Caminemos Madrid
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Un cuento de Navidad en blanco y negro para los edificios de la ciudad que nunca duerme
Cócteles en el Carrión, celebraciones en un hangar o una partida de ajedrez al son de villancicos militares protagonizan este cuento de Navidad escrito en los edificios de Madrid
El 25 de diciembre se acerca. Como en el anuncio de la Lotería de Navidad, buscamos el espíritu de estas fiestas en las avenidas en blanco y negro de la ciudad que nunca duerme. Los edificios bullen y nos colamos en ellos para saber cómo se celebra, década a década, la llegada del Año Nuevo.
Nuestro cuento de Navidad arranca en la recta final de 1836. Faltan 134 años para que Mariah Carey cante el All I Want for Christmas It’s You y más aún para que Lalachús y David Broncano presenten las campanadas de Nochevieja. Nuestra banda sonora es el Jingle Bells que el inglés James Pierpont acaba de componer y que ni siquiera ha alcanzado la fama todavía.
En la Plaza Mayor de Madrid hay mercado, pero no el que el lector cree. El glugluteo de los pavos se mezcla con los chillidos de comerciantes que intentan atraer bajo sus toldos de tela a clientes embutidos en largas capas y protegidos por chisteras y sombreros de ala ancha.
Tras su último incendio, la reconstrucción y uniformización de la plaza según las órdenes del arquitecto Juan de Villanueva -cuatro alturas, arcos de entrada- todavía espera para ser ejecutada. El frío mantiene los balcones cerrados. Los vecinos se refugian en sus casas, ignorando que, poco más tarde, en 1860, un empresario intentará privatizar plaza, mercadillo y hasta las vistas si se descuidan. Quienes nos siguen ya saben cómo acabó la historia.
Salimos de allí en dirección a la Puerta del Sol. El reloj ha corrido hasta 1894. El marqués de Pontejos ya ha instigado el derribo las magníficas iglesias del Buen Suceso y de San Felipe. La configuración espacial del kilómetro cero sería la que hoy conocemos, de no ser por el piso adoquinado y por la multitud de carruajes y tranvías “a sangre” -tirados por caballos o mulas- que tenemos que esquivar.
Una multitud deambula comentando la última noticia: tomar las doce uvas de la suerte es una costumbre que empieza a popularizarse. “¡Lo he leído en El Imparcial!”, comenta un transeúnte a su acompañante, asunto del que da fe el archivo de la Biblioteca Nacional.
La pausa de los combatientes
Ponemos rumbo al Paseo del Prado con la vista puesta en el siglo XX. Hemos llegado a 1937 y la Guerra Civil ha caído sobre un Madrid lleno de soldados, trincheras, espías y, sobre todo, necesidad. El cerco que el ejército franquista practica sobre la ciudad deja poco espacio a las alegrías. Hoteles y palacios se han convertido en hospitales improvisados. Hasta las escuelas disponibles son refugios o cuarteles; y es en una de ellas donde encontramos una escena inédita.
El Pabellón de Preparatoria del Instituto Escuela, entre Castellana y la calle Serrano, es ahora el Hogar del Combatiente Catalán. Muros de ladrillo visto, bancos corridos y elegantes voladizos elípticos de hormigón armado caracterizan los edificios diseñados por Carlos Arniches, Eduardo Torroja y Martín Domínguez, como recoge la Fundación Docomomo Ibérico. Es aquí donde los soldados y voluntarios que la Generalitat ha trasladado para defender la II República entretienen el tiempo, entre juegos de billares y partidas de ajedrez.
La pausa bélica de Navidad podría confundirse con tranquilidad, pero la fachada de dos alturas del pabellón no deja lugar a dudas: colgadas a modo de enseña, la bandera republicana y la senyera flanquean sendas imágenes de los presidentes Manuel Azaña y Lluís Companys, respectivamente.
Y aunque los soldados lo ignoren ahora, el gran valor arquitectónico del complejo que les cobija -las estructuras de hormigón armado, los muros de fachada con grandes huecos, un mobiliario especialmente diseñado para esta función- sobrevivirá a la guerra y a ellos mismos, convirtiéndose, tras el conflicto, en el Instituto Ramiro de Maeztu.
De copas en el Capitol
Pero la Historia avanza y nosotros, también. Nos plantamos en 1955. Las suaves líneas racionalistas de inspiración alemana del edificio Capitol -o edificio Carrión, según quién lo nombre- dominan el encuentro de la Plaza de Callao con la Gran Vía. La torre de cuatro pisos que corona el chaflán no luce todavía el mítico luminoso que tan famoso lo ha hecho para el público general.
La Revista Arquitectura del Colegio de Arquitectos ha alabado -en su número 17- la poderosa creación y los materiales “de primera calidad” del diseño de Luis Martínez Feduchi y Vicente Eced. El edificio consta de hotel, oficinas, restaurante, café, apartamentos y una gran sala de espectáculos, pero el epicentro de su actividad navideña está en el Bar Americano de la planta baja, donde media docena de barman y camareras se afanan en servir los mejores brebajes a todo el que disponga de tiempo y dinero -sobre todo de esto último- para gastar.
La bebida fluye tan rápido como el ánimo de los madrileños y de los clientes extranjeros del hotel, que no tardarán en encaminar sus pasos hacia la sala de espectáculos del complejo, la mayor del centro de Madrid con capacidad para 1.900 espectadores.
Muy lejos de aquí hay otro ágape en un edificio igual de monumental, pero mucho menos acogedor que los terciopelos rojos y los mármoles veteados del Capitol. Son los años 60 y concluimos nuestra narración en el hangar de reparaciones del Aeropuerto de Barajas.
Firmado por Eduardo Torroja -artífice de los graderíos volados del Hipódromo de la Zarzuela o de la Térmica de la Ciudad Universitaria- el hangar diáfano es un prodigio de la ingeniería de 182 metros de largo por 47 de ancho que alcanza una altura máxima de 21,30 metros. Torroja lo dotó de una jácena o viga maestra triangulada en forma de K que permite repartir los esfuerzos de la estructura y liberar todo el espacio interior, como subraya el Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM).
Es en este escenario donde directivos aeroportuarios y trabajadores celebran su copa festiva, escogiendo de entre las largas mesas corridas los canapés más apetecibles en un espacio ciertamente frío, que no invita, precisamente, a extender el evento más de lo necesario.
Nuestro cuento de Navidad llega a su fin. Tomamos el camino a casa diciendo adiós al egoísta señor Scrooge y a los curiosos fantasmas con los que Bill Murray peleaba en su película. Descansamos por unos días para volver a caminar Madrid en 2025.
Querido lector que has llegado hasta aquí, que tengas muy felices fiestas y un próspero año nuevo. Nos vemos a la vuelta de la esquina.
El 25 de diciembre se acerca. Como en el anuncio de la Lotería de Navidad, buscamos el espíritu de estas fiestas en las avenidas en blanco y negro de la ciudad que nunca duerme. Los edificios bullen y nos colamos en ellos para saber cómo se celebra, década a década, la llegada del Año Nuevo.