Pisando (peligrosamente) las huellas de la Restauración. Blogs de Interiores

Pisando (peligrosamente) las huellas de la Restauración

  Advierte el historiador británico Niall Fergusson de que prestamos “una insuficiente atención a los muertos”, cuando “el pasado es realmente nuestra única fuente de conocimiento

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    Advierte el historiador británico Niall Fergusson de que prestamos “una insuficiente atención a los muertos”, cuando “el pasado es realmente nuestra única fuente de conocimiento fiable” (Civilización). La recomendación resulta especialmente pertinente cuando, como ahora, zozobra un régimen que bien podría catalogarse como 'la II Restauración' española. Conviene atenderla para que quienes no vivieron la Transición democrática entiendan sus razones y para que, quienes la vivieron y quienes no, sean conscientes de las causas del éxito y del fracaso de un modelo que, como el actual, dio a España casi medio siglo de estabilidad política y de prosperidad. Y resulta imprescindible que esa memoria guíe la actuación de los gobernantes de hoy para que no repitan los errores del ayer. 

    Explica el catedrático de Historia José Varela Ortega (Los señores del poder) que la Restauración (1874-1923), caracterizada por la alternancia en el poder entre dos grandes partidos, “aunque nació de un pronunciamiento (cívico-militar), sobrevivió por la tolerancia, se asentó con la alternancia y se prolongó con transacciones y negociaciones”. “La Corona era la clave del arco, y la figura del rey-soldado, que inventara Cánovas, taponaba cualquier salida violenta e inconstitucional”, como había ocurrido de forma reiterada desde la guerra contra Napoleón. Funcionó con Alfonso XII y, a su muerte, con la Regente, pero no con Alfonso XIII, al aceptar este el golpe de Estado encabezado en 1923 por el general Primo de Rivera. Si se quita la espoleta del pronunciamiento (Franco murió en su cama) y el posterior apoyo del Rey a un golpe militar (Juan Carlos I lo abortó en 1981), salvadas las diferencias históricas, parece un calco de la vida política española desde 1975.

    Consecuencias y causas

    Ahora que, como entonces, proliferan las voces que señalan el bipartidismo como la causa de todos nuestros males y que la Monarquía está en su momento de mayor descrédito desde el acceso al trono de Juan Carlos I, conviene reparar en lo que Varela Ortega identifica como razón última de lo que vino a continuación: “Los reformistas más destacados de la generación del 14 confundieron ‘consecuencias con causas’” y, así, “creyeron los pronunciados que la forma de terminar con los vicios era acabar con el turno”.

    El quietismo de Rajoy y del Rey ante la degradación institucional resulta alarmante

    Acabar con las redes clientelares –el caciquismo de nuestros tiempos, según Varela Ortega- es parte de la necesaria regeneración, pero las tareas imprescindibles reclaman templanza antes que precipitación, cuyo antónimo no es el inmovilismo. Así, por ejemplo, el sociólogo Ignacio Urquizu, de la Fundación Alternativas, alerta contra el presunto bálsamo de las listas abiertas: “Está demostrado que ese sistema, si no se acompaña de circunscripciones más pequeñas, reduce la participación y aumenta la corrupción”.

    Observa el presidente de la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, citando a Lord Acton, que la corrupción “aparece en política como una derivada del ejercicio abusivo del poder”, pero matiza que si ofrece “un margen de beneficio atractivo para los corruptos” es precisamente porque constituye “una deriva excepcional”. Y da la razón a Marco Minghetti y Edmund Burke cuando ya en los siglos XVII y XVIII, respectivamente, diagnosticaron que el problema de una corrupción generalizada es básicamente “una cuestión de separación e independencia de poderes”, radicalmente opuesta a la pauta caciquil de “para los amigos, la justicia; para los enemigos, la ley”.

    El desenlace del caso Nóos, que ha provocado la inédita imputación de un miembro de la Casa Real, así como el de otros procesos judiciales en marcha, singularmente los relativos a la trama Gürtel y a los ERE de Andalucía, es una prueba de fuego para la confirmación de lo que se presume: que la arquitectura institucional de la II Restauración es mucho más sólida que la de la primera porque se fundamenta en un Estado de derecho cierto, en el imperio de la ley.

    La decisión del juez Castro de imputar a la infanta Cristina tiene una trascendencia doble, que va más allá del caso concreto que investiga: en primer lugar, porque para que un régimen político sobreviva, ha de existir “una relación entre la ley, la judicatura y el pueblo”, como sostenía Edward P. Thompson (Contra el reino de la bestia, José Ángel Ruiz Jiménez); y, en segundo lugar, porque como señala Varela Ortega, “la gente corriente no anda por la calle leyendo estadísticas. Tiene imágenes”, una tesis que haya refrendo en Robert Musil, cuando afirmaba que el Estado “no consta sólo de Corona y de pueblo con Administración en el medio, sino que hay además otra cosa: el pensamiento, la moral, la idea” (El hombre sin atributos).

    Regeneración o muerte

    El riesgo de ‘voladura del Estado’ se acrecienta cuando el régimen es incapaz de regenerarse

    Embajador de Israel en España y exministro de su país, afirma que “ninguna de las crisis que afectan a España es una rareza en el contexto occidental, y sus soluciones no tienen por qué pasar por la voladura del Estado”. Pero, como apunta el sociólogo y también exministro José María Maravall (Las promesas políticas), “un reformismo sin reformas constituye un fraude político”. Y los muertos a los que no prestamos atención, junto con historiadores de todas las escuelas y orientaciones ideológicas, son un clamor: el régimen de la I Restauración fracasó por su incapacidad para regenerarse. La misma amenaza pende sobre la 'II Restauración' y, en este contexto de deterioro institucional, resulta alarmante el quietismo de Mariano Rajoy y del Rey –sólo el príncipe Felipe parece consciente de la magnitud del oleaje-. La democracia, como subraya Varela Ortega, sí que no es “herencia de los muertos, sino un producto de la elección de los vivos”.

    La clave de bóveda de la política democrática es la persuasión, pero, como resaltó Bernard Crick (En defensa de la política), “parte de la persuasión consiste en dialogar; la otra parte, es dar ejemplo”.

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