Los partidos nacionalistas, víctimas 'colaterales' del cambio político

El nacionalismo periférico teme la pérdida de su capacidad de “influir en Madrid” ante la irrupción de formaciones de ámbito nacional como Podemos y Ciudadanos

Foto: Un casteller, en la cadena humana entre Durango y Pamplona a favor del derecho a decidir. (Efe)
Un casteller, en la cadena humana entre Durango y Pamplona a favor del derecho a decidir. (Efe)

Absortos como estamos en el derrumbe del bipartidismo, ha pasado prácticamente desapercibido el impacto colateral que el cambio político tendrá sobre los partidos nacionalistas, que hasta ahora habían desempeñado la función de bisagra –con muchos menos escaños de los que cualquier sondeo atribuye ahora a Podemos o Ciudadanos–, ocupando el espacio que en vano intentaron ganar sucesivamente el CDS de Adolfo Suárez, el Partido Reformista Democrático de Miquel Roca, Antonio Garrigues Walker y Florentino Pérez, y la UPyD de Rosa Díez. [Sigue en directo las novedades de las elecciones]

“Nosotros hemos jugado en el Bernabéu –estadio del Real Madrid– y hemos metido goles”, comentaba recientemente en una tertulia de RNE el senador Iñaki Anasagasti, que durante muchos años fue portavoz del PNV en el Congreso, para, acto seguido, confesar con esta metáfora futbolística que, tras la irrupción de nuevos equipos en la Primera División de la política, en adelante lo van a tener muy difícil porque la trascendencia de su papel ha estado asociada no solo al gobierno de un territorio histórico –interrumpido solo durante la legislatura en la que fue lehendakari el socialista Patxi López–, sino también a su capacidad de “influir en Madrid”.

Desde el comienzo de la democracia, los dos grandes partidos nacionalistas –CiU y PNV– han ejercido el papel que en otros países de nuestro entorno tienen formaciones de corte liberal, contribuyendo en muchas ocasiones a la gobernación del Estado con pactos a derecha (PP) y a izquierda (PSOE), eso que ahora se llama “apoyar a la lista más votada para garantizar la gobernabilidad”, pero siempre mirando a los intereses de sus respectivos territorios.

El partido de Rivera, que surgió como reacción al soberanismo catalán, también ha tocado donde más le duele al PNV, la fiscalidad del País Vasco y Navarra

De esta dialéctica política del “yo te doy, tú me das”, han surgido decisiones capitales para el crecimiento de los nacionalismos. Fernando Ónega, que fue director de comunicación de la Presidencia del Gobierno con Suárez, explica en su libro Puedo prometer y prometo (Plaza & Janés), que la transferencia de la competencia sobre educación a las comunidades autónomas “fue una concesión al PNV y en concreto a Xabier Arzallus, nacida de la lógica de que las diputaciones vascas ya tenían sus escuelas. Y fue, sobre todo, la contemplación de un espejismo: cuando se redactaba el Estatuto de Gernika, Suárez creyó, o se lo hizo creer Arzallus, que la Educación era el precio que el Estado tenía que pagar para la desaparición del terrorismo”.

Con independencia de la razón de fondo que motivara a Suárez, no fue una transferencia más porque, como explica el historiador José Álvarez Junco (Mater dolorosa, Taurus), “la cuestión educativa aparece como crucial [en el desarrollo de los nacionalismos] porque es la que permite imprimir en los ciudadanos desde la más tierna infancia la identidad nacional”.

Nacionalistas bisagra hasta con un solo voto

CiU ha oscilado entre los 8 diputados que consiguió en 1979 y los 18 que alcanzó en 1986 y 1989, pero, a partir de 1982, cuando UCD se extinguió y el PCE perdió el tercer puesto, se erigió en tercera-cuarta fuerza en el Congreso de los Diputados en competencia sucesiva con el CDS y con Izquierda Unida, ocupando la tercera posición de forma ininterrumpida desde el año 2000. El PNV ha tenido una representación más modesta por el factor poblacional, pero siempre entre los 5 y los 8 escaños, con una prima política derivada del terrorismo de ETA.

 Un grupo de personas con banderas independentistas ante el Palau de la Generalitat. (Efe)
Un grupo de personas con banderas independentistas ante el Palau de la Generalitat. (Efe)

Sumados sus votos en el Congreso, lo que ha ocurrido con frecuencia a pesar de sus celos y rivalidades, el bloque nacionalista CiU-PNV ha operado como “tercero en discordia”, salvo durante las legislaturas con mayoría absoluta de Felipe González (1982-1989) y de José María Aznar (2000-2004). Y lo han hecho con la ventaja añadida para PSOE y PP de que ni CiU ni PNV aspiraban a desplazarlos del Gobierno de España, a diferencia de lo que ahora ocurre con Podemos y Ciudadanos. [El intento del exportavoz parlamentario de CiU, Miquel Roca, de construir desde Cataluña un partido centrista para gobernar España contó con el aliento, pero no con el respaldo, de Jordi Pujol].

La influencia de los nacionalismos periféricos en “la política española” no se ha limitado a CiU y PNV. ERC fue clave en la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando los republicanos catalanes alcanzaron su máxima representación parlamentaria, con 8 diputados. Coalición Canaria se consolidó en el archipiélago gracias al papel de conseguidor que obtuvo en Madrid con una exigua representación que ha variado entre 2 y 4 diputados. Y hasta UPN, a cambio de un solo voto, logró de Zapatero un pacto de no agresión en Navarra, lo que en 2008 provocó la ruptura de la alianza que el partido foral mantenía con el PP desde 1991.

De las alianzas con los nacionalistas, quien más perjudicado ha salido ha sido el PSOE. Los socialistas lograron fagocitar al Partido Andalucista, que en 1979 obtuvo cinco escaños, a base de actuar como “el partido nacionalista de Andalucía”; y en Aragón, Marcelino Iglesias gobernó doce años apoyándose en el Partido Aragonés Regionalista (PAR). Pero en Cataluña los tripartitos de Pasqual Maragall y José Montilla han dejado el PSC en las raspas; en Galicia, la experiencia del bipartito de Emilio Pérez Touriño con el Bloque Nacionalista Galego no pasó la reválida de una segunda legislatura; en Baleares, los dos mandatos de Francesc Antich al frente de una alianza multicolor no lograron continuidad en la siguiente legislatura; en Navarra, el acuerdo de no agresión con UPN, con la que llegó a gobernar en coalición, ha convertido al PSN en una fuerza testimonial; y en Canarias, la mayor parte del tiempo se lo han pasado en un movimiento pendular entre ser muleta de CC o azote del “nacionalismo corrupto”.

El régimen fiscal y la inmersión lingüística

Además de la pérdida de capacidad para influir en la política nacional por razones de aritmética parlamentaria, los nacionalistas no ocultan su temor ante algunos planteamientos de las dos grandes fuerzas emergentes, en particular Ciudadanos, un partido cuyo origen fundacional está en la movilización del nacionalismo español contra el soberanismo catalán.

CiU ha sido la bisagra parlamentaria, pero no es la única fuerza nacionalista que ha sacado provecho del bipartidismo imperfecto

El partido de Albert Rivera ha tocado la fibra más sensible del nacionalismo catalán al defender que se acabe con el modelo de inmersión lingüística vigente en Cataluña para que en los centros de enseñanza públicos y concertados se aplique un modelo bilingüe o, con la inclusión del inglés, trilingüe. Y también ha tocado donde más duele al PNV al proponer la incorporación de las diputaciones forales vascas y Navarra al régimen fiscal común, así como “corregir  gradualmente” el “importante sesgo a la baja que existe actualmente en el cálculo de la aportación de los territorios forales a la Hacienda central”.

Los planteamientos de Podemos tampoco satisfacen a los soberanistas catalanes y en el País Vasco el partido de Pablo Iglesias está más cerca de la izquierda abertzale que del PNV.

Como advirtió el historiador Edward Gibbon (Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Turner), en política “nada es estable y definitivo, y los vencedores de la víspera son los derrotados del día”.

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