Caminemos Madrid
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Lo que Madrid aún tiene de pueblo y es la base de su futuro como ciudad
La tecnología urbana del nuevo Madrid lleva siglos delante de nuestros ojos. Solo hay que reactivar nuestra herencia de pueblo y evolucionarla con la mirada puesta en 2050
Madrid lleva décadas buscando la fórmula mágica para crecer de manera ordenada y sostenible. No debería tardar mucho en encontrarla, porque se espera que para 2050 seamos nada menos que un millón más de habitantes en esta región. Sin embargo, resulta que la respuesta ya existe y que la tenemos delante de los ojos, en la arquitectura de nuestra herencia histórica.
Ese diseño urbano se encuentra repartido, disperso y humilde, en los pueblos de nuestra comunidad. Solo hay que seguir las pistas para encontrarlos: barrios con traza de bulevar, patios y plazas que refrescan, galerías de sombra, muros que acumulan energía o viviendas que se abren buscando el aire. Todo, a tiro de piedra, sin necesidad de rebuscar entre conceptos anglosajones, laboratorios escandinavos ni urbanismos centroeuropeos que, claro que nos inspiran, pero que muchas veces nos impiden mirar hacia adentro.
Caminemos por ese Madrid que antes que capital fue periferia, suelo de frontera islámica, hermano menor de la antigua capital Toledo y primo directo de lo que hoy son Castilla-La Mancha y Castilla y León.
Vamos al sur de la capital. Nos situamos en la casa de Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles y símbolo del levantamiento de 1808 contra los franceses. Esta vivienda no es un museo, sino un manual vivo de algo que Madrid ha despreciado durante décadas: la lógica climática del patio. Aquí no había dependencia del aire acondicionado ni de fachadas hipertecnificadas. Su esquema de patio central con sombras alternas y corrientes cruzadas generaba un microclima interior agradable incluso en verano, como muchos hemos comprobado en el pueblo junto a nuestras familias. Hoy lo llamamos arquitectura bioclimática, pero responde, simplemente a una lógica constructiva ancestral que algunos seguimos replicando hoy en edificios de mucha más altura.
De Madrid a Almagro
Muy cerca encontramos otra solución adecuada al clima seco, al sol duro y al viento frío de la meseta, la que adoptó la antigua cárcel de Getafe. Con ciclo siglos de historia a sus espaldas, este es un edificio compacto, sin alardes, pero eficaz. Los muros gruesos, su orientación y su composición sencilla respondían a una racionalidad climática que hoy se estudia en escuelas de arquitectura como si fuera una innovación. ¿Su materia prima? Ladrillo y madera, resistencia y versatilidad.
Hoy buscamos más ligereza, fórmulas industriales que nos den las mismas ventajas y que sean más sostenibles, pero bajo los mismos principios: si construyes con materiales que acumulan temperatura y con huecos que dosifican o tamizan la luz en función de la hora del día, gastas menos energía. Lo supieron quienes levantaron este edificio mucho antes de que habláramos de eficiencia energética.
Sin salir de Getafe, nos damos de bruces con el Hospitalillo de San José. Quien haya visitado las plazas de Almagro o San Carlos del Valle no tardará en verse transportado a La Mancha desde esta construcción proyectada en 1527, cuyo patio interior adintelado de dos alturas es la viva imagen de aquellas. El patio de sombra encalado -o enjalbegado, según la zona donde nos encontremos-; patio de reunión, de umbrales y transiciones, justo lo que llevamos siglos construyendo y que nos ha costado tan poco olvidar.
¿Qué es una ciudad sino sus zonas intermedias? ¿Dónde quedan los soportales donde el metro cuadrado comercial convive con la vida urbana? ¿Tanto cuesta hacer lugares permeables en los que el espacio público exterior y el interior se relacionen? ¿Por qué no creamos manzanas con privacidad y tranquilidad, sí, pero que no sean absolutamente herméticas al resto del barrio?
Cuando nuestros antepasados diseñaron las ciudades nunca las concibieron para ser fotografiadas desde el aire, sino que las levantaron para caminar y vivir. Y si queremos que disfrutar la ciudad en 2050 sea un acto saludable, tendremos que facilitar las circulaciones, los usos y el intercambio comunitario.
Eso nos lleva directamente a nuestro último destino, el corral de comedias de Alcalá de Henares. Pocas cosas más castellanas hay que un corral de comedias, esos lugares que generan cultura, aprendizaje y vida colectiva en espacios de uso público. Ubicaciones cerradas, pero abiertas, donde la vecindad se encuentra, se observa y se mezcla. Esta es la prueba de que la sociabilidad no necesita de megaproyectos ni de un urbanismo-espectáculo con el que inventar continuamente la rueda. Lo que nuestro Madrid necesita es mirada a pie de calle, proporciones manejables y un equilibrio entre lo público y lo íntimo. En una región que discute cómo revitalizar sus ciudades y sus barrios, el modelo histórico del corral de Alcalá resulta sorprendentemente vigente.
Cinco lecciones para la capital
Cuando uno pone estos ejemplos juntos, la conclusión es evidente: la ciudad que queremos ya existía, pero no lo sabíamos ver. Todos los edificios que hemos visitado -y otros como la Casa-Museo de la Villa de Colmenar Viejo o la galería porticada de la Casa de Oficios y Caballeros de Aranjuez- comparten cinco ideas que Madrid debería adoptar sin complejos.
La primera es que el clima va antes que la estética, porque la arquitectura se adapta al lugar y a las necesidades de sus habitantes antes que a las modas. La segunda es la recuperación de las sombras y los patios, pero no por romanticismo, sino por pura supervivencia. La tercera es que los materiales naturales como la madera han regresado a nosotros porque necesitamos de cercanía para esquivar la inestabilidad de los mercados, de una elevada disponibilidad para construir la vivienda que tanto nos urge y, sobre todo, de altas cotas de sostenibilidad.
La cuarta lección es que debemos recuperar la escala que nunca debimos perder con aquellos PAU del desarrollismo contemporáneo. Para ello, solo hay que acercarse a las ciudades que se trazaron con lógica de uso humano y a los barrios de bulevares arbolados, donde haya vida comunitaria y el encuentro no necesite de una gran monumentalidad.
La última enseñanza, pero, quizá, una de las más importantes, es que no deja de resultar paradójico que lo que hoy llamamos “ciudad sostenible” en lo ambiental y en lo social es, en gran parte, ciudad tradicional.
Recuperar ese lenguaje de diseño para el Madrid del futuro, pero adaptándolo a las necesidades actuales, no es nostalgia sino estrategia. Lo inteligente, por lo tanto, es volver la vista a esas decisiones de largo recorrido que cimentaron lo que somos hoy. No se trata de copiar, sino de reactivar y reinterpretar lo que ya funcionó con una nueva mirada, es decir, hacer una arquitectura "tecnovernácula" que mezcle aquello con nuestra mejor capacidad de innovación.
El Madrid de 2050 si es inteligente, recuperará sin complejos esa herencia dispersa y la transformará en herramientas de diseño para ser global, ambiciosa y contemporánea. Y esa mezcla bien entendida es, quizá, su mayor fortaleza para construir lo que imaginamos.
Madrid lleva décadas buscando la fórmula mágica para crecer de manera ordenada y sostenible. No debería tardar mucho en encontrarla, porque se espera que para 2050 seamos nada menos que un millón más de habitantes en esta región. Sin embargo, resulta que la respuesta ya existe y que la tenemos delante de los ojos, en la arquitectura de nuestra herencia histórica.