El descrédito de los partidos

Los partidos políticos han perdido en gran medida la función de utilidad social que justifica su existencia, pero no ha aparecido nada mejor que los sustituya

Foto: (Imagen: Enrique Villarino)
(Imagen: Enrique Villarino)

¿Quién nos iba a decir en 2008 que de las múltiples crisis que como una ‘matrioska’ traía dentro la Gran Recesión, la que prevalecería ocho años después sería la institucional? Más allá del reguero sin fin de desprestigio de los políticos -consustancialmente pasajero por su condición de individuos-, se ha producido un fenómeno de calado mucho más hondo: el descrédito de los partidos políticos, que en gran medida han perdido su función primordial, la de ser útiles socialmente.

El fenómeno es de la máxima gravedad porque desde que, tras la II Guerra Mundial, los partidos adquirieron sus características actuales, se habían demostrado como los mejores instrumentos para captar la voluntad social, moldearla en su caso, y transformar los anhelos de la mayoría de los ciudadanos en normas de convivencia social, sin que haya aparecido nada mejor que los sustituya, como demuestra la transformación de Podemos.

Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Alberto Garzón, durante la constitución de la Diputación Permanente. (EFE)
Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Alberto Garzón, durante la constitución de la Diputación Permanente. (EFE)

Hoy, como en 1914, podría escribirse, como hizo José Ortega y Gasset en ‘Vieja y nueva política’: “La España oficial consiste en una especie de partidos fantasma que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos ministerios de alucinación”, como el de Justicia y Fomento. El país continúa su vida real, una vida plagada de problemas que engrosan la cada vez más abultada lista de espera, desde el encaje de Cataluña hasta el desempleo, mientras que los políticos se entretienen con líneas rojas, líneas azules, líneas moradas y líneas naranjas. Y sucede que “toda institución es un mero instrumento que, a fuer de tal, solo puede ser justificado por su eficacia”.

Ocurre, como advirtió Daniel Innerarity en ‘La sociedad invisible’, que “con la erosión del poder estatal, la desregulación y la globalización, los políticos han dejado de ser configuradores del acontecer. Como no quieren reconocerlo, han institucionalizado el teatro político en el que se escenifican como señores de su propia casa. Se escenifica la política para ocultar o hacer más llevadera su pérdida de relevancia”.

La posibilidad de que las minorías bloqueen la vida política es un 'hallazgo' de los nuevos tiempos que obliga a reconsiderar los procedimientos vigentes

Una irrelevancia creciente que ellos mismos se han empecinado en agrandar, porque si el país puede seguir adelante sin Gobierno como ha hecho durante estos ocho meses, ¿para qué queremos Gobierno? Y, si no necesitamos Gobierno, ¿para qué hace falta la oposición? Pero sin Gobierno y sin oposición, es decir, sin posibilidad de alternancia en el poder, no hay democracia.

En la fosa de la irrelevancia de la política han cavado sus protagonistas durante todo el año, pero de forma especialmente grave cuando, con motivo de la fijación de la fecha para el debate de investidura del candidato propuesto por el Rey, no han tenido el menor reparo en visualizar que el Parlamento es un mero brazo ejecutor del Ejecutivo en funciones, y ello precisamente en el momento en que, por las circunstancias políticas y la fragmentación partidista, se dan todas las condiciones para que la Cámara de representantes afiance su autonomía y convierta en realidad que España es una democracia parlamentaria y no presidencialista, como se ha transformado 'de facto'.

Como experimentó Michael Ignatieff durante su etapa como líder político y candidato, “en la nueva política de la campaña permanente, gobernar equivale a hacer campaña”. Y entregados a esa “nueva política”, que no es la prometida por sus abanderados, viven todos nuestros políticos, en un ejercicio de campaña permanente que describe los problemas, incluso los analiza, pero nunca los resuelve. Algunos incluso los crea.

Los políticos se entretienen con líneas rojas, azules, naranjas y moradas mientras se agranda la lista de espera de los problemas pendientes

Uno de estos nuevos problemas, hallazgo de este tiempo político, es la constatación de que no solo la mayoría sino también las minorías pueden bloquear la toma de decisiones e incluso el funcionamiento de las instituciones, el sistema. En esta posibilidad no pensaron los padres de la Constitución, pero se tendrá que hacer cuando se afronte su reforma, introduciendo por ejemplo límites temporales a la posibilidad del bloqueo.

Hoy, cien años después, Ortega y Gasset podría volver a escribir: “[La democracia] está viva y coleando en los corazones de los ciudadanos. Donde no goza de tan buena salud es en el lugar que debiera ser el templo de nuestra democracia, la Cámara de los Comunes. No puedo recordar un solo discurso de los últimos cinco años destinado a persuadir”. Yo tampoco. El aviso sobre las consecuencias también lo dejó escrito el filósofo: cuando los ciudadanos caen en la indiferencia, “en vez de conseguir la democracia que se merecen, los votantes terminan pagando el precio de su propia desilusión y solo obtienen la democracia que sus políticos les imponen”.

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