La pregunta del referéndum socialista sobre los pactos: Pedro sí o Pedro no
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Gonzalo López Alba

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La pregunta del referéndum socialista sobre los pactos: Pedro sí o Pedro no

La apelación al voto directo del cuerpo electoral pervierte la democracia representativa, que es el modelo constitucional de España y el estatutario del PSOE

Foto: Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa que ofreció el pasado día 16. (EFE)
Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa que ofreció el pasado día 16. (EFE)

Sostienen los politólogos que el referéndum es un “excelente instrumento de manipulación política”. Por eso es el método de consulta preferido por los dictadores y los políticos que se han metido en callejones sin salida. “Democracia directa” es una expresión tan bonita que posicionarse en contra resulta política y socialmente incorrecto, pero de la misma forma que, como dijo Winston Churchill, la democracia “es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas”, la democracia representativa “es la peor forma de democracia, excepto por todas las otras formas que han sido probadas”.

En los referéndums, salvo contadísimas excepciones, se acaba votando todo menos aquello que se pregunta, incluso cuando debe responderse con un sí o un no a una cuestión muy directa. El paradigma español es el referéndum sobre la permanencia en la OTAN que se celebró en 1986. Al final, lo que se acabó votando fue Felipe sí o Felipe no. Y esta disyuntiva personalizada es la que subyace en la consulta a los militantes del PSOE programada por su dirección para el próximo fin de semana a propósito de los pactos para la investidura de su candidato presidencial: Pedro sí o Pedro no.

Los políticos recurren al plebiscito para ganar popularidad o para eludir sus responsabilidades

Se trata de apostar el resto a la carta más alta. Si la tesis de quien ha promovido la consulta sale derrotada, su carrera política está acabada. Si, por el contrario, obtiene el respaldo del cuerpo electoral convocado a la cita, sale fortalecido. Y nadie convoca para perder. Esta es la lógica con la que, para salir del callejón sin salida en el que intentaron acorralarlo los barones, Sánchez se propone llamar a las urnas a los afiliados socialistas. Bajo la apariencia de un 'liderazgo democrático' se pervierte la democracia representativa que constitucionalmente es el modelo de España y estatutariamente el del PSOE.

Los políticos recurren al plebiscito por dos motivos, ambos espurios: para granjearse el apoyo ciudadano con una consulta popular que haga olvidar sus políticas impopulares o para eludir sus responsabilidades -viga maestra de la democracia representativa- y ampararse en 'la voz del pueblo', que no siempre es sabia pero proporciona la coartada de la 'voluntad mayoritaria' expresada individualmente. Uno de los ejemplos más paradigmáticos es el de la Democracia Cristiana italiana que, cuando se planteaba la despenalización del aborto, se parapetó en un referéndum para evitar que un posicionamiento directo provocara la ruptura del partido. Algo parecido ha buscado el líder del PSOE, que estuvo al borde del cisma durante las primeras semanas poselectorales.

Vídeo: Pedro Sánchez consultará a la militancia sobre los pactos

Lo malo es que la democracia directa, como advirtieron los propios socialistas al establecer una serie de requisitos para la celebración de primarias, constituye un territorio fértil para los grupos de intereses. Se vio en las primarias de las que nació Sánchez, cuando los intereses de los barones condicionaron el voto de los militantes de sus territorios, aunque formalmente cada uno votó lo que le dio la gana.

Como dice el politólogo Víctor Lapuente ('El retorno de los chamanes', Península), "sobre el papel, nada hay más bonito que escuchar la voz de los votantes. Pero, en la práctica, las primarias pueden reducir, en lugar de aumentar, la competitividad dentro de los partidos. ¿Quién las gana? ¿Los candidatos con un programa más sólido o aquellos que disponen de recursos para desplazarse a todos los municipios y estrechar la mano de todos los simpatizantes? Indudablemente, los segundos empiezan la carrera con una ventaja insalvable. Pueden utilizar la proyección mediática que les da su cargo público, o su participación como analistas en los medios de comunicación, o simplemente las simpatías de los miembros del aparato del partido que lo eligen, a él o a ella, como su candidato preferido. (…) Por tanto, ¿son las primarias un ejemplo de competitividad que permite motivar a los más talentosos dentro de un partido o, más bien, un mecanismo para investir con un manto de legitimidad a aquellos que ya ostentan el poder en el partido?”.

Lapuente señala California como el espejo de "la cara oculta de la democratización radical", que la ha convertido en "un estado ingobernable" y "al borde de la bancarrota no solo presupuestaria, sino también política". Por un lado, "los californianos han votado cientos de iniciativas de todo tipo: por ejemplo, han restringido impuestos, pero también han exigido un determinado nivel de gastos" al mismo tiempo, que deben aplicar unos gobernantes que saben que pueden ser revocados a mitad de mandato; y, por otro lado, "los grupos de poder han invertido cientos de millones de dólares para conseguir la aprobación de decisiones favorables a sus intereses".

Admite Lapuente como "indiscutible" que la democracia directa redistribuye poder, pero subraya que "esa redistribución no es igualitaria" porque, en la práctica, "solo los ciudadanos -o las empresas- con más recursos tendrán capacidad para articular, promocionar, difundir y poner en la agenda política del día una determinada propuesta". Mientras que en una democracia representativa cada ciudadano tiene un voto, "en una democracia directa, los poderosos -no solo en dinero, sino también en proyección mediática, en tiempo libre para movilizar apoyos, etcétera- tienen 'más votos' que los demás a la hora de definir la agenda política".

Las negociaciones para un acuerdo de investidura han multiplicado las comparecencias mediáticas, pero han sido muy poco transparentes

El PSOE lleva dados unos cuanto saltos en el vacío producto de decisiones adoptadas sin debate ni reflexión suficientes, como elegir a su secretario general por el voto directo de los militantes o la consulta anunciada por Sánchez sobre los pactos de investidura. ¿Y si no hay pactos? ¿Y si los acuerdos decisivos se logran en las horas previas a la votación? Unos acuerdos de cuyo contenido, por cierto, la militancia todavía no sabe nada y cuya negociación ha tenido mucha comparecencia mediática pero muy escasa transparencia real.

La semana bursátil de la política ha cerrado con las expectativas de investidura presidencial de Sánchez a la baja y, en paralelo, con la cotización al alza de un distanciamiento de última hora de Ciudadanos, partido en el que no acaba de cuajar que le interese cerrar un pacto de legislatura para no gobernar y que le puede bloquear la llegada de nuevos votantes del PP si, como parece, se repiten las elecciones. Así que, a la postre, puede que ni haya consulta a la militancia por falta de sustancia que consultar.

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