Pactar tras indultar
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Francesc de Carreras

La funesta manía de escribir

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Pactar tras indultar

No veo síntomas en Cataluña que puedan propiciar este nuevo ambiente que se desea desde Madrid. Por de pronto, no sabemos ni siquiera quién manda allí

placeholder Foto: El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès. (EFE)

El pueblo opresor concede la libertad al pueblo oprimido no por magnanimidad sino por la fuerza y el valor de sus razones. Este podría ser el marco simbólico del catalanismo para presentar ante los suyos ese indulto que parece ya decidido. En el otro campo, en el del Gobierno del Estado, la razón esgrimida es que el indulto puede propiciar un nuevo y mejor ambiente en las relaciones con la Generalitat que pueda propiciar una solución plausible al mal llamado 'problema catalán'. Esto es al menos lo que se dice en medios gubernamentales. Y añaden: "Lo peor es no hacer nada". ¿Hacer algo con pocas esperanzas para evitar este 'no hacer nada'? ¿Vamos a ciegas?

Soy netamente pesimista. No veo síntomas en Cataluña que puedan propiciar este nuevo ambiente que se desea desde Madrid. Por de pronto, no sabemos ni siquiera quién manda allí. Un Govern formal en Barcelona presidido por Aragonès con cargos estratégicos impuestos desde Waterloo. ¿Se aclaran entre ellos? No parece. Además, que ERC practique un "independentismo pragmático", sea esto lo que sea, pero que suena a ser menos intransigente que las posiciones de Puigdemont, tampoco me convence.

Foto: El presidente del Gobierno, Sánchez, con el de la Generalitat, Aragonés. (EFE)

Hasta ahora, no ha sido esta la trayectoria de ERC, al contrario: fueron independentistas a fines de los ochenta, antes que Convergència; se descolgaron en el último instante de aprobar el nuevo Estatut en 2006 por razones poco creíbles, más bien por no comprometerse en su futuro fracaso; en el momento culminante de fines de octubre de 2017, cuando Puigdemont estaba decidido a echarse para atrás y evitar el 155, Rufián colgó en las redes que el 'president' se había vendido por 155 monedas de plata y Junqueras mandó a su gente a la plaza de Sant Jaume para que vociferara que el 'president' era un 'botifler'. ¿Podrían haber cambiado? Podrían. A veces, la cárcel hace reflexionar. Sin embargo, por los antecedentes, no me fío ni un pelo de Esquerra.

El nacionalismo catalán se metió en un callejón sin salida en septiembre de 2012. Fue entonces cuando el presidente Artur Mas, tras la manifestación independentista del día 11, se asustó y, acosado por la mayoría de los dirigentes de su partido, decidió pasarse a las filas del independentismo cuando él, un racionalista formado en la escuela francesa, no era para nada partidario. Tenía que entrevistarse el día 21 de ese mes con Rajoy para empezar a discutir sobre la posibilidad de establecer un concierto fiscal con Cataluña al modo vasco.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control al Ejecutivo. (EFE)

El presidente catalán quería pasar el resto de legislatura, dos años más, debatiendo sobre esta cuestión, sabía que Rajoy no iba a ceder, en realidad no podía, y ello le permitiría hacerse la víctima para tener contentos a los suyos. A lo que estaba decidido era a introducir elementos de liberalismo económico en la legislación de la Generalitat y en seguir practicando las políticas de austeridad para combatir la crisis económica.

La manifestación del 11 de septiembre de 2012 debía ser reivindicativa, pero el objeto de esa reivindicación era el pacto fiscal, el concierto económico. Desde el interior de su partido, utilizando la recientemente constituida Asamblea Nacional de Cataluña, se cambió el eslogan: 'Catalunya un nou Estat d'Europa'. Se pasó de la cuestión fiscal a la política, de la autonomía a la independencia. Me lo había advertido en julio, enigmáticamente, un alto, altísimo, dirigente de Convergència: "En los próximos meses, pasarán cosas muy gordas". Entonces entendí el críptico mensaje.

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De esta forma improvisada, CiU se pasó al independentismo. No habían calculado ni la reacción de la UE, ni las consecuencias económicas, ni la imposibilidad jurídica y constitucional ni el vacío de la sociedad internacional. No habían calculado nada, solo el voluntarismo inconsciente y la pura ignorancia. A Duran Lleida le entró una visible e irritada indignación.

Artur Mas, un hombre frío y calculador, optó por la vía pragmática. "Convoco elecciones", pensó, "las ganaré con mucha diferencia porque los de la manifestación son los míos y, además, así me sacudiré de encima a ERC, de cuyo apoyo parlamentario dependo para gobernar y que son un incordio porque no me permiten hacer mis políticas liberales 'bussines friendly". Se equivocó de medio a medio: en diciembre obtuvo 10 diputados menos y Esquerra 10 diputados más. Había quedado todavía más prisionero de los de Junqueras y, además, había hecho el ridículo. Ahí empezó su camino de perdición.

Foto: El líder de ERC, Oriol Junqueras, y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)

El 23 de enero de 2013, el Parlamento de Cataluña aprobó una resolución por la cual declaraba que "de acuerdo con la voluntad mayoritaria expresada democráticamente por el pueblo de Cataluña, el Parlamento de Cataluña acuerda iniciar el proceso para hacer efectivo el ejercicio del derecho a decidir para que los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña puedan decidir su futuro político colectivo, de acuerdo con los siguientes principios". El primero de estos principios decía: "El pueblo de Cataluña tiene, por razones de legitimidad democrática, carácter de sujeto político y jurídico soberano". Había comenzado, formalmente, lo que a partir de entonces se denominó 'procés'.

La Historia se explica por razones de fondo, pero ciertos acontecimientos la precipitan. El 14 de julio francés, la batalla de Cavite en Filipinas, la ocupación de Polonia por Hitler. Las causas eran muy anteriores, pero estas fechas son los 'évenements' que quedan para la Historia. Cuidado con pactar con ERC, gran peligro de salir trasquilado.

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