La campaña de 'La culpa fue del Cha-cha-chá'

A Pedro Sánchez le ha cambiado la expresión de la cara: sabe que para él no habrá una tercera oportunidad

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias durante su última reunión pública, el pasado 30 de marzo en el Congreso. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias durante su última reunión pública, el pasado 30 de marzo en el Congreso. (EFE)

La nueva campaña electoral en la que ya estamos inmersos no será de ofertas programáticas, sino de “la culpa la tuvo el otro”, fue del “chachachá”, como en la canción de Gabinete Caligari. Pero, aun así, dirigentes socialistas reconocen que su partido va a tener “muy difícil” explicar cuál es su proyecto: ¿es aquel con el que concurrió a los comicios del 20-D o es el que contiene el “pacto histórico” -Pedro Sánchez así lo calificó- con Ciudadanos?

El viraje del líder socialista, que pasó de alentar la creencia de que era posible un Gobierno de izquierdas a suscribir un acuerdo con la formación de Albert Rivera, ha sembrado de confusión y desconcierto las filas socialistas. La dirección apela al amplio respaldo obtenido en la consulta a la militancia, pero omite que se planteó en la presunción de que así se podría formar Gobierno y soslaya la rareza de un plebiscito perdido por quien lo promueve.

A juicio de muchos socialistas que tendrán que volver a hacer campaña como candidatos, “se cedió demasiado” en la negociación con Ciudadanos cuando “se sabía que no obtendríamos más apoyos” para llevar a Sánchez a La Moncloa. Si así hubiera sido, nadie le habría puesto reparos porque todos aceptan que para acordar hay que ceder, pero acordar para nada que no sea llenar minutos de telediario…”. Para muchos ha sido como arriesgar un matrimonio no por una amante, sino por una aventura de ocasión.

Albert Rivera, este 23 de abril en Barcelona, en la Diada de Sant Jordi. (EFE)
Albert Rivera, este 23 de abril en Barcelona, en la Diada de Sant Jordi. (EFE)

Las del PSOE no han sido cesiones menores porque afectan a tres de sus propuestas estrella, especialmente sensibles para sus votantes: la derogación total de la reforma laboral, de la ley mordaza y de la LOMCE. ¿Cómo va a dar crédito el electorado a esas promesas si ya ha podido comprobar que los socialistas no hacen causa de ellas y están dispuestos a renunciar al cumplimiento íntegro de estos compromisos a cambio de alcanzar el poder?

Es cierto que las promesas electorales están desacreditadas por los incumplimientos reiterados en los que incurren todos los partidos cuando se enfrentan a la realidad de los límites del poder político, pero en paralelo ha calado hasta entre la militancia de base –donde tiene su principal respaldo– el relato, alimentado por sus detractores internos, de que Sánchez está dispuesto a cualquier cosa con tal de incorporar a su currículum un renglón en el que ponga “expresidente del Gobierno”.
 
La suma de ambas circunstancias proporciona munición gruesa para Podemos en su anhelo de dar el 'sorpasso', aunque también es cierto que la percepción de Pablo Iglesias entre los socialistas se ha alterado sustancialmente en estos meses por el desdén con el que ha tratado al PSOE y los insultos que dirigió a Felipe González, el patriarca intocable. De ser la pareja natural, Iglesias ha pasado a ser el enemigo irreconciliable para muchos.

La posible coalición entre Podemos e IU acentúa el nerviosismo entre los socialistas y el temor a que el partido sea empujado a la sepultura

A Pedro Sánchez se le multiplican las canas y le ha mudado la expresión de la cara desde que verificó la imposibilidad de obtener la investidura presidencial; la sonrisa de esperanza ha dejado paso al rictus serio y preocupado. Sabe que para él no habrá una tercera oportunidad. Aunque logre mejorar los resultados del 20-D, Sánchez estará sentenciado si tras la repetición de las elecciones el PSOE sigue relegado a la oposición. Si no es Susana Díaz, a propósito de la que ha calado el relato –también alimentado desde dentro del partido– de que es tan solo “una enreda” porque “siempre amaga, pero nunca da”, hasta el extremo de provocar el cansancio entre quienes han intentado convencerla de que diera ya el salto a Madrid, será otro u otros candidatos. Pero de lo que nadie duda es que, en este escenario, será inevitable que en el otoño surjan candidaturas alternativas a las del actual secretario general.

Los intentos de resucitar las ya fracasadas operaciones Madina y Chacón como suplentes de la presidenta andaluza, desvelados por El Confidencial el miércoles, prueban que el PSOE se ha quedado atorado en el pasado, aunque sea reciente, como la aguja en un disco rayado. Y son el síntoma más evidente del estado de nerviosismo e incertidumbre en el que se ha instalado el PSOE, un partido que, si desde la renuncia de José Luis Rodríguez Zapatero ha vivido al borde del abismo, teme ahora verse empujado a la sepultura si prospera la coalición electoral entre Podemos e Izquierda Unida, que, según las prospecciones demoscópicas, podría desbancar al PSOE como primera fuerza de la izquierda. 

Dirigentes del PSOE admiten la dificultad de dar credibilidad a sus promesas tras las renuncias hechas en el pacto con Ciudadanos

El acuerdo entre Podemos e IU es de máximo riesgo para la fuerza que encabeza Alberto Garzón porque está en juego la supervivencia de sus siglas, pero de alta rentabilidad para Podemos, al que sirve para evitar la fuga de votantes de izquierdas que, desencantados con su comportamiento poselectoral, se están planteando volver a Izquierda Unida porque, puestos a elegir un referente “testimonial”, prefieren la coherencia histórica de los antiguos comunistas. Pero, en todo caso, con esta alianza la izquierda a la izquierda del PSOE mejoraría su representación parlamentaria.

Y no es este el único miura al que Sánchez tendrá que dar pases porque el electorado, especialmente en situaciones de crisis, castiga la división interna de los partidos, que en el PSOE no se limita al pulso entre el secretario general y los barones encabezados por Susana Díaz, con el aliento de notables como Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba. El PSOE de Galicia está gobernado por una gestora que ni siquiera representa a la mayoría, el de Castilla y León sigue instalado en su histórica división provincial, el de Euskadi se ha convertido en una fuerza irrelevante al igual que el de Navarra, los socialistas catalanes no solo han perdido fuelle sino también la unidad interna, Madrid es más Beirut que nunca...

Así las cosas, no es extraño que el ambiente que se respiraba en la bancada socialista durante la última sesión plenaria del Congreso en esta legislatura 'non nata' fuera de frialdad. Todos los pensamientos están puestos en las conspiraciones en torno a la candidatura presidencial, aunque casi todos dan por hecho que volverá a ser Sánchez; en saber si cada uno repetirá o no en las listas, y en las dificultades que les esperan para afrontar la campaña. Al PSOE le pasa como al Real Madrid, que no es capaz de asumir una temporada sin ganar ningún título ni de reaccionar de otra forma que despidiendo al entrenador.

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