoy parece seguro en la política española es que, como diría Arnold Toynbee, “history is again on the move”.

*José Barros @barrospress, periodista y consultor de comunicación, y Enrique Cocero @EnriqueCocero, fundador de la consultora de análisis 7.50 y miembro del consejo asesor de Government Consulting Group.

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