Una fiesta en el Palacio Real con sabor a mera transición

A las 12.30 horas con exactitud la mayor parte de los más de 2.000 invitados a la tradicional recepción en los incomparables salones del Palacio Real ya habían cogido sus copas

Foto: Desfile de la fiesta nacional en madrid
Desfile de la fiesta nacional en madrid

A Madrid, la capital, le costó mucho ver el sol este 12 de octubre, Día de la Hispanidad, que tiene más color y sabor en la Quinta Avenida de Nueva York que en el Paseo de la Castellana. Finalmente, lució el sol y los Legionarios (Tercio Alejandro Farnesio) pudieron demostrar que son los mejores del mundo en eso de los desfiles y pelo en pecho.

A las 12.30 horas con exactitud la mayor parte de los más de 2.000 invitados a la tradicional recepción en los incomparables salones del Palacio Real ya habían cogido sus copas. Cada oveja con su pareja –es decir, periodistas con colegas; políticos con sus pares; intelectuales con sus señoras– en apartamentos bien diferentes. Todo ello hasta que el Rey diera el plácet con su besamanos.

Mucha comunidad mediática con Oneto yéndose por la desenfilada y en el olvido. Xabier Fortes, sin ir más lejos, buscando desesperadamente los pareceres y el apoyo de sus coleguillas Cándido Conde Pumpido –tipo de la justicia que ya no puede dar gato por liebre– y el incombustible Pepiño Blanco, el chico de los recados de Zapatero que fue pillado en una gasolinera a cuenta del jurdó, y al que el propio Conde Pumpido salvó de causas mayores judiciales. Fortes sabe que como Sánchez repita su enorme culo huele a pólvora. Quizá le convendría más que gobernaran al alimón Casado/Rivera. En definitiva, hoy por mí, Pepiño, y mañana por ti, Pumpido. Todos juntitos y en apoyo, oiga.

Al ministro Grande-Marlaska le felicitaban sus pares, ignoro el por qué después de los escándalos entre los generales de la Guardia Civil y sus líos con los Mossos, y algunos de sus edecanes trataban de convencer a sus críticos. Mientras Pablo Casado y su mujer (Isa, para los amigos) trataban de explicar su posición geométrica en una coyuntura endemoniada. Rivera estuvo y se le vio pero algo denotaba en el gran salón, entre pobres canapés, que está en desuso y no me atrevo a escribir que en plena decapitación.

El rey Felipe VI, la reina Letizia, el presidente del gobierno Pedro Sánchez y su esposa Begoña Gómez. (EFE)
El rey Felipe VI, la reina Letizia, el presidente del gobierno Pedro Sánchez y su esposa Begoña Gómez. (EFE)

Ministros hubo muchos y exministros más. Hasta Cristóbal Montoro reapareció del averno; su colega Isabel García-Tejerina y su gran Arias Cañete llevando de la mano a un capo mundial de Renault cuyo nombre ni recuerdo. Almirantes y generales haciendo cola para saludar al chico de la barba de moda, Casado, que es un artista de la pista a la hora de recordar el nombre de las esposas de aquí y de acullá.

Un grupo nutrido de plumillas, con toque sanchista, agasajaba –no me atrevo a decir pelotilleaba, aunque podría– al súper orondo José Luis Ábalos, con esa imagen típica del aldeano levantino vendiendo toneladas de naranjas. Este súper ministro se ha creído, en efecto, que es de verdad. Su volumen se ha ensanchado considerablemente. El resto de los ministros pasaron desapercibidos por completo. Hubo gente que confundía a ministras como Ribera o Maroto con edecanas de algún personaje más relevante.

El Duque de Alba, sin embargo, vendía su Palacio de Liria “popularizado” como si se tratara del MoMA de Nueva York, qué digo, el MoMA, como la National Gallery. ¡Un artista!

La conversación general de los corrillos giró en torno a la inminente sentencia que el Tribunal Supremo hará recaer contra los golpistas catalanes y que todo el mundo había leído ya en El Confidencial. Lo sustancial, digo. A unos les parecía correcto y a otros –los de siempre– les parecía un exceso. Iván Redondo trataba de explicar a un conocido columnista de La Vanguardia cuál iba a ser la posición de Pedro Sánchez al respecto.

Los ex del PSOE y los ex del PP fueron los más numerosos. Y los más solitarios. Juanma Moreno, presidente de Andalucía, hacía esfuerzos para remar para su jefe de filas. No se engañen: no era Soraya Sáenz de Santamaría. Feliz como una perdiz como letrado en el Senado, Íñigo Méndez de Vigo, todo señorío y todo pulcritud. Qué decir de Javier Maroto, cuyo rol parece haber caído en desgracia en el entorno casadista y él niega la mayor. Ana Pastor, la de verdad, explicando el cómo y el porqué sigue al timón. La impresión general sobre el 10-N es que ganará el PSOE, levemente quizá, pero que resultará inevitable un acuerdo –gran acuerdo, histórico acuerdo– con el Partido Popular de Casado. “A Sánchez la campaña se le va a hacer demasiado larga…”, musitaba un consultor independiente que nadie sabe cómo se coló en el impresionante edificio del Palacio Real.

¿Periodistas? Los de siempre, apilados en corrillos acordes con sus pretendidas militancias ideológicas. Faltó mucha gente del Ibex –¡todo el mundo buscaba a Ignacio Sánchez Galán!– y la conclusión que podría extraerse con un mínimo ápice de pituitaria es que la fiesta nacional no pasará a los anales de la historia. Este último 12-O fue más bien un aquelarre de transición.

Como España, que siempre está en “transición”. Ayer y hoy. Pero hoy más.
Y, ¿el Rey? Como siempre, en su sitio. Sin moverse un mechón.
Y, ¿la Reina? Como siempre. Una cariátide.

La Feria de las Vanidades
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