Caminemos Madrid
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Domificación y SUVerización: qué hacer con un Madrid de locales-vivienda y coches con gigantismo
La domificación transforma los comercios en viviendas mientras la SUVerización estrecha las calles de la ciudad. ¿Podemos mejorar Madrid aprovechando ambos fenómenos? El reto es grande, pero la respuesta es que sí
Te lo cuentan y no te lo crees: el Madrid del siglo XXI crece, como cabría esperar, pero no hacia arriba, sino hacia abajo. La falta de vivienda nos está llevando a transformar los olvidados bajos comerciales en los nuevos hogares. Es la ‘domificación’, como podríamos llamar a la conversión masiva de antiguas peluquerías, bares o pequeñas oficinas en casas -domus en latín-.
Esta ya es una alternativa masiva. Y no se ha generalizado solo fuera de la M-30 (Tetuán, Carabanchel, Vicálvaro o Puente de Vallecas) o en municipios como Móstoles, Fuenlabrada, Coslada o Parla. En el corazón del alto standing de Madrid, situado en Chamberí o el barrio de Salamanca, ya se promocionan locales-vivienda transformados en pisos de lujo con entrada a pie de calle con puerta clásica "al estilo anglosajón del 10 de Downing Street". Solo en la capital el registro de domificaciones casi se ha cuadruplicado desde la pandemia del Covid, según el propio Ayuntamiento.
En paralelo, Madrid se está estrechando. A medida que el tamaño de los coches aumenta, estos ocupan más centímetros cuadrados a la hora de circular o aparcar y el espacio disponible para el resto de usos disminuye. Se trata de la SUVerización o la preferencia cada vez mayor por esta especie de utilitarios con plus de diseño, a medio camino entre la estética deportiva y el offroad wannabe.
Los automóviles hipervitaminados ya son el formato más vendido con un 61% de las matriculaciones, lo que tiene otra consecuencia: si el coche medio no deja de crecer -a razón de 1 centímetro cada dos años, según la organización europea Transport & Environment-, el parque móvil se convierte en un gigante que consume cada vez más espacio urbano.
Vida a pie de acera
La domificación y la SUVerización se relacionan entre sí e impactan de forma directa en cómo vamos a experimentar la ciudad durante las próximas décadas.
Domificar o domesticar un local convierte la vibración comercial de la calle en silencio residencial. Si los escaparates se iluminan y miran hacia afuera para invitar a entrar, permeando lo público y lo privado, los hogares se mueven en sentido contrario, replegándose mediante celosías o cortinas para buscar el confort y la tranquilidad. Donde antes había una mercería o un taller, hoy hay un salón con plantas de interior y persianas opacas que reclaman intimidad.
Sin embargo, hay que ver la foto completa, porque las nuevas viviendas también implican un renacimiento. Los bajos habitados llevan vida y presencia constante a travesías con cierres metálicos oxidados, fomentan la vecindad y reducen el riesgo de abandono o de vandalismo. Un espacio comercial o de servicios que se transforma en residencial se puede disfrutar a pie de calle si va acompañado de una pacificación/reducción de la velocidad del tráfico. Jugar, charlar o encontrarse a la puerta de casa -incluso con sillas y mesas si la circulación lo permite- vuelve a ser posible. Es decir, la transformación no es solo estética, sino que cambia la manera en la que los madrileños usan la ciudad.
Pero aquí llega la paradoja urbana: la sustitución del comercio de proximidad por viviendas obliga a los nuevos vecinos a realizar desplazamientos más largos, lo que aumenta la tentación de recurrir a esos coches que no dejan de crecer. Es decir, podemos ganar espacio delante de nuestra ventana, pero a costa de ir más lejos a comprar el pan.
El reto del nuevo Madrid es ajustarse al contexto inmobiliario y al nuevo volumen de los automóviles sin convertir los barrios en zonas dormitorio o de tránsito. Esta brecha no se puede resolver solo con farolas, jardineras o recreciendo las aceras, sino fomentando la pervivencia del comercio hasta donde alcance la libertad comercial e impulsando una convivencia sana entre quienes necesitan el vehículo privado y los que miran al exterior desde las plantas bajas, cada vez más cerca del asfalto y del tráfico. Lo contrario supondría dividir el Madrid consolidado -pues este problema no se da en los nuevos desarrollos- entre calles donde no caben los coches y coches que impiden hacer vida en las calles.
Microcirugía de barrio
Opciones hay muchas. Las autoridades son perfectamente conscientes y por eso, con sus aciertos y sus errores, llevan años poniendo en práctica las calles 20, los carriles bici, las peatonalizaciones el aumento del arbolado y el ajardinamiento o los pavimentos que permiten la convivencia coche-peatón.
Ejes como la calle Laguna al sur o Fuencarral en el centro-norte se han beneficiado de peatonalizaciones parciales u ocasionales en distintos tramos. Familias y deportistas también sustituyen a los coches en el Paseo del Prado o el entorno del Parque del Paraíso los fines de semana. Los autobuses de la EMT crecen a lo largo en lugar de a lo ancho para poder circular y hasta ofrecen versiones en miniatura para llegar a los barrios del centro histórico, donde la estrechez de las calles convierte los radios de giro en algo diabólico. Además, las siempre molestas obras del Metro de Madrid avanzan para llevar el subterráneo allí donde todavía no hay cobertura.
Está claro que las mejoras existen. En algunas ocasiones necesitaremos grandes inversiones, pero la mayor parte de las veces bastará con cambiar el sentido de una calle de pocos metros, con ensanchar 30 centímetros una acera o con instalar mobiliario urbano en un rincón abandonado para hacerlo habitable. Ahora bien, para conseguir el objetivo aún nos falta un plan global que permita aterrizar todo el catálogo de soluciones a nivel de barrio, practicando microcirugías urbanas calle a calle donde sea necesario. Solo así lograremos que la domificación actúe como catalizadora de una revitalización.
También debemos ser realistas en cuanto al coche. El vehículo privado, SUVificado o no, no va a desaparecer. Nadie que quiera ir de Cortes a Coslada o de Ventas a Alcobendas va a embarcarse en una yincana de autobús, metro o ambos si puede evitarlo -menos aún, en el caso de las familias-. Sin embargo, una ciudad más diversa, permeable y caminable, con servicios y comercios de proximidad y mayor presencia de vegetación sí favorece la renuncia diaria al automóvil. En este camino de conversión, lo urbano se torna, por el mismo efecto, en un lugar más vibrante y sostenible.
Como asegura la especialista en transformación urbana Maite Peris, a la que tomo prestada la frase, "la innovación en el espacio público no siempre necesita de grandes obras. A veces, basta con mirar de otra manera lo que ya tenemos". Como siempre digo, Madrid es un ente vivo y en evolución que no nos vamos a cansar de recorrer.
Te lo cuentan y no te lo crees: el Madrid del siglo XXI crece, como cabría esperar, pero no hacia arriba, sino hacia abajo. La falta de vivienda nos está llevando a transformar los olvidados bajos comerciales en los nuevos hogares. Es la ‘domificación’, como podríamos llamar a la conversión masiva de antiguas peluquerías, bares o pequeñas oficinas en casas -domus en latín-.