La segunda muerte de Cristina Cifuentes (los Idus de Marzo, II)

La ya expresidenta de la Comunidad de Madrid, que sobrevivió a un brutal accidente de moto que le cambió la vida personal y política, acaba vencida por las mentiras de un máster

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Cristina Cifuentes ha caído. Lo que no pudo un brutal accidente de moto en la Castellana que la tuvo en coma inducido y postrada varias semanas ("deseé morir muchas noches porque no podía soportar el dolor") con el corazón politraumatizado, varias costillas rotas, derrame en la pleura y una traqueotomía de urgencia para poder respirar y que le dejó para siempre una marca visible que ella nunca quiso ocultar para que la recordara aquel 20 de agosto de 2013 en el que volvió a nacer y que desde entonces celebra como si fuera un nuevo cumpleaños, lo ha 'logrado' un máster de medio pelo en la Universidad Rey Juan Carlos y lo ha rematado un vídeo de 2011.

Cristina Cifuentes Cuencas (1 de julio de 1964), hija de militar y miembro de una familia de 8 hermanos, ha tirado finalmente la toalla acorralada por un máster al que se apuntó justo el 21 de diciembre de 2011, el mismo día en que Mariano Rajoy hacía público su Gobierno de la mayoría absoluta y ella no estaba entre los elegidos. Esos 25 días -los que pasaron entre el 21 de diciembre en que se matriculó en el "Máster Universitario en Derecho Público del Estado Autonómico" y el 15 de enero en que le comunicaron que sería la nueva delegada del Gobierno en Madrid- han sido, al final, los que acabarían costándole su carrera política.

Cifuentes, criada en el barrio de Moncloa, asidua en sus tiempos de estudiante al bar del padre de Juan Carlos Monedero, licenciada en Derecho por la Complutense, afiliada a Alianza Popular con apenas 16 años, desarrolló su carrera política en la Asamblea de Madrid, donde permaneció seis legislaturas. Parecía que su fama no pasaría de las tertulias locales, donde acudía en su moto y nunca cobró un euro -a diferencia de otros compañeros de partido y rivales políticos, que acudían a esas mismas televisiones en coche oficial y exigían puntualmente las retribuciones por sus apariciones televisivas-. Pero todo cambió en enero de 2012: era nombrada delegada del Gobierno para lidiar con el 15M, desocupar Sol, afrontar las marchas contra el Congreso. ¿Quién podría entonces terminar un máster?

Cifuentes comenzó a desfilar por las televisiones. Desde su imagen de verso suelto del PP -cultivada precisamente por su nueva jefa de Comunicación, Marisa González, la misma que acuñó esa figura diez años antes al lado de Alberto Ruiz-Gallardón- la republicana, agnóstica, motera, con cinco tatuajes se enfrentaba al 15-M con la contundencia que había faltado al último gobierno del PSOE. Su actuación le convirtió en la bestia negra de la izquierda radical, sufriendo incluso una persecución en plena calle mientras volvía a su casa y su hijo lo observaba todo desde la ventana. Todo aquello -y lo que vino después- hizo que a ojos de los principales dirigentes de Podemos y de quien iba a ser su rival en 2019, Íñigo Errejón, se convirtiese en "la figura más peligrosa del PP".

Y llegó su primera 'muerte'. El 20 de agosto de 2013 un conductor la arrolló en el Paseo de la Castellana y su cuerpo salió despedido de la moto contra una protección de hierro. Cinco costillas rotas, la pleura, el corazón politraumatizado, una traqueotomía de urgencia porque se asfixiaba... Estuvo más de un mes en La Paz. No fue consciente de que en las redes se deseaba su muerte y que no sobreviviera a la agonía; tampoco de las manifestaciones que protestaban por los recortes en la Sanidad Pública mientras a ella le salvaban la vida en la Paz. Pero igual que a José María Aznar el atentado de ETA en Arturo Soria le dio a ojos de mucha gente el carisma del que carecía para llegar a Moncloa, a Cifuentes el accidente le acabó humanizando, le cambió la perspectiva personal - "ya nada me pareció tan duro en política"- y multiplicó su proyección política. Eso sí, nunca jamás volvió a montar en moto.

La política que sabe que "es mejor a veces hacerse la rubia" acabó torciendo el brazo a Podemos en la calle. Aparecía en entrevistas en televisiones, radios, periódicos... Todos hablaban de sus tatuajes, de sus posiciones en temas como la iglesia o la monarquía... Era el perejil de todas las salsas. Y desde la Secretaría General del PP, su amiga y valedora, Dolores de Cospedal, maniobró para que se produjera la sucesión natural: Esperanza Aguirre se había marchado, Ignacio González le sucedía, Francisco Granados había sido detenido y "las ranas en la charca" del PP madrileño se multiplicaban. Cifuentes fue designada candidata del PP a la Comunidad de Madrid y Aguirre, a la Alcaldía. Pero fue ésta quien le hizo la mayor parte de su lista. Las elecciones de 2015, finalmente, convirtieron a Cifuentes -con pacto con Ciudadanos por medio- en la baronesa de la Comunidad más importante para el PP, mientras la sombra de la corrupción cercaba a Ignacio González, que acabaría detenido, y provocaría la huida definitiva de la política de una Esperanza Aguirre que se aburría en la oposición a Carmena.

Eran los tiempos en los que todo parecía ir de cara para Cifuentes. Presidía la Comunidad, limpiaba el PP de aguirristas y se convertía en la presidenta del partido, sus enemigos declarados (Granados, González) estaban en la cárcel o en casa (Aguirre). Pero ese mismo éxito era su principal amenaza. Comenzó a sonar en las quinielas para una hipotética sucesión de Rajoy. Muy cercana a Alberto Núñez Feijóo -el gallego la reclamó para la campaña autonómica y fue a la primera a la que dedicó su victoria con mayoría absoluta en 2016- y a Dolores de Cospedal, se convirtió en pieza de caza mayor y potencial víctima del fuego amigo: "al suelo que vienen los nuestros", es una de sus frases favoritas. Y llegaron los primeros Idus de Marzo.

Hace dos años, en marzo de 2016, este diario publicó "Cristina, cuídate de los idus de marzo...": ya vuelan los informes contra Cifuentes. En él se contaba cómo comenzaron a recibirse por las redacciones de Madrid supuestos vídeos sobre la presidenta en su época en que dirigía un Colegio Mayor, grabaciones en un centro comercial que estaría en posesión de un comisario hoy preso -y que, finalmente, ha salido a la luz para darle la puntilla-, unos papeles de una promoción de pisos en la Complutense -"no tengo ni casa propia, vivo de alquiler", repite siempre la ya expresidenta-... Entonces no salieron a la luz, pero tanto los "suyos" -convencidos los restos del aguirrismo de que todos los papeles de Púnica, Lezo y el Canal se movían desde la propia sede de Sol por 'Thelma y Louise', Cristina y Marisa- como los rivales, siguieron levantando alfombras para ver si ocultaba algo la que se presentaba como adalid de la regeneración del PP y principal luchadora contra la corrupción.

Llegó el informe de la UCO sobre un contrato de Arturo Fernández con la cafetería de la Asamblea de Madrid que había sido autorizado por Cifuentes en los tiempos de diputada; siguieron las conversaciones grabadas en Lezo en las que se ponía de manifiesto que un grupo de comunicación, con su consejero delegado y un director a la cabeza, tenían como objetivo "tumbar a la rubia"; Granados puso el ventilador y atacó en lo personal, aireando un romance con González... En el PP, aunque la secretaria general seguía apoyándola, comenzaban a lanzarse -"al suelo, que vienen los nuestros"- avisos a navegantes y a cuestionarse si Cifuentes era la candidata ideal. Además, la relación con su supuesto apoyo en la Comunidad, Ciudadanos y más en concreto con Ignacio Aguado, se deterioraba a pasos agigantados.

En esta tesitura -en marzo, otra vez- saltaba el escándalo del máster. Ella asegura que no ha habido irregularidad, pero no aparece el TFM y las actas que exhibió en una reacción calificada de prematura, eran falsas -como desveló este diario-. Cifuentes, la regeneradora del PP, la que levanta alfombras, la que sacó de la calle al 15M, la amiga de Cospedal y Feijóo, "la rubia" para González y Aguirre, enemiga de Granados, la que infravaloraba a Aguado convencida de que en 2019 no le necesitaría, ha acabado arrollada por un máster y una mentira engordada desde un Instituto de Derecho Público con actas manipuladas, firmas falsificadas, presiones, un tribunal inexistente... En un último intento desesperado, se puso en manos de Rajoy: "Solo me iré si él me lo pide". Y como con Julio César, Rajoy hizo de Bruto y los Idus de marzo acabaron con la segunda muerte de Cristina Cifuentes. Un vídeo le ha dado la puntilla y se marcha "destrozada en lo personal" temiendo no poder controlar lo que seguirá saliendo.

Luna de Papel
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