El dilema estratégico de Pedro Sánchez

Disparidad de criterios en el PSOE ante la posibilidad de gobernar sin ganar las elecciones

Foto: El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (Reuters)
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (Reuters)

Pedro Sánchez tiene un dilema estratégico sobre la mesa. ¿Qué hacer si él no gana las elecciones, pero Mariano Rajoy no logra apoyos suficientes para conseguir la investidura como presidente del Gobierno? En el PSOE hay opiniones dispares al respecto, tanto sobre la cuestión de fondo como sobre la mejor forma de encarar ese hipotético escenario. Algunos dirigentes defienden que debería aprovechar cualquier resquicio que se ofrezca para desalojar al PP de La Moncloa y otros advierten de que sería una insensatez, salvo que las elecciones arrojaran un empate técnico entre los dos grandes partidos y la composición del Congreso no obligara a recurrir a alianzas múltiples.

Para empezar, hay quien opina que Sánchez tendría que asumir ya el compromiso explícito de que sólo intentará formar Gobierno si el PSOE es el partido más votado, como hizo José Luis Rodríguez Zapatero en 2004, aconsejado entonces por Felipe González y Alfredo Pérez Rubalcaba, entre otros.

Un sector del PSOE defiende que, aunque no sea el más votado, su candidato debe intentar gobernar, pero otro sólo lo ve viable si hubiera empate con el PP

Los partidarios de que imite a Zapatero sostienen que tiene que arriesgar porque su continuidad como líder socialista pende del hilo de los resultados electorales. Y argumentan que asumir ese compromiso sería una palanca para movilizar hacia el PSOE el voto útil de la izquierda, provocando el imprescindible retorno de parte de los que se han fugado a Podemos, y también un escudo frente a una de las principales líneas de ataque del PP, la que incide en que Sánchez es tan sólo un oportunista dispuesto a ser el “títere de los radicales” de Podemos con tal de llegar al poder. El temor a que prime esta ambición existe también entre algunos dirigentes del PSOE que, ante los indicios de que Susana Díaz mantiene listas las naves para desembarcar en Madrid si Sánchez fracasa en diciembre, temen que el candidato sucumba a la tentación de blindarse en el partido buscando la presidencia del Gobierno a cualquier precio.

A diferencia de lo que creen quienes abogan por asumir el compromiso de que el PSOE no intentará gobernar si no es la primera fuerza, los más afines a Sánchez descartan que eso pudiera ayudar a conseguir un retorno importante de los votos fugados hacia Podemos que vaya más allá del que ya se ha producido, con una reducción hasta el entorno del 15% en las expectativas de voto para el partido de Pablo Iglesias. Argumentan en este sentido que una parte del electorado de la izquierda quiere que vuelvan a gobernar los socialistas, pero sometidos a la tutela o vigilancia parlamentaria de Podemos para que no vuelvan a incurrir en “desviacionismos”.

Pedro Sánchez (PSOE) y Pablo Iglesias (Podemos). (EFE)
Pedro Sánchez (PSOE) y Pablo Iglesias (Podemos). (EFE)

De la opinión de los dirigentes consultados se desprende la existencia de una representativa mayoría que le desaconseja asumir un compromiso tan concreto y, en su lugar, le recomienda que se ancle en un mensaje más genérico, del que no debería moverse un ápice por más presión que reciba: “Salgo a ganar y, si gano, gobernaré…”. Este planteamiento, que no le ata tanto -puede ganar en el Parlamento sin haber ganado en las urnas-, parece concitar más partidarios porque en él confluyen quienes le animan a no desperdiciar ninguna oportunidad que se ofrezca para acceder al Gobierno y otros que, por el contrario, opinan que sólo debería intentarlo si la diferencia entre PP y PSOE fuera mínima y, como ha ocurrido con varios de los nuevos presidentes autonómicos, le bastara con el apoyo de Podemos para obtener la investidura. La investidura, porque lo que nadie baraja en el PSOE es la posibilidad de formar un gobierno de coalición con el partido de Pablo Iglesias, con el que se trataría en todo caso de negociar acuerdos parlamentarios.

Estos dos sectores del partido, a pesar de la discrepancia anteriormente detallada, tienen como denominador común la coincidencia en subrayar que ni la situación política ni la España de 2015 son las de 2004 y, por lo tanto, ahora no se puede aplicar la pizarra electoral que entonces resultó exitosa. En 2004 no había tantos actores políticos en liza, la partida se jugaba entre PP y PSOE, la posibilidad de una mayoría absoluta no se consideraba un imposible y el PSOE no tenía una competencia tan fuerte por su izquierda ya que IU, a diferencia de Podemos, nunca ha sido percibida como una alternativa de Gobierno.

Los más afines al secretario general creen que renunciar a desalojar a la derecha de la Moncloa sería regalar el liderazgo de la oposición a Pablo Iglesias

Pero mientras que el sector más afín a Sánchez cree que desdeñar cualquier posibilidad de desbancar al PP sería para el PSOE hacerse el harakiri y regalar a Podemos el liderazgo de la oposición, los más escépticos con la solidez del candidato apuestan por la repetición de las elecciones si no se dieran las condiciones reseñadas de un virtual empate (según los expertos, el sistema electoral prima en escaños al partido más votado) y una composición del Parlamento que no obligará depender de pactos a múltiples bandas.

El PP trabaja con la expectativa de lograr un resultado que ronde los 140 escaños para, con el apoyo de Ciudadanos, y si fuera necesario de otras fuerzas minoritarias como Coalición Canaria -ahora gobierna con los socialistas en el archipiélago, pero ya ha cambiado de socio en otras ocasiones- hacer posible la investidura de Rajoy. Pero si no la obtuviera por mayoría absoluta, como se exige en primera votación, y tuviera que acudir a una segunda, en la que se requiere mayoría simple, podría ocurrir que los votos en contra fueran más que los favorables, dependiendo del reparto aritmético de escaños entre derecha, izquierda y nacionalistas, que en esta tesitura podrían volver a tener la llave.

Unos recomiendan a Sánchez que gobierne sólo si es primera fuerza, para movilizar el voto útil y evitar las acusaciones de oportunismo, otros se lo desaconsejan

Si Rajoy no lograra recabar el apoyo de la mayoría absoluta (176 votos), en el sector del PSOE más afín a Sánchez se defiende que los socialistas no podrían abstenerse en ningún caso para facilitar su elección por mayoría simple, que sería el plan B de los antiguos defensores de “la gran coalición”, so pena de perder también el liderazgo de la oposición en beneficio de Pablo Iglesias. La pelota pasaría entonces al tejado de Podemos y del resto de las fuerzas de la izquierda, ya que Sánchez estaría “obligado” a presentar su candidatura alternativa.

Si Sánchez lograra concitar apoyo parlamentario suficiente para su investidura, aunque el PSOE no hubiera sido la fuerza más votada, su elección no sólo sería legal sino también constitucionalmente legítima porque en España no son los electores los que eligen directamente con su voto al presidente del Gobierno sino los diputados. Pero sería una situación inédita.

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El procedimiento de la investidura presidencial

El artículo 99 de la Constitución establece que el candidato a presidente del Gobierno, que corresponde proponer al Rey, debe exponer su programa político ante el Congreso de los Diputados y, en primera votación, recabar la confianza de la mayoría absoluta de sus miembros (176 votos). Si no la consigue, la misma propuesta se someterá a nueva votación 48 horas después de la anterior y la confianza se entenderá otorgada si obtiene el apoyo de la mayoría simple (un voto más a favor que en contra). En caso de no superar este listón, “se tramitarán sucesivas propuestas” con arreglo a los mismos criterios y, si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación, ningún candidato hubiera obtenido la confianza del Congreso, se convocarán nuevas elecciones.

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