Los 22 días 'horribilis' de Pedro Sánchez

El barómetro del CIS ha funcionado como un placebo, pero queda el poso de que el PSOE no convence y se ha reforzado la impresión de que Susana Díaz "manda cuando quiere"

Foto: Pedro Sánchez. (EFE)
Pedro Sánchez. (EFE)

Todo empezó con el fichaje de la tránsfuga Irene Lozano como operación de urgencia para intentar taponar la fuga de votos hacia Ciudadanos, confirmada en las elecciones autonómicas de Cataluña. Desde entonces, el 15 de octubre, Pedro Sánchez ha encadenado 22 días 'horribilis', que alcanzaron su momento cumbre el 1 de noviembre -día de los difuntos en el calendario católico- con la publicación en 'El País' de una encuesta que relegaba a los socialistas a la tercera posición, por detrás del PP y del partido de Albert Rivera, y por debajo del listón psicológico de los 100 escaños. El jueves, con el último barómetro preelectoral del CIS, que restauró al PSOE como segunda fuerza, en el cuartel general de los socialistas se recuperó el resuello a la voz de “tampoco estamos tan mal”. Pero entre los cuadros dirigentes se ha instalado un estado de ánimo que mezcla inquietud y abatimiento ante las perspectivas electorales.

El fichaje de la exdiputada de UPyD aún no ha sido digerido por el partido -los detractores de Sánchez lo tienen anotado en el debe de la factura que le pasarán si fracasa el 20-D-, el intento de repetir la movida cultural que arropó a Zapatero en 2004 fue otra crónica de un fracaso anunciado y la incorporación a Podemos del exJEMAD nombrado en su día por Carme Chacón fue recibida casi como una traición que, desde la perspectiva mediática y de mercadotecnia electoral, convierte en agua de borrajas el de la excomandante Zaida Cantero por el PSOE. Y, por si fuera poco, Sánchez quedó ante los telespectadores de TVE como un indocumentado –o un manipulador– al atribuir a su partido el mérito de la primera ley del divorcio, aprobada cuando gobernaba UCD.

Los 22 días 'horribilis' de Pedro Sánchez

Pero, aunque hayan tenido mucho impacto mediático, todos estos han sido episodios pasajeros que el tiempo, los errores de los competidores y los resultados electorales pueden hacer olvidar. Lo que de verdad ha vuelto a baquetear a Sánchez ha sido la mencionada encuesta de Metroscopia para 'El País', porque este diario sigue siendo la Biblia de los cuadros socialistas y su pronóstico electoral se ha interpretado como una descarga de fuego amigo; y también el cambio de criterio sobre el alcance de la derogación de la última reforma laboral, un tanto que se ha apuntado la federación de Andalucía aunque distara mucho de ser la única que quería ir más allá de la posición fijada por Ferraz, que no alcanzaba a las indemnizaciones por despido.

La trascendencia interna de este último asunto radica en que se ha vuelto a poner de manifiesto que las diferencias entre el secretario general y la baronesa andaluza son de fondo, y en que el poso que ha quedado es “el poderío de Susana, que, cuando quiere, manda”. Y a esto se añade que un amplio sector del partido opina que, en el reparto de cartas ante la partida abierta por los secesionistas catalanes, Sánchez recibió una buena mano, pero no ha subido jugar sus bazas y, aunque ha cerrado filas con el Gobierno, es Ciudadanos quien más ha rentabilizado la actitud de poner pie en pared frente a los amotinados contra la legalidad constitucional, sin que a día de hoy se perciba con nitidez por qué habría que votar al PSOE y no a otros partidos.

La sondeocracia, la campaña y los indecisos

En este contexto, el barómetro del CIS no pasa de ser un placebo que ayuda a salir de la depresión provocada por otros estudios demoscópicos. Sánchez, según quienes le tratan habitualmente, no tiene precisamente una mandíbula de acero sino que es de los que se vienen abajo cuando se sienten superados por los problemas; pero, al mismo tiempo, es de los que, por mucho que los tiren a la lona, vuelven a levantarse, porque tiene una enorme ambición política y mucha audacia. Y así, para seguir adelante, se ha construido el relato de que la victoria es posible porque el CIS sitúa al PSOE a la cabeza en intención directa de voto, voto más simpatía y valoración de su candidato.

Sánchez se abate cuando los problemas lo superan, pero su ambición hace que vuelva a levantarse por mucho que lo tiren a la lona

Pero, con las empresas demoscópicas obligadas cuando trabajan para medios de comunicación a actuar como casas de apuestas o posmodernos oráculos del porvenir, son pocos los que saben leer las tripas de sus estudios en un momento en que las referencias históricas han dejado de ser un manual seguro, y todavía son menos los interesados en divulgar su interpretación científica, sobre todo cuando chocan con los intereses políticos de sus clientes.

Las encuestas del CIS tienen su mayor valor en la amplitud de la muestra que se utiliza y en sus series históricas, pero tienen también un gran ‘agujero negro’: se realizan presencialmente, en los domicilios, y, en consecuencia, registran muy bien lo que, según la terminología acuñada por Belén Barreiro, expresidenta del instituto oficial y ahora directora de MyWord, representa la España analógica -PP, PSOE: amas de casa, jubilados…-. Pero, por ese procedimiento de campo, captan peor lo que pasa en la calle, su fotografía de la España digital -Podemos, Ciudadanos: jóvenes, profesionales…- es más borrosa y fallan en la anticipación de los movimientos que todavía están en fase emergente, como se demostró al no prever la eclosión del partido de Pablo Iglesias en las elecciones europeas.

Si se toman en cuenta estos factores de corrección, que el CIS atribuya a Ciudadanos una estimación de voto del 14,7% y, sobre todo, que identifique a este partido como el preferido por los llamados “votantes de centro” (17,4% en intención directa de voto dentro de este segmento), sin los cuales ningún partido ha ganado hasta la fecha unas elecciones generales en España, obliga a pensar que las expectativas de esta opción salen infravaloradas. Otro tanto cabe pensar en relación con Podemos, ya que el CIS no tiene en cuenta el efecto de acumulación de voto que para el partido de Iglesias puede derivarse de sus alianzas electorales con las 'mareas' que triunfaron en los comicios municipales de mayo.

Albert Rivera, ayer, en el monumento a las Cortes de 1812, en Cádiz. (EFE)
Albert Rivera, ayer, en el monumento a las Cortes de 1812, en Cádiz. (EFE)

Además, aunque coincide sustancialmente con otros estudios en la estimación de que en estos momentos hay unos cuatro puntos de diferencia entre PP y PSOE, y otros tantos entre PSOE y Ciudadanos, su cálculo de indecisos (casi un 45% entre los que no han decidido, abstencionistas y votantes en blanco) está muy por debajo de otras estimaciones. Y a todo lo anterior hay que sumar la extrema volubilidad del voto y de la situación política, que ya hace tiempo que dejó de discurrir por el estado líquido que detectó Zygmunt Bauman para pasar a un estado gaseoso, como ha podido verificar Podemos en sus propias carnes -expectativas-.

Por tanto, queda mucha tela por cortar para hacer un pronóstico solvente y la campaña puede ser más decisiva que en anteriores convocatorias, no solo porque se ha abierto un escenario inédito de competencia entre los 'viejos' y los 'nuevos partidos, sino también porque las series históricas del CIS indican que desde 1996 -no existen datos anteriores disponibles-, cada vez hay más encuestados que deciden su voto en los últimos días previos a la cita en las urnas.

Y, llegados a este punto, aquí aflora otra debilidad del PSOE.

Las grietas internas del PSOE

Aunque la situación varía ostensiblemente por territorios y todos los barones se juegan también mucho en los resultados que obtenga el partido en sus respectivas federaciones, hay un porcentaje significativo de cuadros que asisten a los prolegómenos de la campaña con los brazos caídos. El fenómeno es especialmente notorio en Madrid, donde las formas utilizadas para destituir a Tomás Gómez -y a Antonio Miguel Carmona- e imponer a su desconocida sucesora han alimentado la columna de “ajuste de cuentas” hasta el extremo de que los críticos madrileños calculan que un 30% de la militancia ha optado por el abstencionismo en la campaña.

Los cuadros dirigentes piensan más en el día siguiente que en el 20-D y muchos asisten a la campaña con los brazos caídos

La columna vertebral del PSOE son sus cuadros dirigentes, aunque siga contando con algunos regimientos de aguerridos afiliados de base, héroes que, pase lo que pase y esté quien esté al timón de la nave, siguen militando activamente con la fe de los creyentes practicantes, pero que, también como estos, cada vez son menos por el envejecimiento demográfico y apenas cuentan salvo cuando se trata de reclutar votos para las primarias internas.

La mayoría de los cuadros -y esto sí que no es un fenómeno exclusivo del Beirut madrileño- están pensando ya más en el día 21 de diciembre que en las urnas del 20. No es algo nuevo, porque ya Felipe González afrontó esta situación en 1993 y 1996, cuando el estamento de oficiales bajó los brazos abatidos por el ocaso de su etapa de mayor éxito, pero aun así el PSOE era entonces un partido más sólido y mejor estructurado, todavía tenía los resortes del poder y contaba con un líder indiscutido como el mejor candidato electoral.

Aragón, el espejo de toda España

Si el 20-D se confirma la vigencia del mejor predictor electoral que hasta ahora ha habido en España, según los autores de 'Aragón es nuestro Ohio' (el hombre del TR3S), todo apunta a que el PP volverá a ganar las elecciones. Los autores de esta obra colectiva, el equipo Piedras de Papel, que integran 11 sociólogos y politólogos de ideología progresista y reconocido prestigio profesional, sostienen que Aragón es como Ohio en EEUU -desde 1964, el candidato que gana en ese estado acaba siendo el presidente-. No es una predicción intuitiva, sino que se fundamenta en el dato de que, en las 11 elecciones generales celebradas en España desde la restauración de la democracia, el partido que gana en Zaragoza, Huesca y Teruel es el mismo que se alza con el triunfo en todo el país.

Julio Rodríguez. (EFE)
Julio Rodríguez. (EFE)

Con este dato histórico sobre la mesa, no debería sorprender que algunos de los movimientos preelectorales más llamativos se hayan registrado en Aragón. ¿Por qué el fichaje más sonado de la campaña, el general Julio Rodríguez, ha sido situado por Podemos como número dos de su candidatura por Zaragoza cuando él es de Orense? ¿Por qué Mariano Rajoy se ha apresurado a reeditar su coalición con el PAR?

Se tome la referencia que se tome, el PP parte como claro favorito en Aragón y con una amplia ventaja. Si se toman las elecciones generales de 2011, cuando aún no habían emergido los nuevos partidos, la alianza PP-PAR sumó el 47,7% de los votos, seguida por el PSOE con el 31,52%. En las elecciones autonómicas de mayo, el PP fue la fuerza más votada, con un 27,5% de los votos, que sumados a los del PAR elevarían el porcentaje hasta el 34,4%, mientras que el PSOE fue segundo (21,41%), con Podemos pisándole los talones (20,51) y Ciudadanos aún muy lejos de su posible techo (9,41), ya que estos comicios fueron previos al desinflamiento de Podemos y al éxito de los de Rivera en Cataluña, que ha disparado sus expectativas. Con estas mismas cautelas, si se toman como referencia las municipales de la misma fecha, PP más PAR sumaron el 36,8% de los votos, seguidos por el PSOE con el 26,4%, mientras que Podemos, agregándole el resultado de las diversas plataformas ciudadanas con las que ahora podría confluir, alcanzaría un 14% y Ciudadanos obtuvo el 7,9%.

Así pues, en los tres procesos electorales más recientes celebrados en Aragón, ha ganado el PP, con una mayoría ampliada cuando va en coalición con el PAR -Rajoy también ha suscrito coaliciones con fuerzas regionalistas de otros territorios para reagrupar el voto de centroderecha-, el PSOE ha resistido en la segunda posición y están por dilucidarse los términos y alcance de la competencia entre Ciudadanos y Podemos por la tercera posición.

¿Qué ocurriría en el PSOE si el 20-D queda en segunda posición? Otro día se lo cuento.

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