El 155 y el espejismo de la estabilidad política

En el supuesto de que se solvente la elección del 'president' y se constituya un gobierno con voluntad de una legislatura larga, el escenario político que nos aguarda es de convulsión

Foto: Vista del hemiciclo del Parlament, a una semana de su constitución. (EFE)
Vista del hemiciclo del Parlament, a una semana de su constitución. (EFE)

Tres semanas después de la celebración de las elecciones catalanas, y observados los comportamientos de las distintas fuerzas políticas, nadie puede albergar duda alguna: los independentistas ganaron las elecciones. Siempre pensé y escribí que ese era el escenario más probable. Si el resultado final hubiera sido ajustado, las posibilidades de un gobierno constitucionalista habrían sido remotas. Ha quedado demostrada la resiliencia del voto soberanista.

Nos hallamos ahora ante las dos cuestiones decisivas del proceso político catalán. La primera, ¿puede ser Puigdemont investido 'president'? Y la segunda, superada la investidura, ¿puede el independentismo garantizar un gobierno estable que aleje el 155 definitivamente? Hasta el último minuto, Puigdemont​ intentará ser elegido. La vía para conseguirlo es para él un enojoso tema pero sabe a ciencia cierta que su futuro político y personal depende de la circunstancia de que la ficción del "gobierno legítimo" siga en pie. Su continuidad es la del gobierno destituido por el 155 y la de la República proclamada por el Parlament. Fuera de este marco político, el líder de JuntsxCat tiene los días contados. Lo sabe y cualquier solución que llegue a pactar con ERC tendrá en consideración su destino personal. Por eso asistimos, sorprendidos y perplejos, a una inacabable sucesión de tácticas a cual más disparatada. Sin despejar esta incógnita, el Parlament permanecerá bloqueado más allá de la segura elección de una Mesa independentista en los próximos días.

Hay más de dos millones de independentistas que no van a consentir una política que disimule lo que ellos entienden que son conquistas políticas

La segunda cuestión es más relevante, que JuntsxCat, ERC, la CUP y/o los comunes consigan un gobierno estable para una larga legislatura, —la última recomendación de Mas— es extraordinariamente difícil. Puedo asegurar que en el espíritu de muchos líderes independentistas prima el deseo de una legislatura pacífica que garantice, primero, la recomposición de sus fuerzas; asegure, después, los siguientes pasos a dar, y desarrolle bases sólidas para el asalto, que ellos esperan definitivo. Creo, sinceramente, que ese es el propósito de algunos dirigentes de ERC y del PDeCAT. Sin embargo, me parece irrealizable.

En el supuesto de que se solvente en términos políticos y jurídicos razonables la elección del 'president' de la Generalitat y se constituya un gobierno con voluntad de asegurar una legislatura como la de arriba referida, con unos 'consellers' de perfil más o menos técnico, el escenario político que nos aguarda es de convulsión. Hay más de dos millones de independentistas que lucen tenaces día a día su lazo amarillo que difícilmente van a consentir una política que disimule lo que ellos entienden que son conquistas políticas respecto al Estado español. En otras palabras: las bases del soberanismo serán más consecuentes con sus convicciones políticas que sus dirigentes.

Pienso que, a la larga, ese sentimiento de rebeldía puede pasar de la indignación a la resignación, y de esta a la indiferencia, pero hay un elemento crucial que va a perturbar un designio como el apuntado: los procesos judiciales. Como es natural, la justicia tiene sus propios tiempos pero en este caso la celebración de los diversos juicios que la causa independentista tiene acumulada puede ser un constante torpedeo en la línea de flotación de un gobierno a la defensiva. Los independentistas no aceptarán por las buenas que los líderes del gobierno y de las organizaciones de masas ANC y Omnium, que han protagonizado el 'procés', se encuentren en una situación sin salida.

Carles Puigdemont. (Reuters)
Carles Puigdemont. (Reuters)

Los años del 'procés' se han caracterizado por el empleo de una retórica inflamada dominada por la aparente asunción de los principios y muy vacía respecto a los pasos para implementar políticas realistas que respondieran eficazmente a las evocaciones épicas del día a día. La proclamación de una república por nadie reconocida sin un solo efecto práctico pero que el secesionismo considera que, a todos los efectos, es operativa es un buen ejemplo. Apartarse de esta actitud mental, renunciar a estos hábitos de conducta en un clima de serenidad y de un incipiente dialogo podría ser posible. Pero estimo que no habrá dialogo con el gobierno español sobre las bases exigidas por el independentismo catalán. Con seguridad, el desarrollo de los juicios en nada va a ayudar a atemperar las pasiones y a la rectificación de la estrategia.

Hay que aceptar que la realidad del separatismo catalán va a quedarse por un largo tiempo

Muchos sostienen que el 'procés' ha acabado. Se equivocan. Algunas de las renuncias que hemos conocido esta semana son significativas pero no nos autorizan a pensar que más allá de una actuación personal hay un deseo explícito de abandonar el 'procés'. Las renuncias de Mundó​, Mas y Lloveras deben entenderse más en clave personal que en términos de distanciamiento del 'procés'. Artur Mas sabe que en las circunstancias presentes poco puede aportar a la actual etapa del 'procés' y entiende, naturalmente, que su defensa ante los juicios que se avecinan requiere de una percepción política que le aleje del centro del huracán. No deberían confundirse estas actitudes con la voluntad de rectificación de los independentistas. Cualquier paso que se dé en el futuro inmediato por buena parte del movimiento organizado del soberanismo será resultado de enfoques tácticos diversos pero sospecho que la estrategia de fondo no variará.

¿Dónde reside entonces la esperanza? ¿Cómo podemos pensar en una solución que lentamente vaya revertiendo el actual estado de cosas en Cataluña? No hay atajos, no puede haber falsas expectativas. Debemos huir de los análisis simplistas. Hay que aceptar que la realidad del separatismo catalán, motivada por factores complejos que hemos analizado en muchas ocasiones, va a quedarse por un largo tiempo. Incluso corremos el peligro de que miles de jóvenes y niños que han vivido estos últimos años en un ambiente de exaltación y euforia se sumen, sin atadura alguna, a la causa del secesionismo. Habrá que formular desde el ámbito de los conceptos, las ideas y los análisis relatos específicos capaces de vencer políticamente el independentismo y defenderlos con determinación. No hay subterfugio posible. Ese debería ser el objetivo en Cataluña y en España de todos aquellos que apostamos por la Cataluña autónoma, por su libertad y por su prosperidad. Cuanto antes nos pongamos manos a la obra antes devolveremos Cataluña a la posición política e institucional en España y en Europa que nunca debería haber abandonado.

Libertad de elegir

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