Caminemos Madrid
Por
Nos miran: las gárgolas, titanes y bestias que nos vigilan desde los edificios de Madrid
Saurios, animales africanos o entes mitológicos pueblan los tejados y las arquitecturas de la capital, esperando un descuido para acechar al paseante. Estos son algunos de ellos
Reptiles encaramados a veinte metros del suelo. Un gigante que parece arrojar su furia contra el peatón. Alimañas que podrían protagonizar el Jardín de las Delicias de El Bosco o que no desentonarían en el mejor bestiario medieval. Si caminamos Madrid levantando la vista al cielo, por encima de la escala humana, nos espera una sorpresa: los animales y figuras mitológicas que vigilan desde las imponentes arquitecturas de la capital.
Observarlos es cuestión de atención, pues están por todas partes. Los encontraremos en calles principales, en rincones escondidos y en complejos monumentales; pero de lo único que podemos estar seguros es de que nos miran en las alturas, vigilando cuidadosamente cada uno de nuestros movimientos, como si de guardianes de la ciudad se tratase.
Busquemos esta fauna. Recorramos de fuera hacia dentro la jungla urbana, comenzando por los bulevares, en la zona de Alonso Martínez. Una decena de saurios sujetan, a modo de ménsulas, la cornisa del número 1 de la calle de Mejía Lequerica. El arquitecto José María Creus las colocó ahí en 1911 para llamar la atención sobre una fachada racionalista, de vanos apaisados, grandes ventanales y decoración seriada con formas geométricas y vegetales.
Es la conocida como Casa de los Lagartos (salamandras, en realidad, nos recuerda el Colegio de Arquitectos de Madrid), un complejo de viviendas de alquiler que se articula como dos grandes cuerpos en torno a un gran eje central que sobresale. El conjunto, de inspiración centroeuropea, destila tales aires de modernidad que el autor los dejó plasmados en el uso de la última planta, sobre la terraza, como estudio artístico.
Opinión Dejamos atrás la fría piel de los saurios y cambiamos esta zona por el barrio de Salamanca, donde la riqueza de promotores y propietarios explota a la vista en edificios como las viviendas para don Francisco del Río. Animales fantásticos, seres alados sin simpatías ni intenciones claras y cabezas de personajes mitológicos escrutan a los transeúntes desde una fachada ecléctica, obra de Carlos de Luque López, cuyo chaflán disfruta de tres balcones cuadrados superpuestos sobre un balcón inferior con bellas puertas en forma de arco de medio punto.
Elefantes en el kilómetro cero
Sin salir del distrito, nos damos de bruces con elefantes y leones en Goya 32. Sus cabezas nos desafían desde el complejo que José Espeliús, autor -entre otras muchas obras- de la neo mudéjar plaza de Toros de Las Ventas, levantó para su hermana. Las bestias tienen una panorámica privilegiada de la ciudad desde su esquina con la calle Castelló. Y por si estas no llamasen la atención por sí solas, el arquitecto se ocupó de coronar la altura del chaflán con una notable cúpula rematada en aguja.
Pero adentrémonos un poco más en la selva de asfalto que es Madrid. La Victoria alada del edificio Metrópolis y la Atenea guerrera del Círculo de Bellas Artes -casco calado y lanza firmemente sujeta- custodian desde sus atalayas la confluencia de la Gran Vía con la calle de Alcalá. Ambas están escudadas por la loba capitolina que amamanta a Rómulo y Remo sobre el antiguo edificio del Hotel Roma, hoy con uso comercial. Ella es nueva por estos lares, pues no fue hasta el año 2021 cuando la imagen volvió al inmueble después de desaparecer tras la Guerra Civil.
Dejamos atrás a este trío mitológico para encontrar de nuevo a los elefantes. ¿Dónde? A apenas unos pasos de la estatua del Oso y el Madroño. Más de una docena de paquidermos con la punta de los colmillos seccionada sujetan de forma paciente los balcones del Palacio de la Equitativa, en el complejo Canalejas -en la actualidad, un centro comercial, hotel de lujo y viviendas particulares que pertenecen a deportistas como Cristiano Ronaldo-.
A los pies del titán
La sensación de ser observados no desaparece al volver a la red de San Luis y coger de nuevo la Gran Vía. Una Diana cazadora de nuevo cuño bañada en oro lanza sus flechas y sus perros desde el número 31 contra el Fénix que se eleva al otro lado de la avenida. Al superar la conexión con la calle San Bernardo, otra ave que resurge de las cenizas (la aseguradora la Unión y el Fénix mandó fundir hasta cuatro estatuas similares para coronar cuatro de sus edificios en la ciudad) nos mira de reojo sin perder de vista a su temible vecino.
Nos detenemos ante el número 68, pero no por mucho tiempo. Desde una altura de casi quince pisos, un titán metálico se yergue y nos amenaza. Sobre su cabeza sujeta un objeto pesado que parece arrojar al vacío, sin importarle quién o qué se encuentre debajo. Si nos fijamos con detenimiento, veremos que lo que el gigante tiene entre sus manos es una casa, un intento de refugio. ¿Qué nos quiere decir el coloso con este gesto?
Nos encontramos ante el edificio proyectado por Emilio Ortiz de Villajos para el Banco Hispano de Edificación, entidad promotora que pretendía evocar, con esta estatua, su afán de dotar de una vivienda a cada español. La figura, de casi ocho metros de altura, es de Victorio Macho, célebre escultor nacido en Palencia y conocido por sus obras monumentales. Su creación sustituyó al pináculo rematado con reloj que se había planteado en origen, lo que confirió a este punto de la Gran Vía un porte único.
Los daños sufridos durante el asedio de Madrid en la Guerra Civil provocaron que Casto Fernández Shaw se responsabilizase de la reconstrucción del edificio. Así nació el gran arco de medio punto retranqueado sobre el plano de fachada que observamos hoy, y que no es en absoluto original, pero que convierte la construcción en totalmente reconocible por su singularidad. A cambio, los balcones de la zona central desaparecieron, como lo hicieron los dobles huecos que presentaba en los laterales.
No sin pesar, nos despedimos del titán, de las diosas y de las bestias para concluir este safari. No obstante, invitamos a los lectores habituales de Caminemos Madrid a que continúen el recorrido por su cuenta para dibujar su propio atlas zoológico de la capital. Eso sí, no pierdan de vista que detrás de una esquina, sobre un alféizar o encaramado a un tejado, puede haber un monstruo o una alimaña vigilando. Suerte si se los encuentran.
Reptiles encaramados a veinte metros del suelo. Un gigante que parece arrojar su furia contra el peatón. Alimañas que podrían protagonizar el Jardín de las Delicias de El Bosco o que no desentonarían en el mejor bestiario medieval. Si caminamos Madrid levantando la vista al cielo, por encima de la escala humana, nos espera una sorpresa: los animales y figuras mitológicas que vigilan desde las imponentes arquitecturas de la capital.