Haremos cosas que helarán la sangre de las víctimas...

La excarcelación de uno de los secuestradores, carceleros y torturadores de José Antonio Ortega Lara pone a prueba la diferencia entre un Estado de Derecho y una banda

La excarcelación de uno de los secuestradores, carceleros y torturadores de José Antonio Ortega Lara pone a prueba la diferencia entre un Estado de Derecho y una banda de criminales sin escrúpulos, entre una sociedad que se guía por las leyes de las que ha decidido dotarse y unos asesinos incapaces de sentir la más mínima piedad por sus más de 900 víctimas. Pero, también, la libertad de Uribetxeberria Bolinaga es un hito más en el largo camino de agradecimiento que la sociedad española, algún día, debe dedicar a las víctimas de la barbarie etarra.

Políticamente, hay poca discusión. El reglamento de Instituciones Penitenciarias establece una serie de parámetros para conceder el tercer grado a un recluso, enfermo terminal de cáncer. Bolinaga, según los médicos consultados, tiene una muy alta probabilidad de morir en un año. El juez Pedraz, casi con toda seguridad, decidirá mañana que cumpla condena en su domicilio y bajo control. El problema viene cuando la izquierda proetarra intenta aprovechar la enfermedad de su acólito para plantear un pulso al Gobierno. ¿Si la ley lo dice, por qué ponerse en huelga de hambre? ¿No debería haber obligado el Ejecutivo a que dejaran su desafío –maquillado entre lonchas de jamón york del economato que escondían muchos en los colchones o tras un desayuno contundente, como el valiente gudari Otegui– antes de poner en libertad a Bolinaga? Probablemente, pero éste ha sido otro episodio mal gestionado desde la Administración.

Pero si políticamente parece más o menos claro, sentimentalmente el caso de Bolinaga se complica hasta extremos de náusea. Que Bolinaga, uno de los cuatro carceleros que mantuvieron a Ortega Lara en un zulo durante 532 días, que se iban por las noches a dormir plácidamente a sus casas mientras un hombre moría en vida en un habitáculo poco mayor que un ataud (2,40 por 1,70), que le castigaban teniéndole más de 16 horas en una oscuridad permanente y que, cuando la Guardia Civil le pedía que desvelara cómo se accedía al zulo de la nave de Mondragón, respondía “que se muera ese carcelero”, que ese individuo reclame ahora la piedad que nunca tuvo con Ortega Lara es una auténtica prueba de fuego en la que la sociedad debe demostrar cuánto nos diferencia de una banda de asesinos.

Para aquellos que quieran recordar hasta donde puede llegar la maldad de un individuo que ahora reclama el amparo del mismo Estado y las mismas leyes que ha pretendido destruir con bombas, tiros en la nuca y secuestros, les recomiendo que vean la primera –y una de las únicas- entrevistas que concedió Ortega Lara. Fue a Fernando Sánchez Dragó en Telemadrid, en el año 2007, diez después de su liberación. En ella, con total serenidad, Ortega Lara va desgranando la tortura de sus 532 días de cautiverio, en los que perdió 25 kilos hasta ser liberado con apenas 49, cómo le pidió al agente de la Guardia Civil que bajó a su zulo que le matara “de una puta vez”, creyendo que era uno de sus captores...

Cuesta trabajo no dejarse llevar por las vísceras al saber que el carcelero que hizo pasar por esto a Ortega Lara va a salir mañana de la cárcel. Y es imposible ponerse en la piel del propio Ortega Lara o de las otras víctimas del terrorismo (no hay que olvidar que Bolinaga participó también en el asesinato de cuatro guardias civiles). Pero precisamente por eso, a las víctimas hay que permitirles, es lo mínimo, que expresen su dolor, que digan, como manifestó la presidenta de la AVT a este diario, que se sienten traicionadas por este Gobierno como se sintieron por el anterior. Todos los gobiernos han liberado presos enfermos, todos han acercado etarras a las cárceles vascas por cálculos más o menos políticos amparándose en distintas interpretaciones de la ley. Ya lo dijo la madre de Joseba Pagazaurtundua a Patxi López“Harás cosas que nos helarán la sangre”. Pero por lo menos, dejemos a las víctimas quejarse sin insultarlas por ello. Es lo mínimo que este país les debe después de cuarenta años dando un ejemplo que nadie, aún, ha sabido valorar.

Luna de Papel
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