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Mi reconciliación con la Almudena como arquitecto y por qué no hay que dinamitarla
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Miguel Díaz Martín

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Mi reconciliación con la Almudena como arquitecto y por qué no hay que dinamitarla

La catedral "fea" de Madrid no lo es. O, al menos, no tanto como nos quieren hacer creer. Hoy desmontamos uno a uno los prejuicios sobre el "templo pastiche" para poner en valor la casa de la patrona de Madrid

Foto: Entrada lateral de la Almudena en el cruce de Bailén con mayor
Entrada lateral de la Almudena en el cruce de Bailén con mayor

Hubo un tiempo en el que Santiago Amón -insigne crítico de arte y escritor- la bautizó con el título de “disparate”. De “completo bodrio” y “náusea visual” ha sido calificada por censores con sobrados conocimientos, pero también con bastante mala uva. Alguno ha llegado incluso a proponer su demolición con dinamita. Pero eso se ha acabado: hoy vengo a defender la maltratada catedral de la Almudena.

Como arquitecto y madrileño que soy, quiero desmontar uno por uno los prejuicios sobre un templo degradado a la categoría de catedral menor solo por no alinearse con lo tradicional. Caminamos hacia ella desde la Plaza de Oriente para combatir el primero de todos: su injusto tratamiento como “sabotaje urbanístico”, poco menos que un pegote o verruga adosada a la privilegiada cornisa de la capital.

Si una virtud tiene la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santa María la Real de la Almudena -nombre oficial desde que el papa Juan Pablo II la consagró en 1993- es justo la contraria, pues su presencia abrocha la plataforma que se extiende entre la Cuesta de San Vicente y la Cuesta de la Vega, donde se ubica el Palacio Real.

El espacio diáfano que se abre ante su portada prolonga la Plaza de la Armería que Narciso Pascual y Enrique Repullés crearon en 1892. Gracias a ello, todos podemos ver a través de la reja de forja el cambio de la guardia que tanto llama la atención a vecinos y turistas.

Camuflaje arquitectónico

La catedral no solo no afea el Palacio Real, sino que dialoga con su arquitectura. Si el lector se sitúa entre ambos, comprobará que la Almudena hace propios muchos detalles de la fachada opuesta, como la piedra (granito y caliza), las balaustradas o los remates de las cornisas.

placeholder Cripta de la catedral de la Almudena (Archidiócesis de Madrid)
Cripta de la catedral de la Almudena (Archidiócesis de Madrid)

Obligados a resolver su encuentro con las dependencias regias, la portada, las dos torres y el cuerpo rectangular que rodea la planta del templo adoptan los ornamentos, la materialidad y el ritmo de huecos del palacio, como si la sede conciliar expiase el pecado de su ubicación con una lección de humildad impropia de su categoría. Por decirlo así, la catedral se rebaja en favor del palacio.

Este ejercicio, que podríamos llamar de camuflaje arquitectónico, priva a Madrid de la que hubiera sido su gran plaza catedralicia, pero le da, en su lugar, una catedral realicia que completa a la perfección la cornisa. Sus críticos más acérrimos seguramente preferirán, en lugar de esta fachada neoclásica de Fernando Chueca Goitia y Carlos Sidro, el proyecto original de Francisco de Cubas, una gran catedral neogótica probablemente más ligera, pero que habría arrebatado al Palacio las miradas que hoy se reparten entre ambos.

Sambenito de “fea”

A la Almudena se le ha colgado el sambenito de ser la “catedral fea” de España. Parece mentira que siendo el ingenio y el chascarrillo un deporte casi olímpico en la capital, se pretenda despachar a la patrona con esa simpleza, como pretendiendo reducirla a mísera okupa del balcón meridional. La versión culta de este insulto es llamarla “pastiche”, como si la mezcla de estilos fuese un demérito y no un testimonio de los avatares que sufrió en su construcción.

La Almudena tardó más de 100 años en levantarse -de 1883 a 1993- debido al sucesivo fallecimiento y relevo de sus proyectistas, a la paralización de las obras durante la Guerra Civil y a la falta de recursos que sobrevino tras la posguerra y la dictadura. Fruto de ello y de los sucesivos replanteos, ofrece un diseño neorrománico en su cripta, neogótico en el templo y neoclásico en el exterior, como ya hemos visto.

placeholder Presbiterio de la catedral decorado por Argüello (Comunidad de Madrid)
Presbiterio de la catedral decorado por Argüello (Comunidad de Madrid)

Sobran ejemplos en la capital -en Caminemos Madrid hemos repasado muchos de ellos- de edificios que son admirados por su mezcla ecléctica de estilos. No siendo nuestra protagonista la más agraciada en este sentido, ni mucho menos merece entrar en la lista de bodrios arquitectónicos de la capital. Y aun compartiendo con mi compañero de profesión y experto en arquitectura religiosa David García-Asenjo que nuestra Almudena se planteó “fuera de época”, sigo defendiendo que se la valore como hija de su tiempo que es.

Invito a todos a acceder a su interior, a través de la escalinata principal, para desafiar la crítica de que esta no es una verdadera catedral. Si dejamos atrás el gran frontal de granito, encontraremos un material de piedra caliza que dialoga mucho más con el interior y con el resto del templo. Los acabados de su planta de cruz latina se aproximan a las catedrales medievales o neomedievales a las que estamos más acostumbrados.

Los grandes arcos que conforman la nave central, las dos laterales, el crucero de tres naves y la cabecera con girola se elevan poderosos, pero sencillos, sin grandes lujos en los ornamentos ni apenas detalles en los capiteles -excepto en cuatro de ellos que descubrir al lector-. Su altura y su ligereza se sienten a cada paso, discutiendo así el adjetivo de “mazacote” que le suele acompañar.-

También es obligatorio poner en valor la cripta neorrománica, que sí responde a la idea inicial de Francisco de Cubas y que se realizó en piedra de bóveda de cantería. Sus 558 columnas tienen capiteles tallados, sin que haya un motivo repetido en ninguno de ellos.

Las mejoras pendientes

En esta defensa de la Almudena no todo es de color de rosa. No defenderemos aquí la “corona mistérica” -histérica la llamaría yo por su rocambolesco estilo- creada por el fundador del Camino Neocatecumenal Kiko Argüello en el presbiterio. Allí representó los siete misterios de nuestra salvación con una dudosa aproximación bizantina que extendió a las ocho vidrieras que lo iluminan. El cuerpo bajo almenado que franquea el paso a la entrada posterior de la catedral es otro horror que carece de cualquier justificación, por mucho que Madrid tuviese su origen en una antigua ciudadela o atalaya fortificada fundada por los musulmanes.

placeholder Fachada delantera de la catedral de la Almudena (COAM)
Fachada delantera de la catedral de la Almudena (COAM)

La catedral arrastra un importante debe en la plazoleta que antecede a la entrada lateral. Para alcanzarla hay que salvar la salida del túnel de Bailén volviendo casi hasta la Plaza de Oriente o bien demorarse en un doble semáforo desde la calle Mayor. La propia plazoleta es un espacio maltratado, insignificante, donde la convivencia de la tienda de souvenirs con los cubos de basura malogran un magnífico mirador urbano. La ejecución de un balcón en esta zona convertiría la catedral en un punto único para admirar la Cuesta de la Vega, el único resto de la muralla árabe fundacional de la ciudad que se conserva -en el parque del Emir Mohamed- y el crecimiento, hectárea a hectárea, de Madrid hacia los antiguos Carabancheles.

En la propia Cuesta de la Vega, solo el tiempo juzgará si la ubicación del magnífico Museo de las Colecciones Reales diseñado Tuñón y Mansilla es la correcta. La obra, de poderoso ritmo y dimensiones -como el propio Emilio Tuñón tuvo la gentileza de enseñarnos a un grupo de afortunados- parece haber sido insertada en el zócalo para ocultar en parte la catedral, como si tuviéramos que avergonzarnos en lugar de enorgullecernos de ella.

En definitiva, lo que sí necesita la Almudena es ser tratada con más cariño por parte de la ciudad. Madrid y los madrileños debemos de reconciliarnos con la catedral, hacerla nuestra, dar la batalla contra los más que manidos argumentos de que es un pastiche informe, cuando ha sido capaz de resolver un problema creado por su propia presencia.

Quizá debamos juzgarla como un reflejo de lo que somos, un encuentro de caminos con identidad propia, pero sin prejuicios, como somos los propios madrileños.

Hubo un tiempo en el que Santiago Amón -insigne crítico de arte y escritor- la bautizó con el título de “disparate”. De “completo bodrio” y “náusea visual” ha sido calificada por censores con sobrados conocimientos, pero también con bastante mala uva. Alguno ha llegado incluso a proponer su demolición con dinamita. Pero eso se ha acabado: hoy vengo a defender la maltratada catedral de la Almudena.

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