De la sombra de Paracuellos a las luces de la Transición

Santiago Carrillo (Gijón, 1915) ha muerto y, hasta el final (álbum de la capilla ardiente), le ha perseguido la sombra de la matanza de Paracuellos, los

Santiago Carrillo (Gijón, 1915) ha muerto y, hasta el final (álbum de la capilla ardiente), le ha perseguido la sombra de la matanza de Paracuellos, los varios miles de presos ‘sacados’ en autobuses de cuatro cárceles (Modelo, Porlier, San Antón y Ventas) de un Madrid asediado por el Ejército de Franco a partir del 6 de noviembre de 1936. Carrillo acabó mandando literalmente “al infierno” a quien le preguntaba “por ese pueblo del que antes ni siquiera había oído hablar”. Pero los documentos aparecidos en los últimos años, desde el de la CNT desvelado por Jorge Martínez Reverte en su La batalla de Madrid hasta material desclasificado del KGB, dejan pocas dudas sobre el papel del joven miembro de las Juventudes Socialistas como consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid.

 

“Las sacas del siete de noviembre, es decir, la evacuación del siete de noviembre -porque lo que fue es una evacuación que luego, eh…- fue decidida en conjunto por la Junta de Defensa… Claro, se le puede creer a uno, o no se le puede creer, pero es que yo no tuve en ese momento noción ni de cómo se hizo esa evacuación, ni de qué pasó en la evacuación”. Así respondía Santiago Carrillo a Ian Gibson en el libro-entrevista de 2005 (p.221) sobre la matanza de Paracuellos.

En un Madrid cercado por las tropas, el Gobierno de Largo Caballero decide trasladarse a Valencia y deja al frente de la capital a Miaja, con la orden de que resista lo que pueda. Esa misma madrugada del 6 de noviembre se conforma la Junta de Defensa Nacional, con el joven Santiago Carrillo al frente de la Consejería de Orden Público. “Entonces, Miaja nos reúne esa noche, no recuerdo exactamente a qué hora, pero quizá hacia las diez de la noche. Sé que la reunión termina a las dos de la madrugada. Y esa noche ya se reparten las funciones en la Junta de Defensa, y a mí me dan la Consejería de Orden Público, todavía no sé muy bien por qué…”. (p. 211).

¿Quién firmó la orden?

En la entrevista, Gibson pregunta a Carrillo por la evacuación de la cárcel Modelo: “¿Sería que hubo una orden de evacuación firmada por…?”

S.C. Una orden de evacuación, que yo creo que debió firmar Miaja, yo no sé…

I.G. Sí, sí, pero usted no firmó.

S.C. Creo que, incluso, yo no firmé, porque era una decisión… pero tampoco aseguro que yo no la haya firmado. No tengo recuerdo… Pero ésa fue una decisión de la Junta y, bueno, las órdenes para eso las dio el general, las dio él” 

El documento de Martínez Reverte desvela que esa noche se decidió el destino de los presos. El Gobierno republicano temía que los casi 8.000 reclusos de las prisiones fueran liberados (había cientos de oficiales del Ejército) por las tropas moras que se acercaban ya a los muros de la Modelo en el Parque del Oeste. Las actas del Comité Nacional de la CNT, elaboradas por Amor Nuño, dan cuenta de la reunión a la que Carrillo se refiere vagamente en la entrevista con Gibson. En esa cita en el Ministerio de la Guerra, deciden el destino de los presos en tres grupos, como recoge el Holocausto español de Paul Preston: “Fascistas y elementos peligrosos: Ejecución inmediata, cubriendo la responsabilidad”. Un segundo grupo, menos peligroso, “traslado a Chinchilla”. El tercero, formado por “elementos no comprometidos” quedará en libertad “con toda clase de garantías”. Los asesinatos en masa comenzaron a la mañana siguiente, 7 de noviembre, en Paracuellos del Jarama. 

En ocasiones, Carrillo se defendió asegurando que nunca tuvo noticia del destino que sufrieron los presos y que, en cualquier caso y en las circunstancias en las que estaba Madrid en aquel otoño de 1936, no hubiera podido impedirlo pues “eran elementos incontrolados”. Sin embargo, una figura ignorada en España, la del anarquista Melchor Rodríguez, le desmentirá. El viejo militante de la FAI, encarcelado cientos de veces en la dictadura de Primo de Rivera, denuncia las ejecuciones, logra que le nombren delegado de Prisiones y en diciembre, armado con una pistola descargada y un Ford con el que recorre todas las prisiones, consigue poner fin a las ejecuciones. Melchor Rodríguez, que murió en 1972, fue el encargado de entregar Madrid en 1939 y, luego, juzgado y encarcelado por el régimen franquista. Su deliciosa biografía está retratada en El ángel rojo, de Alfonso Domingo. Su lema era “se puede morir por una idea, nunca matar por ella”.

Pero volvamos a Carrillo. Como todo ser humano, su testamento vital está plagado de aristas, luces y sombras. La de Paracuellos no es la única losa, aunque sí la principal. El final de la guerra le pilla en Francia. Allí se ha refugiado tras caer el frente del Ebro. En sus memorias, llora por no poder volver a Madrid porque los aviones están llenos y está enfermo, atacado por la sarna. En una carta durísima maldice a su padre, el histórico socialista Wenceslao Carrillo, por apoyar el golpe del coronel Casado contra los comunistas que pone fin a la guerra. Sin embargo, otro histórico comunista como Líster, en su libro Así destruyó Carrillo el PCE (Planeta) desmiente su versión: “En el avión en que salí de Toulouse para la zona centro-sur -recordaría más tarde- la noche del 13 al 14 de febrero de 1939 (…) íbamos trece pasajeros a pesar de que el avión tenía 33 plazas. Es decir que veinte iban vacías”.

La lucha en el exilio, a la sombra de la Pasionaria, conoce otros oscuros episodios por el poder en el PCE. Pero décadas después llega la época de las luces. Y nadie puede negar la contribución de Santiago Carrillo en la transición española, su papel junto a Adolfo Suárez o tras el 23-F. La historia juzgará su comportamiento y su contribución esencial a la democracia en los años setenta y ochenta. Unas luces de última hora que intentan sobreponerse y vencer a unas sombras que le han perseguido hasta su muerte. 
Luna de Papel
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