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La desigualdad y las instituciones como causas de la crisis

Frente a las teorías dominantes sobre la causa de la crisis, un economista serbio, Milanovic, y un historiador británico, Ferguson, ofrecen dos enfoques diferentes

Frente a las teorías dominantes sobre la causa de la crisis –haber vivido por encima de nuestras posibilidades, según la derecha; y la desregulación financiera, según la izquierda-, un economista serbio, Branko Milanovic, y un historiador británico, Niall Ferguson, ofrecen dos enfoques diferentes, centrado el primero en la desigualdad y el segundo, en la degeneración de las instituciones, argumentos que lejos de ser excluyentes resultan complementarios.

Milanovic, jefe de investigaciones sobre desarrollo del Banco Mundial, argumenta en Los que tienen y los que no tienen (Alianza Editorial) que, “para comprender los orígenes de esta crisis, es preciso remontarse al aumento de las desigualdades de renta en prácticamente todos los países del mundo, y en Estados Unidos en particular, en los últimos treinta años”. Aunque los datos se refieren básicamente a EE.UU., el razonamiento y la argumentación son válidos también para España y el resto de Occidente.

La concentración de riqueza

A su juicio, la crisis es el producto de una concatenación de hechos y comportamientos que tienen como origen primigenio la desigualdad y el cortoplacismo político, y como denominador común, la codicia humana: “Los individuos con grandes ganancias y el sector financiero estaban deseosos de encontrar nuevas oportunidades para préstamos. Los políticos estaban ansiosos por “resolver” el irritante problema del estancamiento de ingresos de la clase media. La clase media y quienes eran más pobres que ella estaban felices de ver que sus restricciones de presupuesto desaparecían gracias a una varita mágica, que les permitía comprar todas las exquisiteces consumidas por los ricos (…) De repente, también los ciudadanos de clase media se sintieron triunfadores”. Además, en una apostilla que conecta con la tesis institucional de Ferguson, apunta que “la apertura del grifo de los créditos, para aplacar a la clase media, era necesaria porque, en un sistema democrático, un modelo de desarrollo excesivamente desigual no puede coexistir con una estabilidad política”.

Un economista serbio y un historiador británico contradicen las teorías dominantes¿Cómo se llegó a esa situación? Milanovic parte del dato de que en EEUU, que fue el origen de la crisis financiera, “el 1 por ciento más rico de la población duplicó su parte proporcional (o cuota) de la renta nacional, del 8 por ciento a mitad de la década de los setenta a casi el 16 por ciento a comienzos del siglo XXI”. Puesto que “esa enorme concentración de riqueza no podía utilizarse exclusivamente para consumo”, esa “enorme reserva de capital financiero disponible –producto de la creciente desigualdad de ingresos- se puso a la busca de oportunidades rentables de inversión”. Y ahí, según su relato, es donde aparece el sector financiero como intermediario, que fue incrementado el nivel de riesgo con operaciones cada vez más temerarias.

Al mismo tiempo, según subraya Milanovic, con el salario medio real estancado, “una forma de conseguir que pareciera que la clase media estaba ganando más de lo que estaba ganando era aumentando su poder adquisitivo mediante créditos más amplios y accesibles”, de modo que la gente comenzó a acumular deuda y se produjo “el gran atracón de consumo”, hasta que “la clase media comenzó a incumplir el pago de sus deudas” y “el sueño se vino abajo”.

La descomposición de las instituciones

La tesis de Ferguson, que está considerado como el historiador británico más brillante entre los vivos, se resume en el título de su libro La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y mueren las economías (Debate), que tiene como idea central la descomposición de lo que identifica como los cuatro pilares del medio milenio de hegemonía occidental: la democracia, el capitalismo, el imperio de la ley y la sociedad civil.

Su análisis es deudor de Adam Smith, al que rescata para afirmar que los países entran en un estado estacionario –el que atribuye ahora a Occidente- “cuando sus “leyes e instituciones” degeneran hasta el punto de que todo el proceso económico y político está dominado por una élite orientada a la búsqueda de ingresos”.

Ferguson se desmarca del criterio de “la mayoría de los analistas que tienden a centrarse en fenómenos tales como una deuda excesiva, unos bancos mal gestionados y una creciente desigualdad”. En su opinión, “estos no son más que los síntomas de un malestar institucional subyacente”, que ha dado origen al siguiente escenario: “La deuda pública –declarada e implícita- se ha convertido en una forma de que la generación más vieja viva a expensas de los jóvenes y de las personas aún no nacidas. La regulación se ha hecho disfuncional hasta el punto de aumentar la fragilidad del sistema. (…) el imperio de la ley [se ha convertido] en el imperio de los legistas (…) Y la sociedad civil se debilita y se reduce a una mera tierra de nadie entre los intereses corporativos y el Estado”.

Felipe González identifica como principal lastre de España la falta de una cultura de emprendimientoPara el historiador británico, la imprudencia de los prestamistas no exime de culpa a la imprudencia de los prestatarios y las excesivas deudas públicas no son sino “un síntoma de la ruptura del contrato social entre generaciones”, la clave de bóveda de las sociedades democráticas maduras que la crisis ha roto. Ferguson concluye que no cabe esperar que la reforma surja de las propias instituciones, de modo que “debe provenir de nosotros: los ciudadanos”.

El problema cultural de España

En clave estrictamente española, el expresidente Felipe González señala en otro libro, En busca de respuestas. El liderazgo en tiempo de crisis (Debate), que el principal lastre para la salida de la crisis es la existencia de “un problema cultural”, que penaliza el emprendimiento y hace que tampoco exista capital-riesgo que lo respalde: “Seguimos queriendo que nuestros hijos obtengan cuanto antes un hoy casi utópico puesto de trabajo lo más seguro e indefinido que sea posible, y no que emprendan sus propia aventura personal por su cuenta y que asuman sus riesgos”

A su juicio, si ese cambio no se produce rápidamente, el futuro se nos volverá a escapar y quienes deben tomarlo en sus manos son los jóvenes: “El futuro de la sociedad dependerá de que seamos capaces de cambiar las actitudes, en especial las de los jóvenes. Y tales actitudes podrían cambiar si los jóvenes comprenden que su país, dentro de quince o veinte años, será lo que su generación quiera que sea”.

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