¿Crisis de Gobierno inminente? No tan deprisa
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Ángel Alonso Giménez

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¿Crisis de Gobierno inminente? No tan deprisa

El presidente tomará la decisión como ha tomado todas las demás de envergadura: consultará a los cinco o seis dirigentes con los que habla siempre, su círculo de confianza, y cocinará la remodelación

placeholder Foto: Calvo, Calviño, Sánchez y Ribera en un Consejo de Ministros. (EFE)
Calvo, Calviño, Sánchez y Ribera en un Consejo de Ministros. (EFE)

Los mundos de la política y del periodismo político llevan tantas semanas hablando y escribiendo sobre una crisis de Gobierno en julio que si al final no es así, un punto de frustración será inevitable. Dejaremos la autocrítica para otros foros y otros momentos. Este medio, el pasado 5 de mayo, fue de los primeros en retratar lo que entonces era una cierta corriente crítica. Distintos dirigentes socialistas, a la vista del desastre electoral de la Comunidad de Madrid, pusieron voz a una constatación por entonces solamente interna. El crédito del Gobierno de Pedro Sánchez se había agotado. El 4-M quebró la tierra bajo los pies de Pedro Sánchez y le colocó ante un precipicio. En política, para sortear barrancos y acantilados, existen varios recursos, pero uno es obligatorio: tomar la iniciativa y marcar la agenda.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Desde entonces, se han multiplicado los rumores y las cábalas. Las quinielas. Una suerte de axioma se ha instalado entre la clase política y dice que si un cargo o nombre entra en dichas quinielas antes de tiempo, queda automáticamente excluido de los cambios que se avecinen.

El rumor, cuando de cambios de Gobierno se trata, logra un efecto demoledor entre los ministros. Si se suceden durante un periodo de tiempo concreto, de forma sostenida, generan una percepción distorsionada de la realidad. La suspicacia y la perspicacia (muchas veces confundida con malicia) se convierten en motores anímicos y laborales, y todas las miradas de pronto cobran tres o cuatro significados conspirativos. Y ojo si el presidente se queda un rato en privado hablando con ese o esa dirigente que ha empezado a aparecer en las especulaciones. El Ejecutivo de Pedro Sánchez lleva así dos meses.

¿Pero va a ser en julio?

Es ya improbable, pero no descartable. La competencia para diseñar el Gobierno es exclusiva del presidente. Es de esas facultades, en este caso amparado por el ordenamiento legislativo, que miden con precisión el tamaño del poder. La vanidad se pone bien contenta cuando uno comprueba que una decisión suya marca el destino de terceras personas. Un presidente sabe que cuando llama a alguien para ofrecerle un Ministerio, está ejerciendo una de las variantes del poder más potentes. Decir "no" se suele interpretar como un desdén o una imprevista demostración de deslealtad. Esto ocurre en todas las empresas, en los medios también, por supuesto.

placeholder Pedro Sánchez y Carmen Calvo, en el hemiciclo del Congreso. (EFE)
Pedro Sánchez y Carmen Calvo, en el hemiciclo del Congreso. (EFE)

Pero no es lo mismo ser ministro de Transporte (antiguo Fomento) que alto directivo de una empresa. Un ministro tiene en su mano la posibilidad de hacer leyes. La posibilidad de influir en el Boletín Oficial del Estado. ¿Eso lo tienen los CEO? Algunos, pero de modo indirecto. Los CEO no van a los consejos de ministros, aunque puedan colar sus presiones. Se ha subestimado mucho el poder de los gobiernos. Importante error de percepción. Ser ministro/a, por tanto, es una culminación, la cima de una montaña, al menos sigue siendo así a pesar de todas las consecuencias ajenas y a veces fatales. Máximo Huerta o Carmen Montón, por citar dos casos relacionados con Pedro Sánchez, cogieron las carteras de Cultura y de Sanidad, respectivamente, pero tuvieron que devolverlas poco tiempo después porque se les descubrieron problemas con hacienda y problemas con la formación académica. Al daño reputacional, se une lo evidente: adiós al poder.

Foto: Pedro Sánchez. (Reuters) Opinión

Cada presidente ha patentado un método para la formación de sus gobiernos. El "cuaderno azul" simbolizó el poder de José María Aznar. José Luis Rodríguez Zapatero solía lanzar el nombre antes del nombramiento. Mariano Rajoy metía sus decisiones en una caja fuerte, tal era su discreción. Pedro Sánchez alargó los golpes de efecto durante una semana cuando compuso su primer Ejecutivo. Le fue bien porque irrumpieron nombres tan llamativos y sorprendentes que logró el objetivo buscado: que trascendiera que su guía y su motivación fue la excelencia y mérito, por encima de la afiliación al PSOE. Es una constante en él, la verdad. En breve, extenderá este criterio al PSOE.

Qué quiere el presidente

Por retomar el hilo del principio: lo que desea Sánchez es tomar la iniciativa política y marcar los tiempos. Para ello ha barajado con bastante habilidad una serie de cartas tras el batacazo del 4-M y la consolidación, como fenómeno electoral, de Isabel Díaz Ayuso.

La primera carta fue la de los indultos a los presos del 'procés'. Por primera vez en unos cuantos meses, Moncloa ha planificado una estrategia comunicativa que, obviando sobreactuaciones, ha permitido proteger al presidente con solvencia. Este pasado miércoles, fue al Congreso a explicar las razones por las que decidió la medida de gracia, que es otra potestad suya, pero el debate ya estaba tan manoseado que el margen de novedad era mínimo. Solo le faltaba delimitar el campo de juego, normativamente hablando. Es lo que hizo al rechazar una reforma de la Constitución. El tiempo dirá, le contestó el portavoz de ERC, Gabriel Rufián.

La segunda carta que ha barajado con habilidad ha sido la de la salida de la pandemia. El ritmo de vacunación está yendo francamente bien y por las calles ya puede no llevarse mascarilla.

La tercera carta es la de la recuperación económica. Sánchez recibió hace un par de semanas a la presidenta de la Comisión Europea para presentar el aval de la institución comunitaria al plan del Gobierno para repartir los fondos europeos. La nota es alta, la satisfacción de Bruselas con el mandatario socialista no se esconde. El líder del PSOE está fuerte en Europa, es algo que debe tener en cuenta Pablo Casado. Durante el debate de este miércoles en el Congreso, Sánchez concretó previsiones macroeconómicas y laborales muy alentadoras. Acuerdos como el de las pensiones y los datos de empleo conocidos este viernes facilitan la estrategia, la llevan en volandas.

La cuarta carta, relacionada con la primera, es la inauguración de una versión del siglo XXI del espíritu constituyente, en lo que ha encajado la nueva operación de diálogo con la Generalitat de Cataluña. Dados los indultos, hay que sentarse a una mesa a perfilar el futuro, las vías del futuro. Habrá dos mesas, una enrevesada y arriesgada, que es la del encaje de Cataluña en el Estado; otra, no menos alambicada, se prevé más fluida y satisfactoria, ya que versará sobre economía y la consabida recuperación.

Y la quinta, aún por mostrar, es el cambio de Gobierno.

Fin de curso-Comienzo de curso

Por repetir: lo que desea Sánchez es tomar la iniciativa y manejar los tiempos.

Hacer una crisis de Gobierno a final de curso puede sonar extraño. Si se trata de remodelar el gabinete para acompasarlo a la exigencia de la iniciativa política, julio no parece buen momento, pues es el mes en el que se acaba un periodo del ciclo político. Otra cosa es septiembre, o finales de agosto, la última semana.

Foto: Imagen: Pablo López Learte.

Asimismo, durante las próximas semanas, Sánchez va a volver a aprovechar otra de sus preferencias: la agenda internacional. Irá de gira oficial por países bálticos en unos días, y más adelante, una de sus principales prioridades: Estados Unidos.

Entre medias, una política nacional que estará muy pendiente de Cataluña, en concreto de los comienzos de las comisiones bilaterales y de los bocetos que se puedan ir intercambiando las administraciones sobre la composición de la mesa de diálogo, y una campaña de vacunación que se irá acercando al umbral del 70 por ciento de la población inmunizada. El cálculo del Gobierno sitúa este escenario a finales de agosto.

placeholder Sánchez, en el último pleno del Congreso. (EFE)
Sánchez, en el último pleno del Congreso. (EFE)

Puede ser, este sí, buen momento para anunciar la remodelación del Gobierno.

Este análisis se ha sustentado en intercambios de impresiones con varias fuentes gubernamentales y socialistas. Son especulaciones más o menos fundadas. Nadie tiene la certeza, salvo Pedro Sánchez. Antes de decidir el cuándo, el cómo y quiénes, hablará con los cinco o seis dirigentes a los que consulta todo. Escuchará atentamente, como siempre hace, y luego se encerrará en su despacho para cocinar la remodelación. Así lleva actuando desde 2017. Así lo hará de nuevo.

Los mundos de la política y del periodismo político llevan tantas semanas hablando y escribiendo sobre una crisis de Gobierno en julio que si al final no es así, un punto de frustración será inevitable. Dejaremos la autocrítica para otros foros y otros momentos. Este medio, el pasado 5 de mayo, fue de los primeros en retratar lo que entonces era una cierta corriente crítica. Distintos dirigentes socialistas, a la vista del desastre electoral de la Comunidad de Madrid, pusieron voz a una constatación por entonces solamente interna. El crédito del Gobierno de Pedro Sánchez se había agotado. El 4-M quebró la tierra bajo los pies de Pedro Sánchez y le colocó ante un precipicio. En política, para sortear barrancos y acantilados, existen varios recursos, pero uno es obligatorio: tomar la iniciativa y marcar la agenda.

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