¿Gobernados por una consultocracia?
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Francesc de Carreras

La funesta manía de escribir

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¿Gobernados por una consultocracia?

La novedad está en que estos consultores, en lugar de influir, desplacen a los políticos en la toma de decisiones, ocupen su lugar y, de hecho, se conviertan en los auténticos políticos

Foto: Iván Redondo (d), el hombre de confianza del presidente Pedro Sánchez (i). (EFE)
Iván Redondo (d), el hombre de confianza del presidente Pedro Sánchez (i). (EFE)

Monocracia, aristocracia, teocracia, acracia, democracia, partidocracia, tecnocracia, ¿consultocracia?. Ya sé que esta última palabra –o palabro, mil excusas– no está en el diccionario pero no me extrañaría que pronto lo estuviera por dos razones. La primera, porque está empezando a ser una realidad y, la segunda, por la rapidez y el ímpetu con la que se está imponiendo en España.

Como sabemos, 'kratos', en el griego clásico, puede traducirse por poder. Y los términos antes enumerados, todos acabados con el sufijo '-cracia', significan, respectivamente, el poder de una persona, de una élite, de Dios, de nadie, del pueblo, de los partidos, de los técnicos y, en interrogante, de los consultores políticos. Averiguar el sentido general de consultocracia, y de su posible contradicción con democracia, es el propósito de este artículo. Vayamos por partes.

¿Qué es un consultor? Es una persona o una entidad (consultora o consultoría) dedicada a asesorar sobre una materia en la que está especializada, en la que es experta. Etimológicamente, también tiene este significado porque proviene del latín 'consultus' cuya traducción es asesoramiento. Consultar consiste, pues, en requerir un consejo de otro. Por tanto, el consultado no decide, precisamente se le pide consejo para ayudar a que decida quien está dotado de esta facultad.

El consultado no decide, precisamente se le pide consejo para ayudar a que decida quien está dotado de esta facultad

En el mundo de la política, es decir, del poder, siempre ha habido consultores cuya función consiste en aconsejar al político que es quien tiene la responsabilidad de adoptar la solución más conveniente a los problemas que se le plantean. Por tanto, esto no es nuevo, proviene de tiempos inmemoriales, el consultor siempre ha sido necesario, bien sea por su experiencia, conocimientos, sentido de la responsabilidad, prudencia o mesura, virtudes todas ellas connaturales a la actividad política, bien porque son expertos en técnicas concretas, como es el caso del derecho, la economía, la defensa, la seguridad, las obras públicas, etc. Estas tareas responden a una tradición de milenios.

Por tanto, no hay consultocracia porque los políticos se rodeen de asesores. La novedad está en que estos consultores, en lugar de influir –que es su función– desplacen a los políticos en la toma de decisiones, ocupen su lugar y, de hecho, se conviertan en los auténticos políticos, pasando quienes son los titulares formales del poder a simples actores que interpretan la obra que han escrito y dirigido los consultores. Es decir, la novedad es que los consultores manden.

Ahí, pues, se han invertido las funciones de unos y otros con una agravante que se debe remarcar. En una democracia, los políticos, de forma directa o indirecta, son los representantes de los ciudadanos, han sido elegidos y son responsables de sus actividades mientras desempeñen el cargo. A los consultores, en cambio, ni los hemos elegido, ni siquiera –con alguna excepción– sabemos sus nombres y apellidos, tampoco los méritos adquiridos para desempeñar tan importante función. Son personas sin rostro conocido que deciden en nuestro nombre cuando su papel debería ser, simplemente, el de asesorar a quien es el titular formal de las decisiones políticas, el que debe rendir cuentas ante los electores.

Pasando quienes son los titulares formales del poder a simples actores que interpretan la obra que han escrito y dirigido los consultores

Todo estos riesgos se acentúan en el caso de los consultores políticos, unos profesionales de contornos imprecisos que han proliferado desmesuradamente en los últimos tiempos. No son, por tanto, especialistas en materias concretas debido a su profesión –economistas, juristas, ingenieros, arquitectos, médicos, entre otros– sino en materias más globales e inciertas: analistas de datos, estrategas electorales, expertos en marketing político, asesores de imagen y de comunicación, normalmente licenciados en Ciencias Políticas y en Periodismo.

La finalidad para la que son reclutados por los partidos políticos es alcanzar el poder dando una buena imagen del líder y de su equipo, no explicando a los ciudadanos los planes políticos a seguir ni la ideología desde la que se enfocan. Para ello se dedican a excitar las emociones y los sentimientos, cuidar la estética escenográfica, redactar discursos con más palabras y frases brillante que ideas, buscar espacios de electores indecisos para convencerlos aunque los argumentos sean contradictorios con el programa, suministrar consignas por tuits y faltar a la verdad en las redes sociales, confrontar a unos con otros mediante acusaciones falsas de fascistas y comunistas.

En fin, todo eso lo saben ustedes. Pero lo realmente grave es que los consultores asuman la dirección de las tácticas políticas en función de una estrategia cuyo solo objetivo es ganar, vencer, derrotar al otro en el corto plazo sin saber muy bien cual será la próxima etapa. Aquella frase tan conocida de ir de victoria en victoria hasta la derrota final es apropiada para estos casos.

La finalidad para la que son reclutados por los partidos políticos es alcanzar el poder dando una buena imagen del líder y de su equipo

Estas consideraciones vienen a cuento porque los hechos hacen reflexionar. Pedro Sánchez escogió a un consultor, según dicen, competente. Un profesional que antes había asesorado al PP. Lo escogió para ganar, primero, las elecciones internas a secretario general del PSOE y, ante el inesperado éxito, lo mantuvo para derrotar a Rajoy en una moción de censura, aunque fuera a toda costa.

En las elecciones internas Sánchez prometió que la vía del socialismo era llevar a cabo un pacto con los nacionalistas y los populistas. Consecuente con ello planteó en colaboración con estos acompañantes la famosa moción que también ganó. Después ha disuelto dos veces las cámaras y ha convocado dos elecciones. Todo ello en menos de tres años. ¿Ha llevado a cabo un programa de cambios con una perspectiva coherente? No. Simplemente ha ido trampeando los obstáculos que se le presentaban –la pandemia en primer lugar– sin rumbo fijo. Pero alcanzó la presidencia del Gobierno y ahí sigue. De eso se trataba.

España está siendo analizada con lupa por la UE para ver si goza de la suficiente confianza y puede recibir las famosas ayudas. De momento, está en la cola de los países europeos para salir lo menos malparado posible de la crisis. ¿Quién es el todopoderoso jefe de su gabinete gigante? Iván Redondo, el consultor. Parece que no asesora, sino que manda. El objetivo se ha conseguido. Esa era la función que tenía encomendada. ¿Estamos gobernados por una consultocracia? Esa es mi impresión. ¿Hacia dónde vamos? No lo sé.

Monocracia, aristocracia, teocracia, acracia, democracia, partidocracia, tecnocracia, ¿consultocracia?. Ya sé que esta última palabra –o palabro, mil excusas– no está en el diccionario pero no me extrañaría que pronto lo estuviera por dos razones. La primera, porque está empezando a ser una realidad y, la segunda, por la rapidez y el ímpetu con la que se está imponiendo en España.

Pedro Sánchez PSOE Iván Redondo Consultoría